Vivimos en medio de una revolución sexual

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de la introducción del libro Revolución sexual: Una mirada bíblica y científica (B&H Español, 2018), por Catherine Scheraldi de Núñez y Miguel Núñez.

La revolución sexual en medio de la cual nos encontramos ha sorprendido a la mayoría de nosotros, pero no a nuestro Dios. Y decimos esto no solamente porque Dios es omnisciente y por tanto jamás es sorprendido por algo, sino también porque, como el Creador sabio, Él conoce que, en la medida en la que el hombre se aleja de Su ley, en esa misma medida el ser humano comienza a experimentar grados cada vez mayores de lo que él llama “libertad”, que luego lo termina esclavizando.

Esta revolución sexual ha comenzado a mostrar que ese hombre en vez de ser liberado de sus tabúes, está siendo cada vez más esclavo de sus placeres y sufre índices mayores de depresión, ansiedad, falta de propósito, crisis de identidad y suicidios. Esta esclavitud a la cual nos referimos afecta al individuo y desestabiliza la sociedad.

El ser humano ha ido experimentando cada vez más con nuevas formas de expresión sexual y maneras extremas de lo que él piensa que es la libertad individual para explorar fronteras, hasta hace poco, desconocidas para él. A nivel internacional hemos visto cómo las Naciones Unidas y la misma Unión Europea han querido forzar la implementación de estas políticas de liberalismo sexual a través de sus programas y, en ocasiones, evitar ofrecer ayuda económica a naciones que no han querido someterse a sus programas de educación sexual.

Estas naciones han querido convertir en derechos humanos y civiles aquellas cosas que corresponden puramente al ámbito de las preferencias individuales. Las naciones influyentes no parecen estar satisfechas con el cambio de las leyes en sus propias sociedades, sino que desean, y han emprendido, un programa agresivo para imponer esta agenda sexual a lo largo del globo terráqueo.

Una de esas fronteras jamás exploradas lo ilustra el caso del señor Thomas Beatie, nativo de Hawái, quien nació mujer en el año 1974, pero que posteriormente se sometió a cirugías para cambiar de sexo, o más bien para cambiar su apariencia ya que biológicamente el género o el sexo de una persona no lo determina cómo él o ella luzca o cómo se sienta en el día a día, sino su composición genética (XX o XY). En la tercera década de su vida, el ahora señor Thomas Beatie, comenzó a utilizar inyecciones de testosterona; en consecuencia, su apariencia cambió, desarrolló vello facial y, posteriormente, también cambió su voz.

Esta revolución sexual se ha logrado a través de una revolución del vocabulario donde podemos utilizar las palabras para dar significado a cualquier cosa que el individuo desea decir.

En el año 2002 se sometió a una mastectomía y legalmente cambió su estatus para ser llamado “Señor Beatie”. Al mismo tiempo, mantuvo todos sus órganos femeninos que le permitirían posteriormente tener un embarazo. Luego de algunos años de haber utilizado la hormona de la testosterona dejó de hacerlo para explorar la posibilidad de embarazarse, lo cual ocurrió a través de inseminación artificial. El acontecimiento fue publicitado como el primer caso de un hombre embarazado; sin embargo, nosotros sabemos que esta noticia dista mucho de la realidad porque la composición genética de esta persona al nacer correspondía a la de una mujer (XX) y permanecerá de esta misma manera a lo largo de toda su vida.

Además, lo que capacitó a esta persona para quedar embarazada fue la permanencia de sus órganos genitales femeninos: los ovarios, las trompas conectadas a un útero, y la presencia de una vagina. Ninguna de esas cosas corresponde a un genotipo o fenotipo masculino.

Esta revolución sexual se ha logrado a través de una revolución del vocabulario donde podemos utilizar las palabras para dar significado a cualquier cosa que el individuo desea decir o comunicar. En consecuencia, se dice que esta persona es un hombre cuando en realidad su genética, y aun sus órganos genitales, niegan dicha masculinidad.

