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No temas, porque Yo estoy contigo; No te desalientes, porque Yo soy tu Dios. Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, sí, te sostendré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10).

En 1964 mi abuelo compartió este verso con mi padre cuando este se disponía a irse a la universidad. A lo largo de mis años de crecimiento, mi padre lo compartió conmigo a menudo: cuando empecé en una nueva secundaria, cuando me fui a un viaje de misiones, y también cuando me fui a la universidad.

Recientemente ayude a mi hija a memorizar esta promesa legada. Isaías 41:10 tiene un significado especial para mí, debido a la forma en que ha bendecido a mi familia desde hace décadas. Dirijo mi vista a este pasaje, me aferro a él, me siento alentado por él. Pero no lo reclamo.

Reclamar algo es tomar derechos de dueño sobre eso, es decir “es mío”. Cuando reclamamos una propiedad, ganamos ciertos derechos y privilegios. A los litigantes se les otorgan reclamaciones o se les niegan, reclamaciones de valor monetario. Las promesas no funcionan de esa manera.

A menudo la gente “reclama” una promesa cuando la vida es dura o tienen miedo. Incluso podrían reclamar una promesa para otra persona, un hijo que se ha alejado del Señor, tal vez. Sin embargo, cuando la gente hace esto, están tomando la Palabra de Dios y tratando de “apropiarse” de ella como si fuera un talismán o un mantra. Están tratando una expresión inspirada por Dios como si fuera una bala de plata o una manta de seguridad, una solución rápida o algo de consuelo que llevan con ellos. Algunos predicadores incluso expresan estas ideas desde el púlpito.

Esto, sin embargo, pierde de vista la naturaleza de la promesa. Una promesa no es una cosa; es una expresión de algo más grande. Cuando Dios pronunció promesas en la Escritura no nos estaba dando un buffet de mantitas, curitas, y balas de plata. Él nos estaba mostrando su carácter. Una promesa nos dice un poquito acerca de quién es Dios y lo que hará. Está anclada en su santidad, su bondad, su poder, y su soberanía. Está basada en su omnipotencia y omnisciencia. Y se cumplirá en una forma que solo Dios conoce y ordena.

Cuando reclamamos una promesa estamos tratando de tomar el control de la misma. Venimos a la misma con una noción preconcebida de cómo se debe de cumplir. Pero cuando nos damos cuenta que una promesa no es una cosa para que nosotros tengamos y usemos, solo entonces nos percatamos de que es más grande y mejor de lo que imaginamos. Puede que no se cumpla como lo imaginamos, pero se cumplirá. Sabemos esto porque proviene de Dios.

Cuando recuerdo Isaías 41:10 estoy recordando cosas grandes acerca de Dios, demasiado grandes para que yo las reclame como mi propiedad. Demasiado grandes para que yo las entienda por completo y definitivamente demasiado grandes para yo dictarlas o aplicarlas a mi propia vida. Sin embargo, estas cosas son tan grandes que puedo descansar sobre ellas y encontrar paz. Es una promesa de la boca de Dios, y Él me ha reclamado como suyo. Es por eso que la creo.


Publicado originalmente en The Blazzing Center. Traducido por Adielene Perez
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