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Proverbios 1-5 y Hechos 24-25

Hijo mío, no te olvides de mi enseñanza,
Y tu corazón guarde mis mandamientos,
Porque largura de días y años de vida
Y paz te añadirán.
La misericordia y la verdad nunca se aparten de ti;
Atalas a tu cuello,
Escríbelas en la tabla de tu corazón.
Así hallarás favor y buena estimación
Ante los ojos de Dios y de los hombres.
Confía en el Señor con todo tu corazón,
Y no te apoyes en tu propio entendimiento.
Reconócelo en todos tus caminos,
Y El enderezará tus sendas.
No seas sabio a tus propios ojos;
Teme (Reverencia) al Señor y apártate del mal.
Será medicina para tu cuerpo
Y alivio para tus huesos.
Honra al Señor con tus bienes
Y con las primicias de todos tus frutos;
Entonces tus graneros se llenarán con abundancia
Y tus lagares rebosarán de vino nuevo..
(Prov. 3:1-10)

Hace algún tiempo leía que algunos investigadores concluyeron que Einstein consiguió su enorme capacidad de análisis científico debido a que una parte de su cerebro era más grande de lo normal. Según leí, las miles de horas de estudio, análisis y reflexión fueron en realidad circunstanciales para lograr los éxitos científicos del genio alemán. Por otro lado, también me tomé el tiempo para leer una investigación acerca de las causas fisiológicas del stress. Al parecer, el desasosiego anímico no es causado por las presiones de una vida injusta y materialista, las malas decisiones o la descarada maldad humana. Según los estudiosos, el stress se debe solamente a ciertas hormonas un poco trastornadas que nos juegan malas pasadas y hacen que nos sintamos pésimo y con el mundo al revés.

Después de leer ambos artículos me quedé con una sensación extraña. Me parece que algunos estudiosos piensan que somos más parecidos a máquinas orgánicas que a seres humanos conscientes. Según nos intentan explicar, las sustancias químicas de nuestro organismo ejercen no solo un efecto fisiológico importante en nosotros, sino que también todo lo que soy no es más que sustancias fabricadas por mi cuerpo que activan diversos mecanismos orgánicos y me hacen ser lo que finalmente soy.

¿Será que no soy más que reacciones químicas e impulsos eléctricos? ¿Dónde quedaron entonces mis fuerzas anímicas? ¿Dónde quedaron el esfuerzo, las ganas por conseguir resultados, la tristeza, la alegría, y todo lo demás que nos distingue como seres humanos? Lo que pareciera estar claro es que la solución para los “seres químicos” se ha encontrado en medicamentos o en drogas que sirven como aceite para lubricar el alma y gasolina para energizar el ánimo.

Por favor, no me mal entiendan. No rechazo lo que la ciencia ha descubierto en cuanto al funcionamiento de nuestro cuerpo y sus repercusiones en nuestro ser integral. No hay duda que existe una profunda integración entre el cuerpo y el alma, y que ambas se afectan mutuamente. Creo que nuestro cuerpo y alma son un todo interrelacionado en donde una afección física repercute en el ánimo y también una afección anímica repercute en el cuerpo. Por eso me niego a una visión reduccionista que centra toda la problemática de la persona en derivaciones químicas o físicas, porque el ser humano es más de lo que su propio cuerpo pueda o no pueda producir.

¿Qué hemos obtenido con esta visión sesgada de la realidad humana? Pues una generación de seres humanos débiles, sin ganas, que le cantan a la muerte, epidérmicos, sin sueños, sin esperanza más allá de lo material o de esta tierra; viviendo como si tuvieran una herida a flor de piel, temerosos para relacionarse con los demás, individualistas hasta la saciedad, olvidando que la vida no son solo derechos, sino también deberes. Es una generación bien lubricada, cuidadosa de mantener los niveles aceptables, preocupada por alimentarse adecuadamente y mantenerse en forma, pero sin saber con qué propósito o la razón final para tanto cuidado.

Lo anterior es como no saber manejar y tener un auto de Fórmula Uno en el garage. Estoy seguro de que una persona se podrá sentir más feliz y realizada con un destartalado y quejoso auto antiguo siempre y cuando pueda serle útil… esto es, cumpliendo su propósito como medio de transporte. Mientras el propósito esté claro, uno podrá sortear cada una de las carencias que tenga porque sabe lo que quiere y, al saberlo, sabrá también hasta dónde puede lograrlo.

La sabiduría bíblica empieza con la Cruz de Cristo, en donde Dios mismo tomó en sus manos nuestra alienación, nuestros pecados y fracasos para destruirlos para siempre.

Por eso, en el otro extremo de la visión del ser humano que acabamos de presentar está la sabiduría bíblica. El punto de partida de la sabiduría bíblica es Dios mismo como Creador, Soberano y Redentor. Él nos creó y definió nuestros límites y características. Conoce de nuestra caída y de aquello que está verdaderamente roto en nuestro ser. Por eso es que la sabiduría bíblica empieza con la Cruz de Cristo, en donde Dios mismo tomó en sus manos nuestra alienación, nuestros pecados y fracasos para destruirlos para siempre. Es en Él, por lo tanto, que encontramos el fundamento de todo lo que necesitamos para vivir y es el Señor mismo quien ha establecido las normas que nos permitan un proceder dichoso, que le rinda gloria al Salvador, y que nos lleve a realizarnos como seres humanos con una vida digna, placentera, y provechosa. Una vida que reconoce que no todo termina acá, sino que es ya el inicio de la vida eterna prometida a los que le pertenecen.