Este experimento que comenzó mal, violando el diseño de Dios, tampoco terminó bien. En el año 2012, el señor Beatie, inició el proceso de divorcio con su esposa, Nancy, por medio de una batalla legal que se prolongó por dos años y que terminó en la Corte de Apelación de Justicia del estado de Arizona.

Lamentablemente nuestra sociedad individualista ha convertido sus nuevas ideas en derechos civiles, o peor aún, en derechos humanos. Bajo estos nuevos derechos recién creados, se presiona para que incluso la ciencia se vea en la obligación de ceder a grupos de intereses. El caso más conocido es el de la Universidad de John Hopkins. En 1965, la universidad fundó la clínica de identidad de género.

El doctor Paul McHugh trató de persuadir a sus colegas de no iniciar la reafirmación de los tratamientos y cirugías para lograr el cambio de sexo. Eventualmente, el doctor McHugh llegó a ser el director del Departamento de Psiquiatría. Como tal, animó al doctor John Meyer, psiquiatra y psicoanalista, a dar seguimiento a un número de pacientes que se realizaron cirugías para cambiar de sexo. Años más tarde, el doctor Meyer encontró que la gran mayoría de los pacientes no habían recibido ayuda desde el punto de vista psicológico. Ellos todavía permanecían con los mismos problemas de relaciones, trabajo y emociones que habían experimentado años atrás.

Después de estudiar la evidencia, McHugh concluyó que la cirugía de reasignación de sexo era una mala práctica médica y que fundamentalmente coopera con el desarrollo de enfermedades mentales. Los psiquiatras, él pensó, podrían ayudar a sus pacientes con disforia de género, tratando de arreglar sus mentes y no sus genitales.

La sociedad ya no es capaz de creer en datos concretos de la propia ciencia, sino que ha preferido moverse en la dirección de las preferencias individuales.

Un estudio del año 2011 puso en evidencia que después de la cirugía de reasignación de sexo, más de 300 transexuales suecos enfrentaron un mayor riesgo de mortalidad, ideas suicidas, y problemas psiquiátricos en comparación con el resto de la población. El departamento de psiquiatría de la Universidad de John Hopkins recomendó detener dichas cirugías por varias décadas. Sin embargo, en el año 2016 el hospital anunció que reiniciaría las cirugías de reasignación de sexo. Esto no se debió a nuevas evidencias científicas. El LGBTQ Nation reportó que el cambio surgió por el aumento de la crítica contra el respetado centro médico y miembros de la facultad y, en particular, contra el psiquiatra Paul McHugh.

Esto es una ilustración más de que el movimiento actual de cambio de sexo, así como otras prácticas promovidas por el movimiento LGBTQ, no se deben a evidencias como resultados de estudios serios, sino más bien a presiones culturales, políticas y de una élite minoritaria que considera que ser de mente abierta es algo progresivo.

Lamentablemente la sociedad ya no es capaz de creer en datos concretos de la propia ciencia, sino que ha preferido moverse en la dirección de las preferencias individuales, convirtiendo estas en derechos humanos o civiles. Como expresamos al inicio, apenas estamos viendo el inicio de una revolución sexual que terminará con el colapso de la sociedad.

En medio de todo esto hemos comenzado a ver hijos criados por padres del mismo sexo; lo cual es otro experimento más, ya que no conocemos aún cuáles serán las consecuencias de estas “familias”. Sabemos que Dios equipó cada género con características particulares necesarias para la crianza de los hijos. La mujer aporta apoyo emocional, amor, y comprensión que el sexo masculino no puede aportar, por lo menos en el mismo grado y calidad. Y el padre aporta afirmación y seguridad al niño que la madre usualmente no provee, simplemente por diseño de Dios.

Las consecuencias finales serán muchas, de larga duración y de proporciones épicas, según entendemos nosotros. Sin embargo, el cristiano nunca debe perder su fe en que Dios es capaz de sostener a su pueblo bajo las peores circunstancias, siempre y cuando su pueblo no cave cisternas agrietadas (Jer. 2:13) que no retienen agua y que no podrán satisfacer su sed.

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