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Mi esposa y yo hemos servido en el campo misionero por diecisiete años. A pesar de nuestra experiencia, aún debemos recordar con frecuencia los fundamentos bíblicos de las misiones. Toda iglesia o persona llamada al campo misionero debería conocerlos para no incurrir en un activismo que se aparte del propósito de Dios para las misiones.

Los expertos en misiones hablan de la “Gran Comisión” y la “gran compasión”, temas explícitos en la Biblia, de los cuales se desprenden seis fundamentos que aquí expongo y uno más que agrego al final.

1) La oración es crucial

“Por tanto, rueguen al Señor de la mies que envíe obreros a su mies”, Mateo 9:38.

Dado que la cosecha pertenece a Dios, Cristo nos ordena orar al Padre para que envíe a los segadores. Orar por obreros es fundamental porque así obedecemos al mandato de Cristo. Además, tenemos la petición de Pablo como modelo para nosotros:

“… orando al mismo tiempo también por nosotros, para que Dios nos abra una puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también he sido encarcelado”, Colosenses 4:3.

2) Dios es la fuente de la misión

“Jesús les dijo otra vez: Paz a ustedes; como el Padre me ha enviado, así también yo los envío”, Juan 20:21.

El poder para servir en la misiones viene del Espíritu Santo, no de nuestra elocuencia, habilidades, o apariencia

Cristo es quien nos envía. Recordar esto puede evitar dudas y orgullo en nosotros. Los misioneros han sido enviados porque Dios así lo quiso, como envió —con diferentes propósitos— a Abraham, a Moisés, a Pedro, a Pablo, y a muchos otros.

3) Cristo es el mensaje de la misión

“Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, piedra de tropiezo para los judíos, y necedad para los gentiles; mas para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios”, 1 Corintios 1:23-24.

¡Cristo es nuestro mensaje! No te atrevas a sustituirlo.

4) El Espíritu Santo es el poder de la misión

“… pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y me serán testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”, Hechos 1:8.

Las menciones del Espíritu Santo en el Evangelio de Lucas y en el libro de Hechos testifican sobre su poder. El poder para servir en la misiones viene del Espíritu Santo, y no de nuestra elocuencia, habilidades, o apariencia.

5) La Iglesia debe cumplir la misión

“… pero en caso que me tarde, te escribo para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad”, 1 Timoteo 3:15.

La misión se trata de la verdad. La Iglesia debe conocer y transmitir la verdad que es Cristo y su Palabra (Jn. 14:6; 17:17). Él es la cabeza de la Iglesia, y ella es responsable de proclamar que Cristo es el camino al Padre. Esta es la  verdad que el mundo necesita, no algo inventado por los hombres.

6) El mundo es el objetivo de la misión

La Biblia contiene versículos que describen a la Gran Comisión (Mc. 16:14-18; Lc. 24:36-49; Jn. 20:19-23). Según Mateo 28:18-20 debemos ir por todo el mundo haciendo discípulos de Cristo:

“Y acercándose Jesús, les habló, diciendo: Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y he aquí, yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Nuestra gran motivación debe ser dar gloria solo a Dios; cualquier otra se quedará corta ante los propósitos de Dios

7) La gran motivación nos impulsa

En Apocalipsis 7:9-12, vemos el fin que el Señor desea: “ante su presencia habrá personas de todos los grupos étnicos adorándole”, lo cual trae la debida gloria a Dios (Mt. 5:16; Jn. 17:4; 1 Co. 10:31). Esa es “la gran motivación”: Soli Deo gloria (La gloria solo a Dios). cualquier otra motivación —o propósito para las misiones— se quedará corta ante los propósitos de Dios. Este debe ser el gran motor que nos impulsa para todo lo que pretendemos hacer.

“Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios”, 1 Corintios 10:31 (cursiva añadida).

Reflexión final

Cada vez que salgo a evangelizar, a discipular, a comenzar una iglesia, o a dar una enseñanza, debo recordar Soli Deo gloria, para que mi orgullo no sea obstáculo para cumplir con la misión. Debemos recordar que Dios cumplirá sus propósitos con o sin nosotros. Lo único que nos queda es rendirnos ante Él y pronunciar las palabras de Jesús:

“… Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”, Mateo 6:9-10.

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