×

Todos nosotros hemos sido culpables de preocuparnos demasiado por lo que los demás piensan de nosotros. Ya sea que tu foto en Instagram no tenga suficientes “me gusta” o que nadie se haya acercado a decirte la gran bendición que fue el sermón que predicaste el domingo. No estás satisfecho. Empiezas a pensar que hiciste algo mal. Las ideas dan vueltas y crecen frenéticamente en tu cabeza. Tu ánimo termina por los suelos.

Cuando la gente es grande y Dios es pequeño
Edward T. Welch
descargar
Cuando la gente es grande y Dios es pequeño
Edward T. Welch
Editorial Peregrino. 278 pp.
Editorial Peregrino. 278 pp.

Una de las luchas más frecuentes con mi carne es el deseo de quedar bien con las personas, especialmente con mis autoridades. Me cuesta decir “no”, y mi mente suele llenarse de pensamientos de temor de no hacer las cosas bien y decepcionar a los demás. Está de más decir que todo esto es idolatría.

En este mundo caído te dirán que para dejar de preocuparte por la opinión de terceros debes tener un autoestima fuerte y saludable. El concepto que realmente importa es el que tú tienes de ti mismo.

Solo el que comprenda la verdadera naturaleza del ser humano entenderá que lo anterior no funciona. Como bien dijo Spurgeon, “Si un hombre piensa mal de ti, no te enojes con él porque tú eres peor de lo que él piensa”. La Palabra lo declara, ninguno ser humano es bueno (Romanos 3:10-12). La respuesta no está en nosotros mismos.

Sé que no estoy sola en esta lucha. Todos nosotros somos tentados cada día a poner nuestra mirada en lo que los demás piensan de nosotros y sentir que eso es lo quenos da nuestro valor. Es por eso que “Cuando la Gente es Grande y Dios es Pequeño” de Edward T. Welch es un libro tan oportuno.

“Cuando pasas tiempo ante el trono de Dios, las cosas se ponen en perspectiva. Las opiniones de los demás son menos importantes, y aun nuestras opiniones acerca de nosotros mismos parecen ser menos importantes. […] La liberación del temor al hombre tiene tres componentes: debemos tener un conocimiento bíblico de Dios, de las demás personas y de nosotros mismos”.

 

¿Temor a la gente o temor a Dios?

Welch nos lleva directamente a la raíz del problema y nos muestra la única manera de vencer el temor a las personas: poniendo nuestro temor en el lugar correcto, en Dios.

La caída del hombre distorsionó las cosas. Queremos ocupar el lugar que le pertenece a Dios con otras personas o con el “yo”. La única manera de poner todo en su lugar es yendo a la Biblia y descubriendo cómo debemos ver a Dios, a los demás, y a nosotros mismos.

Nuestra única necesidad verdadera es el Señor. Welch refuta el concepto que muchos tienen acerca de las necesidades humanas: no somos una taza vacía que necesita ser llenada. Somos un espejo que refleja la gloria del Creador.

“La gente es más similar a Dios cuando Él es el objeto de sus afectos. La gente se debe deleitar en Dios, como Él lo hace en sí mismo”.

Cuando nuestro deleite está puesto en el Señor, todo comienza a tomar su lugar correcto. Las personas dejan de ser nuestros ídolos o aquellos a quienes ignoramos para proteger nuestra frágil autoestima. Empezamos a ver a los demás como Dios los ve y a cumplir el propósito para el que Dios nos llamó: amar a los demás y servirles.

“Lo que realmente necesitamos son formas e identidades bíblicas para las otras personas. Entonces, en vez de necesitar a la gente para satisfacer nuestros deseos, podremos amar a la gente para la gloria de Dios y cumplir el propósito por el cual fuimos creados”.

Nuestra necesidad de la Palabra de Dios es evidente. A través de ella podremos renovar nuestro entendimiento para tener un concepto correcto de Dios, de la gente y de nosotros mismos.

Todo esto es un proceso doloroso pero necesario. La buena noticia es que la obra no es nuestra. Podemos caminar confiadamente sabiendo que es el Espíritu de Dios quien nos transforma y nos sostiene hasta el final. Debemos dejar de intentar luchar con el temor al hombre por nuestra cuenta. Rindámonos al Señor y a su Palabra, y su poder se perfeccionará en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9).

 

CARGAR MÁS
Cargando