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Job 20 – 23 y Lucas 13 – 14

¿Acaso sabes esto, que desde la antigüedad,
Desde que el hombre fue puesto sobre la tierra,
Es breve el júbilo de los malvados,
Y un instante dura la alegría del impío?
(Job 20:4 – 5)

¿Quién no ha soñado alguna vez con la llegada de su “Gran Momento”? Nuestra supuesta ingenuidad nos hace pensar que solo basta que llegue el momento indicado para, por fin, demostrarle al mundo todo lo que en realidad somos, y que hasta ese momento se nos había negado. Con una lógica así, podríamos pensar que todos los grandes seres humanos de nuestra corta historia se han forjado en el mar de la casualidad auspiciosa y no en el talento desarrollado bajo la presión de un trabajo constante y silencioso.

Hace algunos años leí una crónica periodística que me llamó mucho la atención. Un editor literario contaba que a comienzos de los años 60 conoció a un escritor latinoamericano al que la editorial en la que trabajaba no supo tomar muy en serio. El nombre del escritor no era conocido en los círculos literarios del momento, y lo único que se sabía es que vivía en México y se ganaba la vida escribiendo guiones para el cine, aunque su verdadera pasión era la novela.

Como a muchísimos otros escritores nóveles, a este autor tampoco le había ido muy bien al inicio de su carrera. Para su recopilación de cuentos Los Funerales de Mamá Grande no había encontrado editorial que lo publicara por más de un año y, cuando la consiguió, tuvo que renunciar a los derechos de autor con tal de verla en forma de libro. Además se sabía que su primera novela, La Hojarasca, había sido impresa por una editorial uruguaya que no pudo vender más de quinientos ejemplares. Con aparente desesperación, el joven escritor colombiano le ofreció los derechos de la colección de cuentos “para siempre” a cambio de un pago de quinientos dólares. ¿Por qué tanta premura? Pues porque debía varios meses de arriendo, y las finanzas y la pasión por escribir libros todavía no se ponían de acuerdo.

¿De quién estamos hablando? Pues de Gabriel García Márquez, sí, el mismísimo ganador del Premio Nóbel de Literatura 1982. No es necesario continuar con el resto de la historia porque es de todos conocida. Este prolífico autor es el escritor latinoamericano más reconocido de la historia y, solo como ejemplo, la Enciclopedia Británica dice de García Márquez que, “… El fácil flujo de sus historias, incluso las más intrincadas, ha sido comparado con el de Miguel de Cervantes, así como su ironía y su humor general”. No hay duda que su trabajo no fue el resultado de un “Golpe de Suerte”, sino de muchos años y miles de horas de esfuerzo y dedicación silenciosa a la tarea que amaba.

Los amigos de Job siguen con sus diatribas e inconsistencias argumentales. Ahora llegaban a la conclusión de que todo lo que se observa en el mundo es blanco o negro. Para Zofar era claro que al bueno nunca le pasaría algo malo, y que si el malo gustaba de lo bueno sería solo por un corto período de tiempo (su argumento está en el texto del encabezado).

Ante tales explicaciones, para ellos era más que claro que el dolorido patriarca pertenecía al bando de los malos. Job se defiende diciendo que los dichos de Zofar eran una verdadera falacia. Su observación de las circunstancias, no su mera opinión, le muestra una realidad diametralmente distinta: “¿Por qué siguen viviendo los impíos, Y al envejecer, también se hacen muy poderosos? En su presencia se afirman con ellos sus descendientes, Y sus vástagos delante de sus ojos; Sus casas están libres de temor, Y no está la vara de Dios sobre ellos. Su toro engendra sin fallar, Su vaca pare y no aborta. Envían fuera a sus niños cual rebaño, Y sus hijos andan saltando. Cantan con pandero y arpa, Y al son de la flauta se regocijan. Pasan sus días en prosperidad, Pero de repente descienden al Seol” (Job 21:7-13).

Job no solo discurre su pensamiento señalando la prosperidad de los malos, sino que también advierte que ellos tienen una sólida actitud en contra de Dios. La maldad de ellos está fundada en la clara decisión de su voluntad de mantener a Dios alejado de sus caminos: “Y dicen a Dios: ‘¡Apártate de nosotros! No deseamos el conocimiento de Tus caminos. ¿Quién es el Todopoderoso, para que Le sirvamos, Y qué ganaríamos con rogarle?’” (Job 21:14-15). Por lo visto, Job percibe que ellos han descubierto que no necesitan de Dios para salir adelante por lo que declaran la “muerte de Dios” mucho antes que Nietzsche (“nada nuevo bajo el sol”, diría Salomón).

Elifaz, otro amigo de Job, entra en la contienda manteniendo firme los argumentos de Zofar. No rescata ni una de las palabras anteriores de Job porque la única manera que ellos tienen para explicarse el drama de su amigo, es verlo como un castigo a su maldad y desobediencia a Dios. Él ya no plantea argumentos filosóficos, sino que se lanza en picada en contra del patriarca: “¿No es grande tu maldad, Y sin fin tus iniquidades? Porque sin razón tomabas prendas de tus hermanos, Y has despojado de sus ropas a los desnudos. No dabas a beber agua al cansado, Y le negabas pan al hambriento… Despedías a las viudas con las manos vacías Y quebrabas los brazos de los huérfanos. Por eso te rodean lazos, Y te aterra temor repentino, O tinieblas, y no puedes ver, Y abundancia de agua te cubre” (Job 22:5-7,9-11). Estaba claro que Job nunca había sido “bueno”, por lo que Elifaz termina invitando a Job a una reconciliación con el Señor para que vuelva a sentir paz, las cosas le vayan bien, y vuelva a tener “plata escogida” (Job 22:25b).  

