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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de El Catecismo de la Nueva Ciudad: La verdad de Dios para nuestras mentes y nuestros corazones (Poiema Publicaciones, 2018), editado por Collin Hansen. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

¿Qué exige Dios en el noveno y el décimo mandamiento?

En el noveno, que no mintamos ni engañemos, sino que hable­mos la verdad en amor. En el décimo, que estemos contentos y no envidiemos a nadie ni nos ofendamos por lo que Dios les ha dado, o por lo que nos ha dado a nosotros.

Santiago 2:8: “Hacen muy bien si de veras cumplen la ley suprema de la Escritura: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’” (NVI).

La lengua es un mal irrefrenable. Santiago 3 nos dice que incen­dia a toda la persona. Así que el noveno mandamiento tiene el propósito de refrenar la lengua. Tiene la intención de refrenar la lengua con la verdad, enseñándonos a desechar la falsedad y la mentira. En nuestra cultura, acusar a alguien de haber dicho una mentira es un gran insulto, así que muchas personas dudan de siquiera utilizar ese término. Creo que esta duda re­vela la tendencia de nuestros corazones caídos a rehuirle a este mandamiento—a la vez que muestra su necesidad del mismo.

¿Qué significa que pensemos que el mandamiento “no des falso testimonio” o la palabra mentira sean una descor­tesía? Probablemente indica que de alguna manera ya esta­mos ocultando la verdad. Ya estamos quedándonos cortos de lo que es completamente bueno, justo y verdadero. Y el noveno mandamiento nos condena por ello. Señala nuestra condición caída cuando se trata del uso de nuestra lengua y de la destrucción que esa lengua representa.

Y, de la misma forma, el décimo mandamiento: “No co­dicies”. Si puedes imaginar al corazón teniendo manos, la codicia sería como si él estuviera tratando de agarrar todo lo que desea, tomando cosas que no le pertenecen. Pero lo notable y hermoso de este mandamiento—de hecho, de toda la Escritura—es que a pesar de que el mandamiento hace referencia a algo interno (el deseo interno del corazón), tam­bién señala las implicaciones sociales de ese deseo interno. Así que se nos dice: “No codicies la casa de tu prójimo”. Ni su esposa, ni su ganado, ni nada que le pertenezca.

Cuando codiciamos, lo que realmente estamos diciendo es que Dios no ha hecho una buena distribución en Su creación porque no nos ha dado lo que deseamos.

El décimo mandamiento nos establece una especie de barrera que nos protege contra las formas en que la codicia tiende a cruzar los límites. Somos tentados a cruzar el límite de los deseos, anhelando cosas que no nos pertenecen. Cru­zamos la línea de la propiedad, tomando cosas que le perte­necen a otra persona (el ganado de tu prójimo, la esposa de tu prójimo). Así que, en términos sociales, nuestra codicia hiere a nuestro prójimo. Y hay otra línea que solemos cruzar. Cuando codiciamos, lo que realmente estamos diciendo es que Dios no ha hecho una buena distribución en Su creación porque no nos ha dado lo que deseamos. Así que el corazón, en su condición caída y pecaminosa, desea cosas que no le pertenecen y busca cosas que le pertenecen a otro—al próji­mo o a Dios.

Estos mandamientos nos hablan y nos llaman a decir la verdad. Y no solo a decir la verdad, sino a decir esa ver­dad en amor. Nos llaman a limitar, a refrenar y a reconducir nuestros deseos hasta que anhelemos aquello que es bueno y correcto. Nos llaman a cosas que Dios nos ha dado legíti­mamente para que las disfrutemos, y a estar contentos con la forma en que Dios ha distribuido Sus bendiciones y gobierna Su creación. Nos llaman a no salirnos de ese contentamiento tomando aquello que no nos pertenece, pues cuando lo hace­mos, estamos destruyendo la sociedad, la cultura y a nuestro prójimo. Esto es verdad aun cuando esa codicia solo sucede en nuestro corazón.

Oración. Señor de toda verdad, ayúdanos a reflejar Tu bondad con nuestras palabras y con nuestras obras. Tú conoces todas las cosas. Nada te es oculto. Tú das buenas dádivas y no le niegas nada bueno a Tus hijos. Permite que Tu verdad esté en nuestros labios y que haya contentamiento en nuestros corazones. Amén.


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