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¿Qué dice la hora en la que decidiste levantarte hoy acerca de lo que crees sobre Dios y el mundo en el que vives? ¿Cómo refleja tu fe la manera en que decides (o no) vacunarte contra alguna enfermedad? ¿Cuáles son las convicciones detrás de tu uso diario de las redes sociales?

Algunas veces es obvio y otras no tanto, pero cada decisión que tomamos es influenciada por las cosas que creemos. La fe no es algo para los domingos o para cuando compartes el evangelio con tus compañeros de trabajo. Lo que crees afecta lo que haces. Nuestras convicciones sobre la realidad nunca se quedan en el mundo abstracto de las ideas, sino que tienen un impacto directo sobre la manera en que caminamos en el mundo. 

Entender esto debe despertarnos a la importancia de preguntarnos por qué creemos lo que creemos. Desafortunadamente, no es usual que alguien se detenga a evaluar cómo ha desarrollado sus convicciones. La mayoría de veces no cuestionamos lo que creemos y menos por qué lo creemos. Más bien, poco a poco asimilamos la información que nos rodea y construimos una visión del mundo con la que nos sentimos bastante cómodos y hasta seguros.

No dejes tu cerebro en la puerta

¿Cómo podemos empezar a pensar más profundamente sobre esto? Primero debemos entender que nuestras ideas acerca de la realidad no surgen de la nada. Aunque nos gusta creer (!) que somos inmunes a las influencias externas que nos dicen cómo debemos pensar o vivir, continuamente estamos siendo persuadidos para llegar a creer lo que creemos. Es cierto que esta persuasión puede ser producto de una evaluación cuidadosa y personal de la evidencia, pero con mayor frecuencia es fruto de nuestras experiencias, preferencias y —por supuesto— de escuchar las voces de las personas y la cultura que nos rodean. Si le preguntas a un cristiano promedio por qué cree que si no habla en lenguas no ha sido bautizado por Espíritu Santo o que está mal escuchar música secular, probablemente responderá algo como “porque la Biblia lo dice” cuando, más honestamente, debería responder “porque el pastor me lo dijo”.

A veces, si desafiamos un poco las creencias que tenemos (o si alguna tragedia nos obliga a reconsiderar lo que habíamos asumido como cierto) nos daremos cuenta de que existen ciertas brechas importantes —o incluso contradicciones— en nuestro pensamiento. Por ejemplo, cuando alguien afirma que no se pone la vacuna porque confía en Dios, pero usa todos los días el cinturón de seguridad, tiene servicio de alarma contratado en su casa o mira a ambos lados antes de cruzar la calle, podemos empezar a sospechar que su argumento antivacunas no es el más sólido. Incluso los mejores intencionados entre nosotros abrazamos razonamientos débiles hasta que alguna situación complicada nos obliga a cuestionarlos y a evaluar si lo que creemos se sostiene sobre una base sólida.

Muchos creyentes han llegado a pensar que la fidelidad al Señor implica dejar el cerebro en la puerta de la iglesia y simplemente afirmar todo lo que diga nuestro predicador favorito

No es en vano que Jesús indicó que el más grande mandamiento es amar a Dios no solo con todo el corazón y toda el alma, sino también con toda nuestra mente. Lo malo es que muchos creyentes han llegado a pensar que la fidelidad al Señor implica dejar el cerebro en la puerta de la iglesia y simplemente afirmar todo lo que diga nuestro predicador favorito. Muchos son “cuidadosos” con lo que leen, no porque quieran ser buenos administradores del limitado tiempo de lectura, sino porque consideran que leer es básicamente abrazar todas las palabras del autor (cristiano, por supuesto) del que están aprendiendo.

Aunque hacemos bien al escuchar y honrar a los pastores, líderes o expertos que Dios ha levantado (particularmente a aquellos en nuestra iglesia local), esto no significa que debemos abrazar ciegamente todo lo que sale de sus bocas. Escuchar y honrar no significa aceptar sin reflexionar. Después de todo, queremos ser como aquellos nobles de Berea, quienes “recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando diariamente las Escrituras, para ver si estas cosas eran así” (Hch 17:10-11). Con mayor frecuencia, sin embargo, nuestra disposición es aquella de la que advierte Pablo a Timoteo; a veces actuamos como los que “teniendo comezón de oídos, conforme a sus propios deseos, acumularán para sí maestros, y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a los mitos” (2Ti 4: 3-4).

Una buena manera de empezar a evaluar si estamos siendo como los de Berea o si solo queremos que nos “rasquen las orejas” es identificar la ruta a través de la cual estamos siendo persuadidos.

¿Qué te convence?

