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Malaquías y Apocalipsis 21-22

 “El hijo honra a su padre y el siervo a su señor. Ahora bien, si soy padre, ¿dónde está el honor que merezco? Y si soy señor, ¿dónde está el respeto que se me debe?”.

(Malaquías 1:6*)

Las redes sociales son una prueba evidente de nuestra frecuente testarudez. Basta que uno ponga una gloriosa opinión personal para que casi inmediatamente se convierta en dogma inquebrantable para su autor. Es increíble como los opinólogos se convierten en verdaderos contorsionistas intelectuales, capaces de una flexibilidad insólita, al intentar demostrar que no se han equivocado en sus pensamientos. Es muy difícil encontrar a alguien que simplemente diga “Perdón, me equivoqué. La próxima vez pensaré o investigaré mejor antes de publicar algo”. Hace muchos años escuché a alguien decir que una teoría nunca morirá mientras su proponente esté vivo. La verdad es que es más fácil seguir con la letanía demostrativa que empieza con un “sí, pero…”.

Lo que queda absolutamente claro es que a los seres humanos no nos gusta dar marcha atrás cuando se nos ha metido algo en la cabeza. Desde tiempos inmemoriales, hombres y mujeres han demostrado que siempre habrá un “pero” que valga. Eva tuvo un “pero” que la llevó a comer del fruto prohibido. Es posible que Lot sabía de la fama de los sodomitas, “pero” la tierra era bonita y próspera. Más adelante, la historia humana nos demuestra que los humanos se pueden organizar para hacer que todos sus “peros” valgan. Yo me pregunto: ¿podremos pensar correctamente cuando vivimos en un mundo atiborrado de “peros”?

No puedo negar que el libro de Malaquías es uno de los que más me apasionan del Antiguo Testamento. Es un libro en donde el Señor usa preguntas y respuestas muy precisas para desenmascarar el vacío espiritual de su pueblo. A esta forma de diálogo se le llamó después dialéctica, o el arte de la discusión a través de preguntas y respuestas. Sin embargo, más allá de sus fuentes filosóficas desde los tiempos de Zenón de Elea (Aristóteles lo considera como autor de la dialéctica), ya no la usamos para descubrir la verdad, sino como un instrumento para cimentar nuestra terquedad. Tendemos  a usar las preguntas y repreguntas como un medio exoneratorio de nuestra responsabilidad o como un disipador de la verdad manifiesta. Somos como los niños pequeños que nunca están satisfechos con las respuestas y por eso terminan con un sonoro “¿Y… por qué?”. Esos mismos niños, cuando crecen, siempre concluyen así: “Está bien… pero…”. Bueno, más allá de las excusas, una pregunta bien hecha y una repregunta bien formulada pueden dar profunda luz a todo aquel interesado por llegar a la verdad.

Observemos algunas de las preguntas que aparecen en Malaquías. La primera que queremos resaltar tiene que ver con los títulos que a veces con liviandad le colocamos a Dios. En el encabezado de nuestra reflexión vemos la observación de la realidad y la comparación en nuestra relación con Dios. Nosotros podríamos parafrasear las preguntas así: “¿Qué debe esperar un padre de un hijo?”. Y modernizando el término señor: “¿Qué espera un jefe de su subalterno?”. En ambos casos, la posible respuesta es que deberíamos hablar de cierto grado de respeto que demuestre el aprecio y la consideración a la dignidad del padre o superior. El Señor no se queda en el terreno superficial, sino que insiste y demanda una respuesta práctica: “¿Dónde está el honor… dónde está el respeto?”. Esto obliga a una respuesta menos teórica general y más práctica y específica. Entonces, la sumisión de un hijo para con su padre estará, por ejemplo, en guardar las normas de la casa. El acatamiento a las órdenes provistas por la autoridad serán las manifestaciones evidentes del respeto al superior. Entonces, ¿qué debemos hacer para evidenciar nuestra lealtad a un Dios que llamamos Padre y Señor? La respuesta, en este caso, no podrá quedar en un “sí, pero…”.

¿Qué hace un opinólogo cuando empieza ser cuestionado en las redes sociales? Pues lo mismo que ha hecho el ser humano desde tiempos inmemoriales. Lo mismo que hizo el pueblo en tiempos de Malaquías. Ante el simple cuestionamiento de una pregunta sincera, se coloca en guardia. Es verdad, a nadie le gusta que lo cuestionen, y menos en temas de fe y religión. Por eso se lanzaron a la carga con dos repreguntas: “¿En qué hemos despreciado tu nombre?… ¿En qué te hemos mancillado?…” (Mal. 1:6-7).

Nuestro Señor espera manifestaciones evidentes y públicas de nuestro aprecio a su Persona.

