¿Es mejor que las madres se queden en casa?

Yo era una escritora y ejecutiva principal en una agencia de mercadeo cuando decidí dejar mi profesión y quedarme en casa para criar a mis hijos. Yo quería ser la que criara y entrenara a nuestros hijos, y mi ocupado trabajo simplemente no me daba suficiente tiempo para hacer eso bien.

Por un lado, cuando dejé el mundo de negocios, nunca miré atrás. Me encantaba estar con mis hijos, y comencé a encontrar medios creativos dentro y alrededor de mi casa. Profundicé en mi vida de oración. Sin duda hubieron recompensas. Pero por otro lado, dejar mi trabajo fue muy duro. Para ser franca, luché con mi identidad.

Trabajé en publicidad por dos años antes de salirme y comenzar una nueva agencia con dos compañeros. Tenía 25 años. Ese mismo año me convertí a Cristo. ¡Qué viaje tan emocionante! Trabajábamos 10 a 12 horas al día, y experimentamos algo de éxito. Recibíamos nuevos trabajos. Las asociaciones que hacíamos notaban y recomendaban nuestro trabajo. De repente teníamos clientes de otras ciudades. Inclusive tuve un cliente de otro país.

Yo era una mujer teniendo éxito en el mundo de los hombres. Estaba “viviendo el sueño”. Amaba a Jesús y ser cristiana, pero mi identidad primaria era en ser una “profesional exitosa”. Mi trabajo era la fuente principal de mi sentimiento de afirmación personal y de logro. Podía ejercer control, ver resultados con regularidad, ser recompensada por ello, y recibir reconocimiento y compensación.

Menos de lo mejor

Pocos años después me casé con un hombre maravilloso (¡quien era uno de mis compañeros de negocio!), y pronto tuvimos un hijo. Intenté trabajar de tiempo parcial, y me sentía muchas veces (como le pasa a un buen número de mujeres) dividida y con sentimiento de culpa. Sentía que daba menos de lo mejor en ambos lugares.

Entonces nació otro hijo. No duré una semana en el trabajo parcial. Aun cuando nuestro ingreso bajó, y se hizo realidad la dificultad monetaria, decidí irme a la casa de una vez por todas. Además de perder un ingreso, mi esposo y yo sentimos el llamado a dar el 10% de lo que ganábamos a la iglesia. Aunque nos quedamos en una pequeña casa con alfombra vieja, y sacrificamos muchas “cosas bonitas”, nunca echamos de menos el dinero.

“Soy solamente una mamá”

Me encantaban muchas cosas de estar en casa. Me encantaba criar a mis hijos. Me encantaba ver la primera vez que hacían algo. Me encantaba la conexión con mis muchachos. Me encantaba compartirles de Jesús a mis niños, y enseñarles a amarlo. Me encantaba poder conocer algunas mamás del vecindario. Me encantaba la oportunidad de coser un poco y aprender a cocinar.

Pero también había cosas que no me encantaban. No me gustaba el que nunca terminaba nada. En el trabajo terminaba proyectos. En la casa podía trabajar el día entero, y al final no había evidencia en absoluto de nada de lo que había hecho. Siempre había más ropa que lavar, otro desastre en la sala, otra comida qué preparar, otro pañal qué cambiar. En el trabajo, sabía cuando estaba haciendo un buen trabajo. En la casa, batallaba con tener confianza en mis habilidades. Me entregaba por completo a mis niños, pero sus cambios eran en incrementos tan pequeños que no sabía si lo que les enseñaba se les estaba quedando o no. ¿Hacía diferencia alguna la inversión de tiempo y energía que estaba haciendo?

Pero era aún peor. En la casa, parecía con frecuencia que nadie notaba o aplaudía lo que hacía. En el trabajo yo había sido una joven profesional brillante que ayudaba a personas a ser exitosas y a que su trabajo creciera. ¡Tenía un portafolio! ¡Estaba escalando al éxito! ¡Yo era importante! Pero ahora era esa pobre mujer que ves en el supermercado, quien obviamente no ha tenido tiempo para bañarse o arreglarse el cabello, con ropa arrugada y expresión exhausta mientras le niega a su chiquillo otro dulce.

Cuando iba a un evento de profesionistas con mi esposo y alguien me preguntaba lo que hacía, le contestaba encogiéndome de hombros: “Soy solamente una mamá”.

Trabajo que dura

Muchos años han pasado, y me avergüenza ver cuánto valor ponía sobre los logros y el aplauso, cosas centradas en el hombre. Yo era una cristiana sincera con una relación con Jesús que crecía, que enseñaba a mis hijos acerca de Jesús con gozo, pero no había aprendido a encontrar mi valor y dignidad en Él. Y no había aprendido aún cuáles cosas tienen un valor eterno, y cuáles pronto se olvidarán.

