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Las iglesias fuertes hablan el lenguaje del lamento

Nota del editor: 

Este artículo apareció primero en español en nuestra Revista Coalición: Señor, considera mi lamento(Agosto 2021).

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Un día frío de febrero coloqué el pequeño ataúd de mi hija en una tumba recién cavada. Unos días antes, mi esposa había dado a luz a nuestra hija que nació muerta, Sylvia, después de casi nueve meses de embarazo. Faltaban solo unos días para su fecha de parto, pero el corazón de Sylvia dejó de latir sin explicación.

Familiares y amigos cercanos se amontonaban a nuestro alrededor. Después de colocar suavemente el ataúd en el suelo, reuní a mi esposa y a mis tres hijos. Nos alejamos de la tumba, nuestros corazones atravesados ​​por un dolor insondable.

Fue el comienzo de un largo viaje.

Nuestro camino nos llevó a través de emociones conflictivas, preguntas persistentes y decepciones adicionales. Sufrimos múltiples abortos espontáneos y una gestación anembrionada (un embarazo falso positivo). Aunque finalmente concebimos y dimos a luz a una hija sana unos años más tarde, luchábamos todos los días para no ceder a las garras aplastantes de la ansiedad y el miedo.

A través de esta dolorosa odisea, parecía que nos faltaba algo.

El elemento faltante

Mi esposa y yo creíamos firmemente en la bondad de Dios. Sabíamos que iba a trabajar en nuestro dolor para su gloria y nuestro bien. Atesoramos su soberanía, pero la vida diaria seguía siendo dura, muy dura. El dolor no era dócil. A través de nuestros momentos oscuros, hablamos con Dios sobre nuestro dolor, nuestras preguntas y nuestros miedos.

Sin embargo, cuando ocasionalmente compartía las luchas de mi alma con otras personas, algunos respondían de manera incómoda o extraña. Con frecuencia intentaban encontrar algo positivo que decir. Otros tropezaron con sus palabras al intentar establecer una conexión personal con nuestro dolor. Cuando era honesto con la profundidad de nuestras luchas o dudas, las personas generalmente querían cambiar de tema, rápidamente.

Empezamos a entender que la mayoría de la gente no sabía cómo acompañarnos en nuestro dolor. Sé que todas las personas tenían buenas intenciones. No las culpo ni guardo resentimiento. Pero era como si no hablaran nuestro idioma.

El elemento que faltaba en nuestro dolor era la familiaridad con el lamento: la conversación sincera y honesta con Dios a través de las luchas de la vida

Mirando hacia atrás, ahora puedo ver que el elemento que faltaba en nuestro dolor era la familiaridad con el lamento: la conversación sincera y honesta con Dios a través de las luchas de la vida.

El lamento también era un lenguaje nuevo para nosotros. No sabía cómo llamarlo en ese momento, a pesar de que era un pastor capacitado en el seminario. De alguna manera, eludí el hecho de que los lamentos se encuentran en más de un tercio de los salmos bíblicos. El lamento simplemente no era un terreno familiar para mí, y mi dolor reveló esa brecha.

Afinando mi corazón

La pérdida afinó mi corazón para anhelar la honestidad sincera del lamento. Anhelaba que los demás entendieran la tensión de saber que lo difícil no es malo, pero aún así es difícil.

Mientras leía libros sobre el dolor, noté que la mayoría intentaba explicar el proceso psicológico del dolor o buscaba proporcionar una defensa de por qué Dios permite el sufrimiento. El lamento era prácticamente ignorado. Mientras escuchaba los funerales y los servicios dominicales, me di cuenta de que eran ligeros en el lamento. La norma era la celebración y los cantos de victoria. Aunque tampoco tengo nada en contra de eso, era evidente la ausencia del lamento.

Mi corazón anhelaba la melodía en clave menor del lamento, una canción para cuando estás viviendo entre dos polos: una vida dura por un lado y la confianza en el cuidado soberano de Dios en el otro.

La gracia del lamento

Cuando comencé a hablar y predicar sobre el lamento a lo largo de los años, fui testigo de una respuesta interesante. Las personas heridas salieron de su letargo. Cuando le pregunté a alguien la razón por la cual había solicitado una consejería conmigo, dijo: “Lo que dijiste el domingo me hizo pensar que realmente lo entiendes”.

