Predicó un Dios grande con un corazón quebrantado: Carlos Spurgeon

Cada quién enfrenta la adversidad y debe encontrar formas de perseverar a través de los momentos opresivos de la vida. Todos deben levantarse y caminar a través de las rutinas de preparar el desayuno y lavar la ropa e ir a trabajar y pagar las cuentas y discipular a los niños. En general, debemos continuar con la vida cuando nuestros corazones se quebrantan.

Spurgeon conocía todo el rango de adversidades que sufren la mayoría de los predicadores… y mucho más.

Pero es diferente con los pastores. No totalmente diferente, pero diferente. El corazón es el instrumento de nuestra vocación. Carlos Spurgeon dijo: “Nuestra labor es más que mero trabajo mental. Es trabajo de corazón, el trabajo de nuestra alma más íntima” (Discursos a mis estudiantes, p. 156). Por lo tanto, cuando el corazón de un pastor se está quebrantando, debe trabajar con un instrumento roto. La pregunta se convierte, entonces, no solo en cómo continúas viviendo cuando el matrimonio anda mal, o cuando las finanzas no alcanzan, o cuando los asientos de la iglesia están vacíos y los amigos te abandonan, sino en: ¿cómo seguir predicando?

Doy gracias a Dios por la historia de sanación por medio del poder de Dios en la vida de sus santos, y en particular, por la vida y el ministerio de Carlos Spurgeon, quien durante treinta y ocho años, primero en la Capilla de New Park Street, y luego en el Tabernáculo Metropolitano en Londres, modeló cómo predicar a través de la adversidad. Y para aquellos que tienen ojos para ver, las lecciones no son solo para pastores, sino para todos nosotros.

Predicador incansable

Spurgeon fue llamado a la edad de diecisiete años para ser el pastor de una iglesia congregacional en Waterbeach, Inglaterra. Menos de dos años después, a la edad de diecinueve años, se presentó en la capilla de New Park Street, Londres. Comenzó su ministerio allí el próximo año (1854). La iglesia cambió su nombre a Tabernáculo Metropolitano cuando se construyó un nuevo edificio. Spurgeon sería el pastor de esta congregación durante 38 años hasta su muerte en 1892.

La predicación fue la parte más famosa y efectiva de la vida de Spurgeon. Predicó más de seiscientas veces antes de cumplir veinte. Después de que se abriera el nuevo edificio, había seis mil personas escuchándolo en el día del Señor. Una vez predicó en el interior de un escenario cerrado a la multitud más grande de su vida: 23,654 personas, y lo hizo sin amplificación electrónica. Sus sermones eventualmente venderían aproximadamente 25,000 copias por semana, y serían traducidos a veinte idiomas.

Cuando llegó a la Capilla New Park Street, había 232 miembros. Treinta y ocho años después había 5,311, con un total de 14,460 (un promedio de 380 nuevos miembros por año). Todo esto sucedió a pesar de que no tenía educación teológica formal. Era autodidacta y leía con voracidad: alrededor de seis libros por semana, con una memoria fenomenal. En su muerte, su biblioteca consistía de aproximadamente 12,000 volúmenes. Para asegurar el legado de la predicación a otras iglesias y épocas, fundó un Colegio de Pastores, donde entrenó a casi 900 hombres en su vida.

En adición a los seis libros sustanciales que leía semanalmente, produjo más de 140 libros él mismo, por ejemplo El tesoro de David, el cual tardó 20 años en hacer, Por la mañana y tarde, y Las pláticas de Juan Ploughman.

Pero el siempre presente Señor Jesús no perdonó a su amigo y servidor las “muchas tribulaciones” que Pablo prometió a todos los que entrarían al reino de los cielos (Hch. 14:22). Su vida fue dura y, según el estándar de su amigo George Müller, corta. Se presentó ante su gente por última vez el 7 de junio de 1891, y murió el 31 de enero siguiente a causa de una combinación dolorosa de reumatismo, gota, y la enfermedad de Bright. Tenía 57 años.

El sufrimiento de Spurgeon

Spurgeon conocía toda la gama de adversidades que sufren la mayoría de los predicadores, y mucho más.

Spurgeon conocía la variedad común de frustración y decepción causada por miembros tibios. Sintió las extraordinarias calamidades que nos sobrevienen una vez en la vida. Estaba familiarizado con la adversidad del dolor. Se enfrentó a un sufrimiento físico increíble. Tuvo que soportar toda una vida de burlas públicas y calumnias, algunas del tipo más cruel. Y finalmente, Spurgeon tuvo batallas recurrentes con la depresión.