El Señor va directo al grano. Los judíos estaban confiados en que estaban “cumpliendo” con Dios con la “cantidad” de requisitos religiosos estipulados para “honrar” al Señor. Pero Él, que mira los corazones como libros abiertos, no estaba tan interesado en la cantidad como en la calidad. También es cierto que no esperaba algo sobrehumano o algo que hombres o mujeres fueran incapaces de cumplir. El Señor simplemente esperaba ser tratado con la misma deferencia con la que el pueblo trataba a aquellos a quienes consideraban como dignos de su respeto. El Señor les dice: “Ustedes traen animales ciegos para el sacrificio, y piensan que no tiene nada de malo; sacrifican animales cojos o enfermos, y piensan que no tiene nada de malo. ¿Por qué no tratan de ofrecérselos a su gobernante? ¿Creen que estaría él contento con ustedes? ¿Se ganarían su favor? -dice el SEÑOR Todopoderoso-” (Mal. 1:8). 

Sin buscar un “pero” por respuesta, yo me pregunto: ¿por qué cuando cantamos en la iglesia no lo podemos hacer con la misma fuerza con que coreamos a nuestro equipo en el estadio? ¿Por qué nos preocupamos por llegar puntuales al trabajo, pero no importa a qué hora llegamos al servicio dominical o la reunión de grupos pequeños? ¿Por qué podemos estar tres horas de pie escuchando al cantante de moda, pero cinco minutos en la iglesia son insoportables? ¿Por qué pagamos mucho dinero por escuchar al gurú de moda, pero comprarnos un libro cristiano suena a crisis financiera? ¿Por qué para nosotros cualquier excusa es válida para dejar de cumplirle al Señor? Estas y muchas preguntas más hablan de la calidad de nuestro respeto hacia Dios. Creo que aquí no hay pero que valga, ¿no es cierto?

Malaquías tiene que advertirle al pueblo: “Ahora pues, traten de apaciguar a Dios para que se apiade de nosotros. ¿Creen que con esta clase de ofrendas se van a ganar su favor?” (Mal. 1:9). No, queridos amigos, nuestra actitud va unida a la cantidad y a la calidad de nuestro reconocimiento al Señor y nuestros “peros” no valen ante su presencia. Él simplemente espera señales evidentes de nuestra filiación con Él. Ahora, para algunos, el solo pensar que Dios les demanda más de la cuenta podría ser causa de indignación y reproche, un fanatismo más en sus propias palabras. Sin embargo, ni siquiera una mujer enamorada aceptaría que su novio le diga: “Pero tú sabes que te quiero… no necesito decírtelo… ¿Para qué demostrarte lo que todos ya saben?”. Nuestro Señor también espera manifestaciones evidentes y públicas de nuestro aprecio a su Persona. 

A veces somos como los adolescentes que solo se ponen golosos con sus padres cuando quieren pedirles las llaves del auto o una mesada superior a la acostumbrada. Vemos a personas llegar a la iglesia solo en casos de emergencia, como si en la entrada hubiera un letrero que dijera: “SOLO EN CASO DE NECESIDAD, CRUCE LA PUERTA”. Por supuesto que a las personas con una mentalidad así no las volveremos a ver hasta que tengan nuevamente algún apremio que solo el Ser Supremo pueda solucionar ipso facto.

Malaquías nos enseña que el Señor nunca recibirá algo entregado con mezquindad o que no salga de un corazón sincero. Malaquías no duda en exponer lo que los corazones trataban de ocultar, “Y exclaman: ‘¡Qué hastío!’ Y me tratan con desdén –dice el SEÑOR Todopoderoso-. ¿Y creen que voy a aceptar de sus manos los animales lesionados, cojos o enfermos que ustedes me traen como sacrificio? – dice el SEÑOR-” (Mal. 1:13). Es por eso que vale la pena preguntarnos una vez más: ¿Cuáles son nuestros más usados “peros” para debilitar nuestra vida espiritual? ¿Estás cansado de la falsa religiosidad, del ritualismo vacío, de la moralina retrógrada, de la hipocresía?

En una gigantesca pared de una iglesia en la ciudad de Lima se leía la siguiente frase hace muchos años atrás: “De lo que te sobra, dalo al Señor”. Puede que la gente a la que la iglesia ayude necesite mis sobras, pero dudo que Dios las necesite. Muy íntimamente actuamos para con Dios como si creyéramos que el Señor anda mendigando un poco de atención o consideración. En realidad, nosotros necesitamos con urgencia ubicarnos en la correcta perspectiva de su grandeza: “Porque desde donde nace el sol hasta donde se pone, grande es mi nombre entre las naciones. En todo lugar se ofrece incienso y ofrendas puras a mi nombre, porque grande es mi nombre entre las naciones –dice el SEÑOR Todopoderoso-… Porque yo soy el gran rey -dice el SEÑOR Todopoderoso-, y temido es mi nombre entre las naciones” (Mal. 1:11,14). No hay “pero” que valga cuando sabemos quien exactamente es nuestro Dios.

