¿Qué significa la transfiguración de Jesús? | Preguntas bíblicas

Los Evangelios sinópticos —es decir, Mateo, Marcos, y Lucas— incluyen una escena que puede resultarnos enigmática: Jesús sube a una montaña junto a tres de sus discípulos, transforma su apariencia ante ellos, interactúa con dos personajes del Antiguo Testamento, una nube cubre la montaña, una voz habla desde la nube, y luego todo vuelve a la normalidad (ver Mt. 17:1–9, Mr. 9:2–10, Lc. 9:28–36).

Estos relatos de la transfiguración de Jesús (del griego metamorfao = cambiar de forma) dejan perplejo a cualquier lector atento. Solo el desinterés o la excesiva familiaridad con el contenido bíblico puede hacer que alguien se tope con estos pasajes y siga leyendo como si nada.

Sin duda, la transfiguración es una escena sorprendente y genera muchas preguntas. En este breve artículo me quiero concentrar en lo más elemental: ¿cuál es el significado de ella? Y aun así, esta no es una pregunta fácil. Sin embargo, creo que significa esencialmente tres cosas.

1. Jesús es el Hijo de Dios.

La identidad de Jesús es un tema central en los Evangelios, pues el objetivo de los autores es presentar a la persona de Jesús y persuadir a la audiencia de confiar en Él como Salvador y seguirle como Señor.

Si ponemos atención al contexto narrativo de los sinópticos, notamos que la transfiguración ocurre en torno a preguntas o revelaciones acerca de la identidad de Jesús: la confesión de Pedro, los anuncios de la muerte y resurrección de Jesús, y la instrucción sobre el costo de seguirlo. No es casualidad que el punto clímax de la escena sea la voz que sale desde la nube, anunciando quién es Jesús: “Este es mi Hijo amado en quien yo estoy complacido” (Mt. 17:5; cf. Mr. 9:7; Lc. 9:35; ver también Jn. 1:14; 2 P. 2:16–19).

La transfiguración cumple la función de confirmar que Jesús es nada más y nada menos que el Hijo de Dios.

En primer lugar, entonces, la transfiguración cumple la función de confirmar lo que la narrativa ha venido sugiriendo desde el principio: que Jesús es nada más y nada menos que el Hijo de Dios, el Señor encarnado, la segunda persona de la Trinidad.

2. Jesús es el Mesías.

Ahora bien, la transfiguración no solo confirma la identidad de Jesús; también nos da información específica respecto a la razón de su venida, es decir, su misión.

Aquí la descripción de la escena y los dos personajes que acompañan y hablan con Jesús son de particular interés. El monte, la nube, la luz resplandeciente, y un individuo que tiene una relación especial con Dios y con el pueblo; todo esto trae a memoria la inauguración y renovación del Antiguo Pacto (Éx. 24:15-18 y 34:29-35).

En la escena vemos a Moisés, por medio de quien Dios estableció el Antiguo Pacto, y quien prometió que Dios levantaría a un profeta como él (Dt. 18:15-19; 34:10). Y también vemos a Elías, el enigmático profeta que muchos años después denunció a Israel por su infidelidad al pacto (1 Re. 18:18), y cuyo retorno Malaquías profetizó que sucedería antes del día del Señor (Mal. 4:4–6). La escena está cargada de simbolismo escatológico, es decir, del fin de los tiempos. ¿De qué se trataba su conversación? Lucas nos dice que “hablaban de la partida de Jesús que Él estaba a punto de cumplir en Jerusalén” (Lc. 9:31).

¿Qué podemos concluir en vista de todo esto? Que Jesús es el mediador de un nuevo pacto (ver He. 8; 10:1-14). Que estos personajes, Moisés y Elías, prefiguraron y anunciaron de antemano la venida de Jesús (ver Lc. 24:25-27; 45-47). Y que Jesús había venido a cumplir las promesas de Dios; el foco central de ellas sería lo que sucedería en Jerusalén. En breve, la transfiguración indica que Jesús es el Mesías.

3. Jesús será glorificado, y nosotros junto a Él.

Pero la transfiguración también nos dice algo más. Esta no es la primera vez que los sinópticos registran una voz hablando desde el cielo diciendo: “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido”. Eso también lo vemos en el bautismo de Jesús (Mt. 3:17; Mr. 1:11; Lc. 3:22).

Aunque las palabras sean prácticamente las mismas, su significado en la transfiguración parece ser diferente. El bautismo señala la muerte de Jesús, su juicio; Dios se complace en su disposición a sufrir el castigo que los pecadores merecen. La transfiguración, en cambio, señala la resurrección de Jesús: es un anticipo de su reivindicación, de su resplandeciente glorificación. Aunque su muerte pudo haberlo puesto en duda, la resurrección confirmará que Jesús es el Hijo amado de Dios, en quien Él se complace (ver Ro. 1:4; Fil. 2:5–11).

La gloria de Jesús anticipada en la transfiguración no es solo para Jesús. Por la misericordia y la gracia sublime de Dios, nosotros, los que hemos puesto nuestra fe en Cristo, también seremos glorificados.

Por último, no podemos dejar de mencionar que la gloria de Jesús anticipada en la transfiguración no es solo para Jesús. Por la misericordia inmensa y la gracia sublime de Dios, nosotros, los que hemos puesto nuestra fe en Cristo, también seremos glorificados. ¿No es eso lo que enseña la Biblia?

“Así es también la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria… Así también está escrito: ‘El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente’. El último Adán, espíritu que da vida”, 1 Corintios 15:42–45.

“Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu”, 2 Corintios 3:18.

“Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de su gloria, por el ejercicio del poder que tiene aun para sujetar todas las cosas a Él mismo”, Filipenses 3:20-21.

La transfiguración nos debe llenar de gozo, ya que en ella vemos nuestra redención, prometida y cumplida, y anticipamos nuestra gloria futura junto a Jesús, nuestro Señor y Salvador. Unidos a Él por medio de la fe, nosotros también somos hijos de Dios, en quienes el Padre se complace.


Imagen: Lighstock.
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