Esta adversidad final fue el resultado de las otras. No es fácil imaginar al omnicompetente, elocuente, brillante, y muy enérgico Spurgeon llorando como un bebé sin ninguna razón en particular. En 1858, a los veinticuatro años, sucedió por primera vez. Dijo: “Mi espíritu estaba tan decaído que podía llorar a toda hora como un niño, y sin embargo no sabía por qué lloraba” (“La angustia y agonías de Carlos Spurgeon”, p. 24). Él agregó:

“Contra un abatimiento sin motivo no puede razonarse, ni el arpa de David podría deshacerse de él por hermoso que tocara. Esto mismo sucede cuando se lucha contra lo vago, contra lo indefinido que entristece y oprime el corazón… El cerrojo de hierro que tan misteriosamente asegura la puerta de la esperanza y mantiene a nuestros espíritus en una triste prisión necesita una mano celestial para quitarlo” (Discursos a mis estudiantes, p. 163).

Él vio su depresión como su “peor característica”. “El desánimo”, dijo, “no es una virtud; creo que es un vicio. Estoy profundamente avergonzado de mí mismo por caer en ello, pero estoy seguro de que no hay remedio para ello como una santa fe en Dios” (“Angustia y agonías de Carlos Spurgeon”, p. 24).

A pesar de todos estos sufrimientos y persecuciones, Spurgeon aguantó hasta el final, y fue capaz de predicar poderosamente hasta su último sermón en el Tabernáculo el 7 de junio de 1891. La pregunta que me he preguntado al leer la vida y el trabajo de este hombre es: ¿cómo perseveró y predicó a través de esta adversidad?

Predicando a través de la adversidad

Hubo innumerables estrategias de gracia en la vida de Carlos Spurgeon. Las que he elegido mencionar son limitadas, pero el alcance de las estrategias de este hombre y la sabiduría de su guerra fueron inmensas.

1. Someterse a un Dios soberano

Spurgeon vio su depresión como el diseño de Dios para el bien de su ministerio y la gloria de Cristo.

Lo que aparece una y otra vez en los escritos de Spurgeon es su creencia inquebrantable en la soberanía de Dios en todas sus aflicciones. Más que cualquier otra cosa, parece que esto le impidió ceder ante las adversidades de su vida. Escribe:

“Sería una experiencia muy aguda y penosa para mí pensar que tengo una aflicción que Dios no me envió, que la copa amarga nunca la llenó su mano, que mis pruebas nunca fueron medidas por Él, ni enviadas a mí bien escogidas en peso y cantidad” (“Angustia y agonías de Carlos Spurgeon”, p. 25).

Para Spurgeon, esta opinión de Dios no era un argumento a debatir; era un medio de supervivencia. Nuestras aflicciones son el régimen de salud de un médico infinitamente sabio. Aunque Spurgeon temía el sufrimiento y prefería evitarlo, dijo:

“Me temo que toda la gracia que he obtenido en mis tiempos cómodos y fáciles, y en mis horas felices, es mínima. Pero el bien que he recibido en mis sufrimientos, dolores, y penas es totalmente incalculable… La aflicción es el mejor mueble de mi casa. Es el mejor libro en la biblioteca de un ministro” (“Angustia y agonías de Carlos Spurgeon”, p. 25).

Diría con Spurgeon que en las horas más oscuras, es la bondad soberana de Dios lo que me ha dado la fuerza para seguir. La férrea promesa de que Él gobierna sobre mis circunstancias y las usa para bien, sin importar lo que alguien más quiera.

Diría con Spurgeon que en las horas más oscuras, es la bondad soberana de Dios lo que me ha dado la fuerza para seguir.

2. Respirar un aire diferente

Spurgeon complementó su estrategia de supervivencia teológica con los medios naturales de supervivencia de Dios: el uso del descanso, y la naturaleza.

Spurgeon habló mucho sobre gastarnos y desgastarnos, sin embargo también nos aconseja descansar y tomar un día libre y abrirnos a los poderes curativos que Dios ha puesto en el mundo de la naturaleza.

