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El pasado 7 de septiembre pasará a la historia de México y probablemente de Latinoamérica. La Suprema Corte de Justicia de la Nación decidió por unanimidad que es inconstitucional la legislación del estado de Coahuila que imponía cárcel a cualquier mujer “que voluntariamente llevara a cabo un aborto, o a la persona que le hiciere abortar con el consentimiento”.

Esto no quiere decir que el aborto es legal en todo México; este caso se enfoca exclusivamente en el estado de Coahuila. Pero sí afirma un precedente legal en el país y un ejemplo para el resto de Latinoamérica.

Como creyentes, ¿qué podemos pensar cuando leemos esta clase de noticias? ¿Está todo perdido? No lo creo. Permíteme recordarte cinco verdades que nos ayudan a descansar en el control de Dios y nos animan a hacer nuestra parte como ciudadanos de su reino.

1) El evangelio ofrece vida a la humanidad caída

El aborto no es un símbolo de liberación, como pregonan algunos, sino una muestra dolorosa y terrible de nuestra deshumanización. Más allá de las legislaciones o políticas adoptadas por diferentes gobiernos, la decisión de abortar es, sin lugar a dudas, uno de los dramas humanos que llevan a una mujer angustiada, por infinidad de razones, a escoger la muerte en vez de la vida.

Nadie debería concebir el aborto como una victoria, sino como una salida inconcebible que se opone al evangelio

Nadie debería concebir el aborto como una victoria, sino como una salida inconcebible que se opone al evangelio y a la promesa de Jesús, quien dijo: “El ladrón solo viene para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn 10:10). La gran promesa del Señor para el pueblo de Dios es, desde la antigüedad, que Él nos bendecirá de forma integral, y nos dice: “Te amará, te bendecirá y te multiplicará; también bendecirá el fruto de tu vientre…” (Dt 7:13). La vida en abundancia y la bendición sobre el fruto del vientre descansan en la obra redentora del Rey Cristo, quien ofrece hacernos nuevas criaturas que pasen de la muerte a la vida. Por lo tanto, celebrar o percibir la muerte del indefenso como una opción es inconcebible para los cristianos.

La iglesia de Jesucristo debe seguir predicando vida ante el reino de la muerte y debe seguir ofreciendo ayuda a toda mujer que, abrumada por sus circunstancias, piense en la muerte como alternativa para la solución de sus problemas. El principio establecido por Santiago incluye definitivamente a las mujeres que se enfrenten a esa disyuntiva: “La religión pura y sin mancha delante de nuestro Dios y Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Stg 1:27).

2) El ser humano quiere ser su propio rey

El fallo legal que la máxima sala de justicia mexicana emitió solo demuestra, una vez más, que el ser humano no quiere pertenecer al reino de Dios; en cambio, quiere crear su propio reino. 

En esencia, el problema del aborto no yace solo en el deseo de extinguir la vida humana, sino en el obstinado deseo de extinguir el reinado de Dios. En otras palabras, no es que los creyentes simplemente defendamos arbitrariamente el derecho a nacer, sino que por la gracia de Dios hemos podido reconocer nuestra sumisión y dependencia al Rey: somos criaturas, no creadores. El problema central del aborto en realidad está en desear tener la última palabra sobre la vida y la muerte.

El problema central del aborto en realidad está en desear tener la última palabra sobre la vida y la muerte

Por nuestro pecado, no queremos que nos digan qué hacer, cómo vivir, cómo pensar. Tanto hombres como mujeres han creído la terrible mentira de que podemos definir (y celebrar) nuestra propia originalidad, diversidad y libertad autónoma a cualquier precio. Es atractivo pensar que nadie establece qué es correcto o incorrecto, que no hay un Rey sobre nosotros. Como en los tiempos de Jueces, “cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jue 21:25). Por naturaleza, los hombres y las mujeres huyen del Rey (Jn 3:20; Ro 3:10-18). 

3) Lo legal no es necesariamente lo correcto 

Necesitamos recordar que nuestra máxima autoridad es el Juez Dios, no los jueces humanos. El gobierno es una institución creada por Dios para nuestro bien y la preservación de la paz (Ro 13). Sin embargo, hay ocasiones en que el gobierno se aleja tanto de los principios bíblicos de gobernabilidad, que sus decisiones legales y judiciales ya no previenen el pecado y más bien lo promueven. Cuando esto sucede, tenemos que recordar que nuestra lealtad está con el Rey del universo, no con las cortes locales.