Seamos claros, el dios “golpe de suerte” no es el Dios de la Biblia. Los seguidores del Señor de las Escrituras no siguen a un dios utilitario, cuya diferencia primordial entre los que le siguen y los que no lo hacen está en los signos materiales, en la tranquilidad y en la prosperidad que los acompaña. Argumentos como los de Zofar y Elifaz terminan con la pregunta: ¿Si Dios existe, entonces porque existe…? O como el ácido comentario de un hombre que leí en un diario: “Dios está en todas partes… pero nunca donde se le necesita”.

Pensando elifazmente no tardaríamos en encontrar en Nietzsche a nuestro profeta, y ubicaríamos la fe cristiana solo como un paradigma obvio de un sector social privilegiado dentro nuestra variopinta humanidad. Pero la realidad nos muestra que Dios está visitando con fuerza las regiones más olvidadas del tercer sótano de nuestro planeta, a los acabados, destruidos, pobres, desvalidos y desesperanzados. Ah, y tampoco ha olvidado de los privilegiados en términos materiales, pero que viven en una tremenda pobreza de espíritu.

Es verdad que nuestra vida está sujeta a un sinnúmero de imponderables que nos hacen descubrir nuestra propia fragilidad y la realidad de un mundo caído e imperfecto. Pero no son ellos la muestra primordial de nuestra gracia o desgracia.

En el evangelio de Lucas se le presentan a Jesús dos casos dramáticos: El primero, es de unos galileos que se sublevaron contra Roma y que Pilato había asesinado brutalmente (Lc. 13:1); el segundo, dieciocho hombres a los cuales les cayó una torre en Siloé (Lc. 13:4). Los primeros murieron dramáticamente por algo que ellos buscaron y no consiguieron; los segundos, por una dolorosa casualidad.

Ante el primer caso, Jesús pregunta, “… ¿Piensan que estos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque sufrieron esto?” (Lc. 13:2) y usando el segundo caso como parte de su argumento preguntó también, “… [los dieciocho] eran más deudores que todos los hombres que habitan en Jerusalén?” (Lc. 13:4). Jesús es enfático en responder de forma idéntica a esas dos preguntas, “Les digo que no; al contrario, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lc. 13:3, 5).

El arrepentimiento es una condición para una verdadera vida buena. Ese llamado fue la base primordial del ministerio de Jesús porque se trata de reconocer que, sin importar que me vaya bien o mal en esta tierra, lo cierto es que estoy separado de Dios, quien es la fuente de la vida y necesito volver a Él.  

Por eso, quizás lo único con que puedo concordar con Elifaz es cuando dice al principio de su discurso: “¿Traerá el hombre provecho a Dios? Al contrario para sí mismo es provechoso el hombre sabio” (Job 22:2 RV60). La sabiduría viene de Dios para que el ser humano halle en ella provecho para su propia vida. No basta con haber estado cerca o “sentir” cerca a Señor, si vamos realmente a Él en arrepentimiento, Jesucristo puede cambiarnos el rumbo, la actitud, la vida entera.  

Es posible que pienses que lo anterior suena tan difícil e imposible para ti. Eso también lo pensó una persona que al escuchar a Jesús predicar, le preguntó, “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (Lc. 13:23) Jesús le respondió: “Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos tratarán de entrar y no podrán” (Lc. 13:24). La salvación nunca se gana por obras, pero este esfuerzo tiene que ver con el ánimo decidido por vivir conforme al regalo que Él nos hace de formar parte de su familia. La puerta angosta no nos lleva a la cueva de Aladino ni a las bóvedas de un banco, nos lleva a la intimidad del hogar del Señor. Jesús lo ilustra así: “Después que el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, y ustedes, estando fuera, comiencen a llamar a la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos.’ El respondiendo, les dirá: ‘No sé de dónde son’” (Lc. 13:25).

El esfuerzo sabio del hombre y la mujer arrepentidos los obligará a actuar con prudencia en tiempos de prosperidad, “Porque todo el que se engrandece, será humillado; y el que se humille será engrandecido” (Lc. 14:11). Los impulsará a ser solidarios, “Antes bien, cuando ofrezcas un banquete, llama a pobres, mancos, cojos, ciegos, y serás bienaventurado, ya que ellos no tienen para recompensarte; pues tú serás recompensado en la resurrección de los justos” (Lc. 14:13-14). Los obligará a entender que la bendición viene del dar y no del recibir, y que es un imperativo humano compartir de lo que Él nos ha dado para administrar. Un verdadero cambio de actitud y un esfuerzo decidido para vivir esa vida, no es un simple golpe de suerte, ¿no es cierto?


Imagen: Lightstock.
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