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La verdad es algo difícil de definir, especialmente en una época en la que ha sido convertida en uno de esos libros de “elige tu propia aventura”. ¿Los recuerdas? Eran la cosa más tonta. Es como si los escritores no pudieran decidir cómo finalizar la historia y entonces escriben cinco finales mediocres, uno de los cuales es feliz y los cuatro restantes terminan después de dos páginas con una muerte espantosa. Totalmente insatisfactorio, incluso si te las ingenias para evitar caer por un acantilado o ser comido por un tiburón. De manera similar, eso es lo que sucede cuando escogemos nuestra propia verdad: un final terrible.

No nos corresponde definir la verdad o seleccionarla. En lugar de eso, debemos reconocerla y adherirnos a ella. La verdad es lo que es real y lo que es, pero es más que eso… mucho más. Si todo lo que hiciéramos fuera mirar alrededor y determinar la verdad por lo que vemos, terminaremos exactamente dónde estamos, en una sociedad donde la verdad cambia, se transforma, y pierde credibilidad y valor de cada día. En su lugar, debemos reconocer que la verdad expresa la realidad tal como debe ser. Es un estándar de la realidad, no es solo un reflejo de lo que actualmente existe y sucede.

¿Quién determina este estandar? Ni tu ni yo, ni académicos, ni sacerdotes, ni políticos, ni papas. Emana de Dios y es expresada por Él en su palabra. O, mejor dicho, su Palabra. Porque “el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. Porque Jesús es el Verbo de Dios. Él es la “imagen del Dios invisible”. Jesús es la Palabra de Dios encarnada.

Así que Dios Padre envió a Dios el Hijo, el Verbo, a vivir entre los hombres como la verdad encarnada. Pero espera, hay más. (Como regla general, siempre hay más cuando se trata de Dios. El infinito es así). El Hijo no permaneció en la tierra, Él ascendió a su trono y se prepara para su regreso como legítimo rey. Pero mientras tanto, hizo algo notable. Él nos dio su Espíritu, el Espíritu Santo, Espíritu de la Verdad. Este Espíritu es el revelador de la verdad, el maestro de la verdad, y el infusor de la verdad a corazones sin verdad.

Una vez más, hay más, porque Dios no envió a su Espíritu con un mensaje sin cuerpo. Él nos dio su Palabra escrita, la Biblia. Son a estas palabras, a esta revelación del carácter de Dios, su creación, su plan, y su obra a la que el Espíritu da vida. No es una descripción y explicación exhaustiva de Dios, porque eso sería imposible (de nuevo, infinito). Pero es lo esencial; la Escritura avivada por el Espíritu es precisamente lo que necesitamos para conocer la verdad.

La verdad es Trinitaria. Refleja algunos de los aspectos del carácter de Dios, las personas —las tres—, su plan, su obra o su creación como Él quería que fuera y algún día hará de nuevo. Cualquier cosa que contradiga esto es falso, es una mentira. Vemos muchas mentiras a nuestro alrededor. Gran parte de la vida no es verdad.

Pero toda verdad es verdad de Dios.


Publicado originalmente en The Blazing Center. Traducido por Alicia Ferreira.
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