Nuestro Rey es claro con respecto a la dignidad de la vida (Sal 139:13). Por lo tanto, nuestra opinión acerca del tema es irrelevante en comparación.

Ahora bien, a los creyentes no nos toma por sorpresa ver a gobiernos oponerse a Dios. Pablo dijo que “en los últimos días vendrán tiempos difíciles” (2 Ti 3:1). No es sorprendente que jueces humanos, sin Cristo, juzguen en contra de lo que Dios dicta como justo. Así que los creyentes levantamos nuestra voz (pacíficamente) y nos oponemos a lo que se rebela contra Dios. Nos apartamos de lo malo porque nos aleja de nuestro Rey. Oramos “Tu reino venga a la tierra” (Mt 6:10) y no participamos en la oposición de la tierra contra el cielo. No queremos lo legal según la perspectiva humana y caída; queremos lo correcto, queremos lo bíblico. 

4) No tenemos lucha contra carne y sangre 

Nuestra lucha no es contra las personas o contra los gobiernos que apoyan el aborto legal, sino que es contra Satanás y sus huestes de maldad que instigan esta clase de perversiones. No hay duda que los seres humanos caen por su propio peso y cada uno de nosotros elige voluntariamente desobedecer a Dios. Pero debemos reconocer que nuestro mundo está bajo la influencia oscura de Satanás (2 Co 4:4).

Aunque la luz del mundo ya venció a las tinieblas (Jn 1:5), esto no quiere decir que el reino de Satanás no es palpable. Todavía (y por ahora) es muy peligroso. Satanás orquesta todos los esfuerzos que se oponen a la expansión del reino de Dios en la tierra. 

Nuestra lucha no es contra carne y sangre; por lo tanto, no se pelea en carne y sangre

La legalización del aborto en muchos lugares es una prueba más de la decadencia humana a través de esfuerzos demoniacos. Lo que muchos celebran hoy es razón de luto en los cielos. Cientos de miles de vidas han sido cruelmente desmembradas en el lugar donde tendrían que estar mejor protegidas. Detrás de máscaras de “salud”, “derechos” o “libertad”, Satanás atenta contra la vida, Dios y la sociedad.

La degradación moral y espiritual de las sociedades produce ambientes hostiles para los ciudadanos del reino. De pronto, oponerse al aborto es visto como la ofensa más seria y vergonzosa que alguien pueda cometer en contra de las mujeres. A lo malo le llaman bueno y a lo bueno malo. La “tolerancia humana” es intolerante con todo lo que sea de Dios. 

Nuestra lucha no es contra carne y sangre (Ef 6:12); por lo tanto, no se pelea en carne y sangre. Esta lucha no se gana en protestas, marchas o boycotts. Aunque en ciertos momentos esas cosas pueden adquirir valor, en realidad nuestra lucha se lleva a cabo de rodillas, en oración y ayuno, predicando la verdad y ayudando compasivamente a las mujeres que se enfrentan a esas disyuntivas. Somos embajadores de Dios (2 Co 5:20). Llevamos el mensaje y Él es quien transforma a ciudades con el evangelio. No pongamos la luz “debajo de una vasija” (Lc 11:33); en cambio, busquemos que brille, que alumbre, que irradie.

5) El Rey aún está en su trono 

Podríamos pensar que la guerra está perdida. El mundo está de cabeza y parece que nada puede evitarlo. Pero esto no es así. El Rey Jesús vino a la tierra a inaugurar su reino para pronto volver a consumarlo. Jesús sí fue crucificado, sí fue sepultado, sí fue resucitado. Él reina con poder y en justicia. Sus palabras permanecen para siempre (1 P 1:25). 

El hecho de que los gobiernos legalicen el aborto no quiere decir que Dios no los juzgará por sus acciones. El tiempo del juicio viene y, mientras tanto, recordamos que el Soberano del universo no nos ha abandonado. El Rey está en su trono, todo está bajo su control (Mt 28:18).

Finalmente, queremos invitar a orar a la iglesia de México y de toda América Latina por este drama humano que nos afecta y que causa tanto dolor. De la misma manera, tenemos que anunciar el evangelio sin descanso y buscar servir de forma compasiva a todos aquellos que estén pasando por una situación tan dolorosa.

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