Hablábamos el mismo idioma. Empecé a ver el lamento como un regalo.

El lamento es una canción para cuando estás viviendo entre dos polos: una vida dura por un lado y la confianza en el cuidado soberano de Dios en el otro

En lugar de darle a Dios el tratamiento silencioso, caer en la desesperación (“no puedo hacer esto”) o la negación (“todo está bien”), el lamento nos anima a hablar con Dios sobre nuestras luchas para que podamos reafirmar nuestra confianza en Él. En pocas palabras, el lamento es una oración en medio del dolor que conduce a la confianza.

Descubrí que hay gracia disponible si aprendemos el lenguaje del lamento y si reordenamos nuestra vida de oración en torno a esta liturgia de pérdida que nos ha sido dada por manos divinas. Hay por lo menos cuatro pasos en este viaje doloroso:

1. Recurre a la oración

Cuando el dolor crea luchas o preguntas difíciles, el lamento nos invita a hablar con Dios al respecto. Aun si es complicado o incómodo, lamentarse es mejor que fingir o no hablar con Él.

2. Trae tus quejas

El lamento nos invita a hablar con Dios sin rodeos: hacerle nuestras preguntas y decirle nuestros temores y frustraciones. Hay gracia en esta canción en clave menor a medida que nos volvemos honestos con Dios, sabiendo que los lamentos bíblicos plantean preguntas osadas: “¿Ha olvidado Dios tener piedad?” (Sal 77:9).

3. Pide con valentía

Pedirle a Dios que actúe de acuerdo con sus promesas corre en paralelo a nuestras quejas. El dolor puede generar decepción, pero el lamento proporciona el lenguaje que se atreve a volver a tener esperanza. El lamento nos invita a pedir ayuda, una y otra vez.

4. Elige confiar

El destino final de todos los lamentos es una afirmación de confianza en Dios. Las oraciones honestas y desde lo más profundo de nuestro interior proporcionan un camino para que las personas heridas puedan superar su dolor. Los lamentos no son callejones sin salida del dolor, sino canales para una fe renovada.

Los lamentos no son callejones sin salida del dolor, sino canales para una fe renovada

Por ejemplo, el Salmo 13 comienza con la pregunta de por qué Dios parece tan lejano: “¿Me olvidarás para siempre?” (Sal 13:1). Pero termina con esta afirmación llena de esperanza: “Pero yo en Tu misericordia he confiado; mi corazón se regocijará en Tu salvación” (Sal 13:5).

Aquí es donde el lamento nos lleva: de regreso a confiar en la gracia de Dios.

Lamentos llenos de fe

La vida está llena de dolor. Parecería que deberíamos estar más familiarizados con esta expresión de dolor inspirada. Aun Jesús derramó su corazón al Padre citando un salmo de lamento mientras estaba en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 22:1).

Mi camino personal y pastoral me enseñó que se necesita fe para lamentarse.

Dios nos ha dado este cántico en clave menor debido a la gracia que viene cuando nos volvemos, nos quejamos, pedimos y confiamos. Más que etapas de fórmula del dolor, este lenguaje de oración nos invita a seguir hablando con Dios sobre el dolor, incluso cuando las nubes oscuras persisten.

En pocas palabras, el lamento es una oración en medio del dolor que conduce a la confianza

El lamento es más que lágrimas y dolor. Se vuelve hacia el Salvador que prometió regresar. El lamento vocaliza el anhelo del día en que Él “enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 21:4). Los cristianos creen en la bondad de Dios y conocen el arco del plan de redención: creación, caída, redención y restauración.

Mientras tanto, mientras anhelamos que se complete ese glorioso plan, nos lamentamos.

Es por eso que el lamento no debe faltar en nuestra oración, canciones, enseñanza o consejería. Debemos permitir que traiga gracia a las reuniones de grupos pequeños, grupos de apoyo para personas en duelo u oraciones pastorales en medio de una crisis nacional.

Recuperar el lenguaje histórico y bíblico del lamento puede ser un ancla para el alma mientras atravesamos por este mundo quebrantado.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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