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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de Bellamente distintas: Conversaciones entre amigas sobre fe, vida y cultura (Editorial Portavoz, 2021), por varias autoras.

En 2004, el documental Súper engórdame dio a luz a un movimiento de temor a ciertos alimentos. Aunque es poco probable que la gente pensara que es sabio comer exclusivamente en McDonalds, el director de cine, Morgan Spurlock, infundió miedo en el corazón de cualquiera que alguna vez hubiera comprado una Cajita Feliz.

Desde entonces se han producido varios documentales basados en los alimentos, con una característica en común: el temor a ciertos alimentos. Azúcar. Alimentos genéticamente modificados. Conservantes. Gluten. Maíz. Esta sobrecarga de información ha convertido un simple viaje a la tienda de comestibles en un paso a través de un campo minado.

Identifica el mensaje de la Biblia

Este creciente temor a los alimentos plantea una pregunta: ¿qué puede salvarnos de estos peligros? Cada documental (bloguero, nutricionista y semejantes) responde de manera diferente. Suplementos. Productos orgánicos. Dieta paleo. Vitaminas. Alimentos sin gluten. Depuración. Dieta vegana. Salud intestinal. Aceites esenciales. Cetonas. Si no eliges una solución, podría parecer que estás permitiendo que «la industria» acabe con tu familia y les produzca cáncer, colesterol alto u obesidad.

Así que, ¿debería hacer la dieta de los 30 días sin harinas? ¿El ayuno de Daniel? (¿acaso no es bíblico?). ¿Una dieta sin gluten o sin lácteos? ¿Cuál es la correcta? ¿Voy a contraer cáncer si como alimentos ricos en conservantes? ¿Mi irritabilidad y pesadez disminuirán si elimino el azúcar?

Vale la pena señalar que todas estas opciones y criterios solo son posibles en una cultura de abundancia. En países donde la comida es escasa y la pobreza es abismal, se come lo que se puede conseguir. Las opciones son un privilegio de los ricos. Nos preocupamos por lo que deberíamos comer, porque no tenemos que preocuparnos de si vamos a comer.

Dios habla mucho sobre los alimentos en la Biblia. Y sus palabras inspiradas por el Espíritu son tan relevantes hoy como cuando se escribieron en pergamino

En lugar de buscar la dieta correcta que está de moda, debemos recordar que la Biblia habla con autoridad a cada generación de cada cultura y cada época, sin importar si esa cultura es pobre o rica, y sin importar qué alimentos le gusta comer. Afortunadamente, Dios habla mucho sobre los alimentos en la Biblia. Y sus palabras inspiradas por el Espíritu son tan relevantes hoy como cuando se escribieron en pergamino.

Tal vez parezca que estas preguntas tienen poco que ver con Dios, pero en realidad son absolutamente teológicas. Nuestro conocimiento de Dios y el evangelio debería incidir en nuestra forma de pensar acerca de los alimentos y ayudarnos a tener una actitud inteligente ante los documentales sobre los alimentos saludables, las campañas publicitarias y los pasillos de los supermercados.

Reconoce el peligro mayor

«No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien teman a Aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno» (Mateo 10:28).

En este versículo, Jesús habla de nuestro temor a lo que puede matar el cuerpo. No niega que la amenaza de muerte sea real, pero señala que nuestro temor es miope. Enfrentamos un peligro eterno mayor. ¿Por qué importa esto? Porque aquello que tememos indica dónde ponemos nuestra fe.

La realidad del día a día para la mayoría de nosotras no es el temor a que algo nos mate. En cambio, cedemos el paso a otros innumerables miedos temporales que nos ciegan a la perspectiva eterna y nos llevan a poner nuestra fe en cualquier otra cosa menos en Jesús.

Si tenemos miedo de aumentar de peso, confiaremos en los alimentos que promueven la pérdida de peso. Si tememos a los antojos, confiaremos en alimentos conocidos por reducir el apetito. Si tememos a los alimentos genéticamente modificados, confiaremos en aquellos que se jactan de tener ingredientes totalmente naturales.