Si hoy fuera a mostrar algo de ese trabajo “espectacular” que hice en mis días de negocios, se vería exageradamente obsoleto e irrelevante. Por el otro lado, cuando veo a mis hijos, Dios me da evidencia invaluable y veo las recompensas por los sacrificios e inversiones que hice cuando crecían.

Por supuesto, no digo que sea malo trabajar en negocios o en cualquier otro trabajo. ¡Claro que no! La diversidad de trabajos son la manera maravillosa en la que Dios provee para las personas por toda la tierra. Y Dios llama a muchas mujeres a trabajar fuera de su hogar, inclusive a algunas que tienen niños pequeños.

Proverbios 31 exalta a la mujer que con habilidad balancea intereses de negocios fuera del trabajo mientras que provee cuidado y crianza para su familia. (Debo decir, por cierto, que inclusive para ella ¡no parece haber mucho tiempo para dormir!). El trabajo en sí no es malo, aun cuando mucho de él pasará.

El valor de una madre

Para mí, el problema fue cuando mi trabajo se convirtió en mi identidad, cuando mi trabajo era la fuente de mi “autoestima” y me hacía sentir más “importante”, cuando mi trabajo me parecía más digno porque era más interesante en el día a día, cuando mi trabajo era necesario para sentirme aprobada, alabada, y digna de aplausos.

Dios me dice que me amó y me escogió para ser su hija antes de la fundación del mundo, sin importar si trabajo en casa o en Wall Street (Ef. 1:3-4). Me dice que aunque soy una pecadora en rebelión contra un Dios santo (Ro. 3:23), por el sacrificio de Jesús soy perdonada, comprada, y mis pecados han sido pagados por completo, sin importar si soy una barista, o si estoy en casa cambiando pañales (Ef. 1:7-8; Ro. 5:8; 1 Co. 7:23). Como una hija de Dios nacida de nuevo, soy heredera con Cristo de todas las cosas, sin importar si soy la supervisora de un equipo de cientos de personas, o la mamá de dos niños (Ro. 8:14-17; He. 1:2). A la luz de todo esto, era irracional que buscara el aplauso terrenal para hacerme sentir valorada y digna.

“No amen al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos, y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.  El mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”, 1 Juan 2:15-17.

¿Es mejor quedarse en casa?

¿Es mejor para las mamás quedarse en casa? No pretendo tener la respuesta definitiva a esa pregunta, o saber la voluntad de Dios para otras mujeres. Pero animo a las madres jóvenes a considerar sus razones por las que quieren trabajar fuera del hogar. Si necesitas el ingreso para poner comida en la mesa y tener ropa para tu familia, puede ser que necesites trabajar fuera del hogar.

Me parte el corazón ver a aquellas mamás que darían cualquier cosa por estar en casa con sus hijos, pero las circunstancias las mantienen en el trabajo. Si esa eres tú, debes saber que Dios conoce tu corazón, que te ha llamado al trabajo que te da, y que bendecirá tu familia mientras que tú eres obediente a Él en estas cosas tan duras. Puede haber otras razones legítimas por las cuales Dios sinceramente y con certeza te está llamando a hacer el sacrificio de trabajar fuera del hogar. Lo más importante es buscarle y ser obediente al llamado que te está dando.

Pero si estás trabajando fuera del hogar principalmente porque te hace sentir bien, o porque lo disfrutas, o porque te parece más interesante, quizá debas orar sobre si esto es en verdad el llamado de Dios en tu vida, o si estás guiando tus decisiones por intereses egoístas.

Quédate a hacer discípulos

Con el paso de los años, he aprendido que mi vida en casa no tenía por qué ser aburrida. Comencé a apreciar las cosas que hacía, a verlas como importantes, y que hacerlas bien hacía la diferencia. Dios trató con el inmenso orgullo de mi corazón, y usó mi tiempo en casa con mis hijos para comenzar a cultivar el fruto del Espíritu en mí. Y lo mejor, durante esos años, mi mayor tesoro se convirtió en Jesucristo.

Jesús nos dijo que debemos hacer discípulos, y criar hijos es la oportunidad más concentrada que tenemos para obedecer ese mandato. Mirando atrás a mi vida como mamá en casa, sé que nunca me arrepentiré por los momentos que pasé criando a mis hijos y jugando con ellos. Fue un verdadero privilegio tener un rol central en discipular a mis hijos en cada fase de su desarrollo. Estoy muy agradecida con Dios por hacer eso posible en mí y en mi familia.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Emanuel Elizondo.
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