Lo anterior es el fundamento de una vida buena. Pero también la sabiduría bíblica nos ayuda a entender que para tener una vida buena no necesito que todo funcione a la perfección y que todas las variables estén a mi favor. El Señor no solo quiere darnos paz y bienestar más allá de la muerte, sino guiarnos también a vivir una buena vida en este mundo caído.

Por eso sus consejos no son fórmulas mágicas para cambiar nuestro ánimo o darle vuelta a nuestras circunstancias. Son, por el contrario, instrucciones para fortalecer nuestro carácter. He aquí una muestra:  “… Guarda la prudencia y la discreción, Y serán vida para tu alma Y adorno para tu cuello. Entonces andarás con seguridad por tu camino, Y tu pie no tropezará. Cuando te acuestes no tendrás temor, Sí, te acostarás y será dulce tu sueño. No temerás el pavor repentino, Ni el ataque de los impíos cuando venga, Porque el Señor será tu confianza, Y guardará tu pie de ser apresado” (Prov. 3:21-26).

Quisiera recalcar que la belleza de la vida no está en la falta de problemas o dificultades, sino en su propósito. Podemos ser muy ricos o terriblemente pobres, podemos estar muy enfermos o absolutamente sanos, podemos ser físicamente hermosos o definitivamente poco dotados, podemos sufrir una minusvalía o ser atletas ‘top’… pero si entendemos la sabiduría al encontrar el propósito del diseño y la voluntad de Dios, veremos que no habrá nada que nos impida alcanzar una vida buena.

Por ejemplo, vivir una vida buena es despojarnos de nuestro egoísmo y poder ver como nuestras las necesidades de los demás. Así lo expresa el libro de Proverbios: “No niegues el bien a quien se le debe, Cuando esté en tu mano el hacerlo. No digas a tu prójimo: ‘Ve y vuelve, Y mañana te lo daré,’ Cuando lo tienes contigo. No trames el mal contra tu prójimo, Mientras habite seguro a tu lado. No pelees con nadie sin motivo, Si no te ha hecho daño. No envidies al hombre violento, Y no escojas ninguno de sus caminos” (Prov. 3:27-31).

La sabiduría bíblica no es un medicamento, sino una decisión de la voluntad que se consigue con esfuerzo. Es experiencia que nace del conocer y aplicar la revelación de Dios con obediencia y fe.

La sabiduría bíblica no es un medicamento, sino una decisión de la voluntad que se consigue con esfuerzo. Es experiencia que nace del conocer y aplicar la revelación de Dios con obediencia y fe. Se cultiva, pero también es un regalo del Señor, el dueño de toda sabiduría. Su principal raíz es el “temor de Dios”, que es el respeto y consideración diligente y piadosa a su Persona y grandeza. Como Dios es Señor de todo, no puede haber fisuras ni doble estándar entre lo espiritual y lo material, entre lo religioso y lo secular, entre lo aparentemente trivial y lo importante. Su involucramiento es general y desea que actuemos con criterio, unidad e integridad en todo lo que emprendamos.

La lectura del hoy del Nuevo Testamento en el libro de los Hechos me llevó a preguntarme, ¿cómo Pablo pudo vivir una vida buena en medio de tantas pruebas y tanta oposición? Su reputación estaba por los suelos, sus hermanos judíos decían que él era, “…verdaderamente una plaga, y que provoca disensiones… por el mundo entero…” (Hch. 24:5).  Pablo experimentó la corrupción política al estar preso por dos años debido a que el gobernador Félix, “ tenía esperanza de que Pablo le diera dinero …” (Hch. 24:26). ¡Dos años preso injustamente por la codicia de un corrupto!

Entonces, si todas las circunstancias estaban en contra suya, ¿en dónde radicaba su fortaleza? Pues en la relación con un Dios personal del que había aprendido a vivir la vida buena sin importar las circunstancias. Puede sorprenderlos, pero nadie explica mejor la razón de la fortaleza de Pablo que el nuevo gobernador Festo. Cuando le presenta el caso al rey Agripa, le dice lo siguiente: “Y levantándose los acusadores, presentaban acusaciones contra él, pero no de la clase de crímenes que yo suponía, sino que simplemente tenían contra él ciertas cuestiones sobre su propia religión, y sobre cierto Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirmaba que estaba vivo” (Hch. 25:18-19). ¿Dónde está la respuesta? En que Pablo seguía a un Salvador vivo, cuyas palabras e instrucciones no eran poderosas por ser “sabiduría antigua”, sino por ser la sabiduría de un Dios vivo que es soberano y misericordioso.  

Termino con las palabras de invitación de Salomón a encontrar en la sabiduría bíblica no solo un remedio para lo espiritual, sino también para una salud integral: “Hijo mío, presta atención a mis palabras; Inclina tu oído a mis razones. Que no se aparten de tus ojos; Guárdalas en medio de tu corazón. Porque son vida para los que las hallan, Y salud para todo su cuerpo” (Prov. 4:20-22).


Imagen: Lightstock.
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