“El día de reposo es nuestro día de trabajo”, dijo, “y si no descansamos otro día, nos vamos a colapsar” (Discursos a mis estudiantes, p. 160). Eric Hayden nos recuerda que Spurgeon “guardaba el día miércoles, cuando era posible, como su día de descanso” (Hechos destacados en la vida de C. H. Spurgeon, p. 161). Incluso Spurgeon le dijo a sus estudiantes:

“La sabiduría nos aconseja que de tiempo en tiempo nos permitamos algunos días de descanso. A la larga, haremos más haciendo a veces menos. Un trabajo incesante, sin recreación ninguna, puede ser propio de espíritus emancipados de este “pesado barro”, pero mientras habitamos en este tabernáculo nos es preciso hacer alto en ocasiones y servir al Señor en una santa inacción y piadosa tranquilidad. Que ninguna conciencia escrupulosa ponga en duda la legitimidad de dejar por temporadas la carga que se lleva” (Discursos a mis estudiantes, p. 161).

Mi experiencia en el ministerio pastoral me permite testificar que el tiempo libre es crucial para respirar un aire espiritual diferente. Cuando nos tomamos un tiempo libre de la presión del trabajo, Spurgeon recomienda que respiremos el aire del campo y dejemos que la belleza de la naturaleza haga su trabajo. Él confiesa que “los hábitos sedentarios tienden a crear desaliento… especialmente en los meses de niebla”. Luego aconseja: “Absorber un poco de brisa del mar, o un rato de ejercicio al aire libre, puede que no regocije al espíritu, pero sí podría dar oxígeno al cuerpo, lo cual es bueno” (Discursos a mis estudiantes, p. 160).

3. Comunión con Cristo

Spurgeon alimentó constantemente su alma mediante la comunión con Cristo a través de la oración y la meditación. Fue una gran misericordia para mí cuando al estar asediado en un punto de mi ministerio, descubrí el libro Comunión con Dios de John Owen. Este me alimentó una y otra vez cuando mi alma preguntaba: “¿Puede Dios darme de comer en el desierto?”.

Spurgeon advirtió a sus estudiantes:

“Nunca descuides tus comidas espirituales, o carecerás de energía y tus fuerzas se hundirán. Vive de las sustanciales doctrinas de la gracia, y vivirás y trabajarás más que los que se deleitan en la masa y postre del ‘pensamiento moderno’” (Discursos a mis estudiantes, p. 310).

Pienso que una de las razones por las cuales Spurgeon fue tan rico en lenguaje y lleno de sustancia doctrinal y fuerza en el Espíritu, a pesar de su desaliento y opresión física y acosos, es que siempre estuvo inmerso en un gran libro. La mayoría de nosotros no podemos igualar los seis libros que Spurgeon leía por semana, pero siempre podemos caminar con un gran conocedor de Dios. Con el paso de los años he aprendido que la clave de toda buena lectura teológica es luchar en la lectura por una tener comunión completamente real con Cristo. Spurgeon dijo:

“Sobre todo, alimenta la llama con una comunión íntima con Cristo. Ningún hombre que vivió con Jesús tuvo un corazón frío, tal como lo hicieron Juan y María en la antigüedad… Nunca he conocido a un predicador tibio que estuviera en cercana comunión con el Señor Jesús” (Discursos a mis estudiantes, p. 315).

En muchos sentidos, Spurgeon era un niño en su comunión con Dios. Él no habló en términos complejos sobre algo demasiado extraño o místico. Si vamos a predicar a través de la adversidad, tenemos que vivir en comunión íntima con Dios, hablando con Él sobre nuestras necesidades y nuestro dolor, y alimentándonos en la gracia de sus promesas y las revelaciones de su gloria.

Un triunfo seguro

Cerca del final de su vida, en el último discurso de su conferencia de pastores, dijo:

“¿Quién puede herirnos si seguimos a Jesús? ¿Cómo puede ser derrotada su causa? A su voluntad los creyentes acudirán todos hacia su verdad, siendo tan numerosos como la arena del mar… Por tanto, ¡sé valiente y sigue tu camino cantando [y predicando]!

Los vientos del infierno soplan,

El mundo su odio muestra,

Pero no puede ser derribada.

¡Aleluya por la cruz!

¡Nunca derrotada será!

El Señor de los ejércitos está con nosotros,

El Dios de Jacob es nuestro refugio” (Un ministerio ideal, p. 395-96).


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Wilmer Rodríguez.
Imagen: Lightstock.
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