El Señor nunca recibirá algo entregado con mezquindad o que no salga de un corazón sincero.

No puedo dejar pasar otra gran pregunta hecha por Malaquías: “Ustedes han cansado al SEÑOR con sus palabras. Y encima preguntan: ¿En qué lo hemos cansado? En que dicen: ‘Todo el que hace lo malo agrada al SEÑOR, y él se complace con ellos’; y murmuran: ‘¿Dónde está el Dios de justicia?’” (Mal.2.17). El Señor no puede tolerar que personas que se hacen llamar sus hijos vivan vidas en donde la ignorancia a lo que Dios ha establecido genera una disipación ante lo que el Señor ha establecido con claridad. Ahora que la diosa “tolerancia” puebla los altares de la humanidad debemos cuidarnos de creer que Dios es simplemente permisivo con nuestro estilo de vida. En este caso, no hay “pero” que valga porque el Señor ha dejado bien claro la forma en que desea que su pueblo viva.

La tolerancia no significa complicidad o complacencia, como popularmente se piensa. Es muy difícil que podamos tener un carácter superficial cuando hay algo que se opone o pervierte nuestras creencias más profundas. El problema radica en que no nos hemos dado el tiempo para tener creencias profundas. Si nuestras creencias tienen “un dedo de frente”, entonces esa será la misma profundidad con la que influenciarán nuestros estilos de vida. 

Considero que el problema no está en el uso del término “tolerancia”, sino en su definición equivocada y simplista. El término será válido en la medida que se use según su correcta definición. Por otro lado, al ir perdiendo peso, este término ha ido confundiéndose con la “complacencia”. Tolerancia viene del latín tolero: “soportar, aguantar”. Complacencia viene del latín com-placere: “sentir placer junto con, procurar ser agradable a una persona, satisfacción, placer, agrado”. En la primera palabra, hay una manifestación activa de oposición, mientras que en la segunda solo indiferencia manifiesta. La tolerancia implica la manifestación de una posición bien definida, la segunda es una permanente actitud de consentimiento vacío. 

El Señor de la justicia nunca se ha alejado ni dejado vacante su puesto y anuladas sus funciones bajo una supuesta tolerancia amorosa (que ahora está tan de moda cuando se habla de Dios). Por el contrario, el Señor dice: “De modo que me acercaré a ustedes para juicio. Estaré presto a testificar contra los hechiceros, los adúlteros, los perjuros, contra los que explotan a sus asalariados; contra los que oprimen a las viudas y a los huérfanos, y niegan el derecho del extranjero, sin mostrarme ningún temor – dice el SEÑOR Todopoderoso-” (Mal. 3:5). ¿Notas que el Señor tiene una opinión muy clara, precisa y sin “peros” con respecto a todos los asuntos de nuestras vidas?

El Señor tiene una opinión muy clara, precisa y sin “peros” con respecto a todos los asuntos de nuestras vidas.

Las profecías de Malaquías no acaban de forma negativa. Hay una preciosa promesa que muestra la profunda misericordia de Dios para quienes busquen honrarle de todo corazón. Al final de los tiempos, Dios pondrá orden sobre su casa: “Miren, ya viene el día, ardiente como un horno. Todos los soberbios y todos los malvados serán como paja, y aquel día les prenderá fuego hasta dejarlos sin raíz ni rama – dice el SEÑOR Todopoderoso-. Pero para ustedes que temen mi nombre, se levantará el sol de justicia trayendo en sus rayos salud. Y ustedes saldrán saltando como becerros recién alimentados” (Mal. 4:1-2). Qué bueno es saber que cuando Él venga no habrá “pero” que valga.

De igual forma, Juan no termina su visión de los tiempos finales con una visión de destrucción, sino de profunda paz al ver cómo el Señor puso las cosas en orden: “Oí una potente voz que provenía del trono y decía: ‘¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios!’. Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir” (Ap. 21:3-4).

Esta es nuestra esperanza y la razón por la que no renunciamos a vivir solo por vivir. Esta es la razón por la que no nos rendimos ante la aparente fuerza temporal de las filosofías de moda y nos decidimos a honrar al Dios eterno con todas las fuerzas de nuestro corazón. Cada uno de los profetas bíblicos tenía la seguridad de la futura e invencible intervención de Dios. Algunas de esas profecías ya se han cumplido y otras todavía esperan su cumplimiento, así como esperamos nosotros también el cumplimiento de los tiempos conforme a lo establecido por el Señor sin un “pero que valga”.

Por eso, terminamos también este período de reflexiones uniéndonos al señor Jesucristo y a Juan el apóstol:

“El que da testimonio de estas cosas, dice: ‘Sí, vengo pronto’.
Amén. ¡Ven, Señor Jesús!
Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén”,
Apocalipsis 22:20-21.


*Todas las citas bíblicas están tomadas de la NVI.


Imagen: Lightstock.
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