Ahora bien, no quiero dar a entender que la comida sana sea mala. Todas sabemos que debemos llevar una dieta equilibrada y hacer ejercicio. Es aconsejable cuidar nuestro cuerpo adecuadamente. Para algunas personas, una dieta específica es realmente un requisito de salud: si tienes una intolerancia o padeces una enfermedad que afecta tu sistema digestivo, debes tener cuidado con lo que comes. Para muchas que padecen afecciones o que cuidan de otros que las padecen, se requiere mucha atención, sabiduría y esfuerzo para hacer lo que para el resto de nosotras es solo un simple viaje a la tienda de comestibles.

Ser sabia y cuidadosa con la comida es bueno, pero hay una diferencia entre ser sabia y cuidadosa y poner todas tus esperanzas en la dieta

Ser sabia y cuidadosa con la comida es bueno, pero hay una diferencia entre ser sabia y cuidadosa y poner todas tus esperanzas en la dieta. El peligro es que nuestro alimento saludable preferido puede convertirse en un salvador funcional. Es como si la alimentación saludable fuera un nuevo evangelio, pero de ningún modo es un evangelio. Se centra en lo temporal, no en lo eterno. Poner el centro de atención en la comida que tenemos delante desplaza al cielo y al infierno a un segundo plano.

No busques soluciones sin Cristo y el Espíritu Santo

Este falso evangelio también propone soluciones sin Cristo a problemas basados en el pecado. Comer en exceso, la irritabilidad y los antojos son problemas de pecado para los que solo Jesús es la solución. Al igual que dar una vacuna contra la gripe a un paciente con cáncer, dar cualquier otra solución que no sea Cristo a los enfermos de pecado es inútil en el mejor de los casos y engañoso en el peor. Cuando estamos irritables o somos indisciplinadas, debemos reconocer que estos pecados provienen de nuestro interior, no de algo externo. Por supuesto, hay algunas cosas prácticas que son de ayuda, como mantener las tabletas de chocolate fuera de casa para evitar la glotonería.

Sin embargo, el cambio real proviene del poder del Espíritu; es su ayuda la que debemos pedir. Debemos esperar el día en que, gracias a Jesús, por fin seamos completamente libres del pecado.

Vive consciente de los enemigos del verdadero evangelio

La nuestra no es la primera generación que pone sus temores y sus esperanzas en la comida. Pablo escribió sobre esto repetidas veces al recordar a las primeras iglesias que los preceptos sobre comer y beber podían convertirse en enemigos del verdadero evangelio.

«Si ustedes han muerto con Cristo a los principios elementales del mundo, ¿por qué, como si aún vivieran en el mundo, se someten a preceptos tales como: “no manipules, no gustes, no toques”, (todos los cuales se refieren a cosas destinadas a perecer con el uso), según los preceptos y enseñanzas de los hombres?» (Colosenses 2:20-22).

Obedecer «mandamientos y doctrinas de hombres» sobre comer y beber no solo nos distrae de Dios y nos persuade a concentrarnos en nuestros deseos temporales de sentirnos bien o de lucir bien. También puede contradecir el verdadero evangelio. En 1 Timoteo 4:1-5, las palabras de Pablo son mucho más fuertes. Al describir a los falsos maestros que, entre otras cosas, «mandarán abstenerse de alimentos», dice que están apostatando de la fe «escuchando a espíritus engañadores y doctrinas de demonios». El falso evangelio de la comida sana sugiere sutilmente que la vida abundante y la libertad del pecado prometida en Jesús se pueden encontrar sin acudir a Jesús.

El falso evangelio de la comida sana sugiere sutilmente que la vida abundante y la libertad del pecado prometida en Jesús se pueden encontrar sin acudir a Jesús

El triste resultado de ver la comida sana como un salvador es que nos convertimos en evangelistas que anuncian a otros sobre todos sus beneficios y esperamos convencerlos de que vale la pena el costo, el tiempo y las molestias que eso conlleva. Terminamos por predicar un evangelio que es, convenientemente, mucho menos ofensivo y mucho más fácil de anunciar a nuestros semejantes que el evangelio de Jesucristo. En lugar de ayudarlos, los estamos distrayendo de lo que es la verdadera amenaza para la salud: el pecado y la paga de muerte.

Mujer cristiana, Jesús es tu Salvador, tu libertad del pecado, tu promesa de vida eterna. Ya tienes buenas noticias para anunciar y la misión de predicarlas a todas las naciones y convencer al mayor número posible de personas de que vale la pena pagar el precio de seguir a Cristo. Resiste la tentación de predicar algo inferior.


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