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Para conocer a Dios y saber cómo actúa en el mundo debemos estudiar los libros que Él inspiró. ¿Cuáles son? Esta pregunta tiene que ver con el canon, que significa “regla”. En el cristianismo, el canon es la colección de libros considerados como normativos que la iglesia sigue para establecer su doctrina y práctica. Las Biblias que leemos tienen 66 libros que forman el canon: 39 en el Antiguo Testamento (AT) y 27 en el Nuevo.

Si sabes algo del debate histórico sobre qué libros incluir en la Biblia, seguro conoces algo sobre los libros apócrifos. Estos son los libros que la Biblia católica incluye y la Biblia protestante no. La redacción de ellos está fechada entre el siglo IV a. C., y el siglo I d. C. Como colección, aparecieron por primera vez en la Septuaginta (LXX), que es la traducción del AT hebreo al griego. Esta colección incluye libros como Tobías, Eclesiástico, y 1-2 Macabeos. ¿Qué hacemos con estos textos?

Contestaré esta pregunta en dos puntos: En primer lugar, analizaremos por qué los libros apócrifos no son parte del canon protestante; en segundo lugar, hablaremos del valor que tienen para el lector cristiano.

Por qué los libros apócrifos no son parte del canon

La evidencia histórica indica que los libros apócrifos se conocían dentro del mundo judío en el primer siglo, pero no fueron reconocidos como Escritura. Por ejemplo, Filón (15 a. C.- 45 d. C.) citaba del Pentateuco con regularidad y poco el resto del AT, pero nunca de los libros apócrifos.

Por su parte, el historiador judío Josefo (37-100 d.C.) hizo referencia al registro histórico de estos textos, pero los colocó a un nivel inferior que los libros bíblicos. Posteriormente, la literatura rabínica tampoco reconocía los libros apócrifos como Escritura. Parece que el canon de los judíos se limitaba a los textos hebreos, que son los mismos que los 39 libros que componen nuestro AT.

Jesús afirmó la autoridad de la ley de Moisés, los Profetas, y los Escritos, pero no de los libros apócrifos

El canon judío excluye los libros apócrifos porque, según su criterio, Dios dejó de dar revelación a partir del siglo IV a. C. Incluso los autores de los libros apócrifos manifestaron que Dios no daba más revelación en sus días (véase 1 Macabeos en el capítulo 4 v. 46, y el capítulo 9 v. 27), y no se atribuyeron la misma autoridad profética que los autores de las Escrituras hebreas.

Por su parte, el canon del Nuevo Testamento (NT) guarda silencio sobre los libros apócrifos. Los autores del NT citaron el AT unas 300 veces en sus escritos. Hacían uso de expresiones como: “escrito está” o “como dice la Escritura”. Esto apelaba a la inspiración divina del AT. Sin embargo, estos mismos autores nunca citan así los libros apócrifos. Además, Jesús afirmó la autoridad de la ley de Moisés, los Profetas, y los Escritos, pero no de los libros apócrifos (Lc. 24:44-45). Esto nos lleva a concluir que ni Jesús ni los autores apostólicos los consideraban inspirados.

En la historia de la iglesia, los libros apócrifos tuvieron una recepción debatida. Fueron citados y parafraseados en escritos cristianos en los primeros siglos, y también usados en liturgias. No obstante, tampoco gozaron de aceptación consensuada, siendo excluidos en las listas de libros del AT de varios teólogos.

En el siglo V después de Cristo, existían dos posturas relativamente claras sobre ellos: por un lado, Agustín consideraba que se debían incluir en el canon; por otro lado, su contemporáneo Jerónimo decía que no. Estas posturas perduraron en la Iglesia durante siglos hasta la Reforma Protestante.

En el siglo XVI, los reformados cuestionaron la autoridad de los libros apócrifos porque fueron usados como base para doctrinas espurias como el purgatorio (2 Macabeos cap.12 v.40 al 45) y la limosna como obra que amerita el perdón de los pecados (Tobías cap. 4 v.7 al 11).

Los libros apócrifos son una fuente para entender el contexto social, religioso, e incluso lingüístico del mundo judío del primer siglo

Martín Lutero argumentó, como hizo Jerónimo siglos antes, que los libros apócrifos pueden ser útiles para el creyente pero no están al mismo nivel que las Escrituras. Por lo tanto, no deben usarse como base para la doctrina cristiana.

En cambio, el Concilio de Trento (1546 d. C.), un concilio de la Iglesia Católica de Roma, declaró que sí son Escritura y pronunció un anatema sobre aquellos que no los aceptaran. Esto marcó la división sobre el canon.

¿Los libros apócrifos tienen valor para nosotros?

Ahora, ¿qué valor tienen los libros apócrifos? Estos libros no tienen aceptación en la mayoría de círculos evangélicos, pero Lutero, Calvino, y otros reformadores afirmaron que la lectura de ellos puede tener alguna utilidad aunque no son libros inspirados. A pesar de sus serias deficiencias, ellos hacen aportes de dos formas.

En primer lugar, son una fuente para entender el contexto social, religioso, e incluso lingüístico del mundo judío del primer siglo. Esto nos ayuda a interpretar mejor el Nuevo Testamento en casos específicos. Un ejemplo es la información histórica que nos facilita 1 Macabeos: habla de las expectativas políticas del pueblo en cuanto al Mesías, y sobre la importancia del templo. Además, como fue escrito en griego koiné nos provee ejemplos del uso de vocabulario que también se halla en el NT.

En segundo lugar, a veces aportan destellos de reflexión teológica acorde con el AT, aunque no son fiables como regla para nuestra fe. Un ejemplo es Eclesiástico 2: este capítulo recuerda al lector de un salmo bíblico. En su autobiografía, John Bunyan explica que encontró consuelo en el capítulo 2 de Eclesiástico, a pesar de no ser canónico, porque resume bien las auténticas promesas de Dios. El texto dice: “Fíjense en lo que sucedió en otros tiempos: nadie que confiara en el Señor se vio decepcionado” (v.2).

Conclusión

No incluimos los libros apócrifos en nuestras Biblias porque ni los judíos ni los autores apostólicos los consideraban canónicos, y porque contienen errores doctrinales evidentes. Sin embargo, no debemos censurarlos y ponerlos en una lista de libros prohibidos. Podemos leerlos con provecho histórico y, en casos muy específicos, teológico; pero siempre con un ojo crítico informado por los libros inspirados por Dios.

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