¿Cómo puede el evangelio derrumbar al ídolo del perfeccionismo?

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro Esto lo cambia todo (Poiema Publicaciones, 2019), por Jaquelle Crowe. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

La historia del evangelio es una historia impresionante, brillante, escalofriante, gloriosa, y casi demasiado buena para ser verdad. Casi. En todo el sentido de la palabra, esta historia es lo más verdadero que escucharán tus oídos y que verán tus ojos.

Estas noticias no producen un cambio superficial en tu vida, un mero asentimiento externo, o un “me gusta” en Facebook. Esto debe transformar todo en tu vida —tu forma de hablar, de vestir, de pensar, de relacionarte con la cultura y con los demás; lo que publicas en redes sociales, lo que lees, lo que te divierte, y lo que miras.

El evangelio transforma tu forma de ver el mundo y de verte a ti mismo. Nada puede ser igual después de que lo crees. ¿Por qué?

Primero, porque el evangelio nos muestra que el pecado es muy malo, pero también que la gracia de Dios es mayor. Por causa del pecado, todos los seres humanos nacemos imperfectos. Somos rebeldes quebrantados y depravados (Ro. 3: 9-12). Suena duro, pero es verdad. Nadie nace amando a Dios. En lugar de eso, nuestra inclinación natural es a odiarlo. La terrible noticia es que el pecado es real y que nosotros somos pecadores. El castigo por nuestro pecado es la muerte (Ro. 6:23). Nos rebelamos contra un Dios infinitamente bueno, así que cargamos con las consecuencias de Su ira justa (Ro. 1:18; Col. 3:6).

Jimmy Needham lo ilustra de forma chocante. Él dice que te imagines a ti mismo atado a unos rieles mientras el enorme tren de la ira de Dios está a punto de chocar contra ti. Estás atrapado. No puedes escapar. Pero el asunto es este: tú mismo te ataste a las vías del tren. De igual manera, recuerdo los videos de Yo Soy Segundo. Estos videos son testimonios sobre la obra del evangelio en la vida de individuos de alto perfil. Todos parecen tener dos cosas en común: cada uno de ellos entiende que (1) son pecadores y que (2) antes de Jesús no tenían ninguna esperanza. No puedes abrazar la salvación ni la historia del evangelio hasta que veas el pecado por lo que realmente es.

El camino destructivo del perfeccionismo es contrario al evangelio. En la historia de Dios, yo no soy digna. Ahí es donde inicia el evangelio.

Nosotros éramos malos y estábamos perdidos (Lc. 19:10), y el peso de nuestro pecado nos aplastaba. Pero cuando ves el horror de tu propio pecado eres liberado para ver la luz de la gracia; como cuando quitas unas cortinas gruesas para ver el día soleado que está detrás. ¿Qué es la gracia? Gracia es obtener lo que no somos dignos de recibir, es favor inmerecido. John MacArthur dice que es aún más que eso. Dice que la gracia “no es meramente favor inmerecido; es favor otorgado a pecadores que merecen ira… La gracia es la iniciativa soberana de Dios hacia los pecadores (Ef 1: 5-6)”. La gracia es Jesús salvándonos.

“Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante Su pobreza ustedes llegaran a ser ricos”, 2 Corintios 8:9.

Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que los únicos que pueden entender la gracia son los que saben que son pecadores. He luchado toda mi vida con el perfeccionismo. Los perfeccionistas tienen problemas con la gracia. Y es porque pensamos que estamos por encima de ella. Nos engañamos a nosotros mismos pensando que merecemos el éxito. Pero los “fracasados”, aquellas personas que son muy conscientes de que han arruinado las cosas, ellos son los afortunados que son lo suficientemente humildes como para reconocer la gracia por lo que es: completamente inmerecida.

Dios constantemente tiene que matar el perfeccionismo que está en mí para que mis ojos sean abiertos a la brillante y liberadora verdad de la gracia. Esto sucede una y otra vez. Me cargo a mí misma con expectativas altas (en la escuela, al cocinar, en el trabajo, al escribir) y luego, cuando no logro alcanzarlas, me castigo a mí misma. Y luego alimento mi ego lastimado convenciéndome de que si tan solo lo hago mejor y soy mejor, seré digna.

Pero el camino destructivo del perfeccionismo es contrario al evangelio. En la historia de Dios, yo no soy digna. Ahí es donde inicia el evangelio. Yo soy la fracasada, la arruinada, la imperfecta, pero aun así Dios me salvó. Me salvó no porque yo fuera digna sino porque Él es digno. Y esta es la verdad que me libera de las ataduras del perfeccionismo motivado por las obras, para entonces poder disfrutar de la libertad de vivir en gratitud humilde hacia el Dador de la gracia (Ti. 3:4-8). El evangelio es el lugar donde muere el perfeccionismo.

Segundo, el evangelio cambia nuestras vidas al enseñarnos que nuestros corazones tienen un solo Señor. Así que los cristianos no solo son seguidores de Jesús; también son adoradores de Jesús. Dios es digno de recibir cada onza de nuestra pasión, servicio, y devoción.

Nuestros corazones siempre encontrarán algo que adorar, y eso determinará nuestra manera de vivir.

Pero no siempre hemos sabido eso, pues lo normal siempre fue adorarnos a nosotros mismos. Todos nacemos con pequeños tronos en nuestros corazones, y esos tronos jamás están desocupados. Estábamos convencidos de que existíamos para ser reyes (o reinas) felices, satisfechos y famosos. Pero el evangelio trae una revuelta explosiva contra nuestro reinado, derrocándonos para que sea el Rey Jesús, nuestro nuevo Amo (Ro. 10:9), quien ocupe el trono.

Eso exige un cambio. Debemos hacer un giro de 180 grados, dejando de hacer las cosas que una vez hicimos para satisfacernos a nosotros mismos y empezando a vivir de una manera que agrade a Dios. Aunque afecte nuestra reputación. Aunque destruya nuestra popularidad. Aunque las personas dejen de ser nuestros amigos. Aunque se burlen de nosotros. Aunque nos cueste. Especialmente si nos cuesta.

Esta es la verdad inevitable: nuestros corazones siempre encontrarán algo que adorar, y eso determinará nuestra manera de vivir. Vivimos por aquello que es nuestra gloria, por aquello que adoramos. ¿Para qué estás viviendo?

El evangelio nos enseña que no somos dignos de adoración. Por más bonito que pudiera sonar, nosotros no somos Dios. Antes de que Dios nos salvará estábamos desamparados y éramos totalmente incapaces de salvarnos a nosotros mismos. Pero ese no era el caso de Jesús. Jesús fue el humano perfecto, Dios encarnado, sin pecado. Él merece ser nuestro Amo y Señor. Él es Aquel que lo merece todo. Si Jesús es digno, Él debe convertirse en el objeto de nuestra adoración. Ahora tenemos la responsabilidad de ser adoradores que actúen de forma que Él reciba la gloria, que hagan cosas que proclamen su nombre, que hablen de su justicia, y que vivan como letreros de neón que apunten directamente a Él.


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Imagen: Lightstock.
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