Los seres humanos, en general, somos persuadidos a través de dos rutas: la central y la periférica.1

La ruta de persuasión central ocurre cuando los oyentes se enfocan en los argumentos del mensajero, los analizan y los abrazan porque encuentran que son razonables. Por otro lado, la ruta de persuasión periférica ocurre cuando los oyentes son movidos por características secundarias, independientes de la solidez del mensaje: lo atractivo del orador, su nivel de autoridad o su dominio del escenario. Cuando somos persuadidos por la ruta periférica, lo que nos impresiona es el mensajero… eso nos lleva a aceptar el mensaje, aunque no hemos analizado realmente si este es digno de ser aceptado.

La ruta periférica, aunque no suele ser conveniente desde el punto de vista intelectual, es mucho más popular y fácil de tomar. Requiere poco esfuerzo de nuestra parte. Vemos a un mensajero con carisma, belleza, influencia, elocuencia o autoridad, y somos tentados a seguirlo sin más. Esto puede llevarnos a abrazar con pasión ideas que no corresponden a la realidad. Por supuesto, en muchas ocasiones tiene sentido abrazar las palabras de aquellas autoridades que han demostrado ser dignas de confianza; sería poco práctico querer evaluar cada detalle de cada evidencia sobre cada tema que existe en el mundo (y no necesitamos quemarnos cuando mamá dice “no metas la mano al fuego” solo para comprobar si tenía razón). Pero esto no significa necesariamente que estamos siendo persuadidos por la ruta periférica, ya que podemos evaluar con cuidado si la persona es digna de nuestra confianza y es verdaderamente entendida en el tema del cual nos quiere persuadir.

Ser persuadidos por la ruta central, por supuesto, no significa que jamás nos equivocaremos. Después de todo hay personas —bien y mal intencionadas— que tienen argumentos aparentemente contundentes, pero que están equivocadas. Sin embargo, conocer las rutas de persuasión es un buen lugar para empezar a discernir si estamos realmente buscando la verdad o si simplemente nos estamos dejando llevar por la elocuencia de un orador o por el temor de ir en contra de su autoridad.

Cuando escuches (o leas) algún mensaje que desea persuadirte, haz preguntas que iluminen tu disposición: ¿Estoy diciendo que sí a todo solo porque el autor es alguien que admiro? ¿Estoy diciendo que no a todo solo porque el predicador es alguien que me cae mal? ¿Cuál es la evidencia bíblica y empírica que soporta estos argumentos? ¿He escuchado con apertura la postura contraria? ¿Estoy dispuesto a decir “no sé” durante un tiempo, mientras estudio el asunto? 

El poder de la lengua

Ser carismático, utilizar ilustraciones memorables, saber modular la voz y conectar con una audiencia no tiene nada de malo. De hecho, puede ser algo muy bueno. Si estamos comunicando la verdad, nuestra responsabilidad es comunicarla de la manera más clara posible. Pero estas habilidades deben estar al servicio de la verdad. Santiago advierte “que no se hagan maestros muchos de ustedes” y que “la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo, se jacta de grandes cosas. ¡Pues qué gran bosque se incendia con tan pequeño fuego!” (Stg. 3: 1 y 5). Hacemos bien en escucharlo.

Si eres una persona que persuade a través de sus palabras (todos lo somos en algún momento), no hagas mal uso de los dones que Dios te ha otorgado y de la posición de influencia que te ha confiado. Es fácil que alguien con buena oratoria haga parecer que sus palabras tienen peso cuando no ha hecho el trabajo duro de buscar la verdad.

Si eres alguien que está siendo persuadido a través de las palabras (todos lo somos en algún momento), no dejes que la elocuencia te distraiga de tu responsabilidad de escudriñar si las cosas realmente son como te están diciendo que son.

No dejes que la elocuencia del orador te distraiga de tu responsabilidad de escudriñar si las cosas realmente son como te están diciendo que son

Quizás la hora en la que decidiste despertar hoy demuestra que crees que la pereza no es un pecado tan grave “porque todo el mundo lo hace”. Puede que tu renuencia a vacunarte no esté basada en tu confianza en Dios sino en un video viral. Tal vez el hecho de que pasaste 6 horas en el teléfono ayer indica que has comprado el cuento de que tu “ministerio digital” es más importante que las personas a quienes puedes servir en la vida real.

Que la próxima vez que seamos retados a cuestionar por qué tomamos alguna decisión de la vida cotidiana, estemos más preocupados por encontrar la verdad que por tener la razón.

 


Psychology, David Myers, pp. 1599-1600.

Nota del editor: 

Este artículo fue publicado gracias al apoyo de una beca de la Fundación John Templeton. Las opiniones expresadas en esta publicación son de los autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de la Fundación John Templeton.

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