Poder para vivir como Dios manda | Reflexión

Daniel 3-5 y 2 Pedro 1-2

“Sadrac, Mesac y Abed-Nego le respondieron a Nabucodonosor: ‘¡No nos hace falta que nos defendamos ante Su Majestad! Si nos arroja al horno en llamas, el Dios al que servimos puede librarnos del horno y de las manos de Su Majestad. Pero aun si nuestro Dios no lo hace así, sepa usted que no honraremos a sus dioses ni adoraremos a la estatua’” (Daniel 3:16-18 NVI).

Daniel y sus amigos estaban entre un extenso grupo de judíos deportados a Babilonia. Ellos habían sido seleccionados para servir en el palacio del rey. Los babilonios intentaron babilonizar por todos los medios a estos jóvenes judíos. Daniel y sus amigos tuvieron que luchar por mantener sus principios y sobre todo ser fieles a su Dios y su Palabra. En este caso, los tres amigos de Daniel habían sido condenados a muerte por no adorar una estatua de oro que Nabucodonosor había levantado para que sea adorada. El rey les estaba dando una oportunidad para que cambiaran de actitud, pero ellos se negaron y le dieron la respuesta que transcribimos en el texto del encabezado. ¿Te imaginas ser sometido a semejante presión? Ellos no tenían la seguridad de que Dios los libraría, pero estaban seguros de que lo darían todo con tal de mantener su fidelidad al Señor. Estaban dispuestos a ser fieles hasta la muerte y nada ni nadie los haría retroceder.

Nuestro sentido común y las reglas de este mundo no son suficientes para poder entender la obra de un Dios sorprendente, y la fidelidad de hombres y mujeres fieles que dependen del amor, la misericordia, y el poder de Dios. Decisiones como las que tomaron estos jóvenes convierten a personas ordinarias en extraordinarias. Esto significa que siguen siendo los mismos, pero con una doble porción de lo mejor que la humanidad redimida puede ofrecer. 

La verdad es que solo podremos conocer si sabemos sumar cuando sumemos, solo conoceremos si sabemos nadar cuando nos tiremos a la piscina, y solo sabremos si somos fieles al Señor cuando nos atrevemos a vivir lo que decimos creer. Creo sinceramente que el famoso Nabucodonosor igual se hubiera sorprendido de la fidelidad de estos jóvenes así ellos hubieran muerto martirizados o, como en este caso, liberados de las fauces de los leones. Lo que él dijo sirve como un reconocimiento de su fe para cualquiera de los dos casos: “Bendito sea el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego que ha enviado a su ángel y ha librado a sus siervos que, confiando en El, desobedecieron la orden del rey y entregaron sus cuerpos antes de servir y adorar a ningún otro dios excepto a su Dios” (Dn. 5:28).

Ahora, buscaremos algunas cualidades para tener la valentía de poder decirle a Dios en fidelidad según los hábitos para la vida que nos enseñó el apóstol Pedro, siendo ya un anciano victorioso de muchas batallas y poco antes de morir.

Dios ha dispuesto herramientas importantes para modelar y potenciar nuestras vidas.

Lo primero que debemos saber es que Dios ha dispuesto herramientas importantes para modelar y potenciar nuestras vidas. Pedro lo explica así: “Su divino poder, al darnos el conocimiento de aquel que nos llamó por su propia gloria y potencia, nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda” (2 Pe. 1:3 NVI). ¿Cómo podemos vivir “como Dios manda”? Aunque suene simple, el elemento básico es, en primer lugar, estar con vida. Mientras estamos vivos tenemos la oportunidad de hacer que nuestra vida sea como debe ser. 

Aunque sabemos que Dios nos ha “concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda”, solemos enfocarnos más en lo que nos debilita que en lo que nos fortalece. Hay demasiados obstáculos y tentaciones que nos hacen siempre acercar el codo al tintero mientras tratamos de escribir las páginas de nuestra vida. Por eso, el segundo elemento es el “conocimiento piadoso”. Digo “piadoso” porque no se trata solo de saber algo de “teología”, sino que este conocimiento de lo divino debe tener como propósito darle la gloria que Dios merece tanto con pensamientos, como con palabras y hechos. Por lo tanto, la suma de vida y conocimiento piadoso nos permite descubrir las cosas que nunca podríamos llegar a hacer, pero que ahora podemos realizar bajo el poder de Dios.

A veces entendemos la palabra “poder” desde la óptica del puño de Superman o las hazañas de los personajes de los Avengers. La palabra “poder” denota simplemente la capacidad de poder concretar lo anunciado. En una frase muy sencilla, Dios es capaz de hacer lo que dice que hará. Allí está su poder: Él cumple lo que promete. Y en Él, por lo tanto, encontramos la posibilidad de concretar la vida como Dios lo manda, porque lo que manda es capaz de concretarlo en nuestras vidas.

El poder de Dios tiene una línea evidente de manifestación a través de Jesucristo. Su mensaje bondadoso es singular y único. Nosotros lo llamamos Evangelio (buenas noticias), y no se trata de un mensaje meramente informativo. Se trata más bien de un anuncio grandioso, un llamado de Dios a creer en lo que dice de nosotros, pero aun más, de creer que es capaz de cumplir sus promesas. El apóstol Pedro lo explica así: “Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte de la naturaleza divina “ (2 Pe. 1:4 NVI). 

Podríamos decir que las promesas de Dios son superlativamente grandiosas y de valor inestimable, y tienen como fin que los hijos de Dios puedan participar de la naturaleza divina. Su poder dispensado personalmente nos ubica en una esfera en donde Él gobierna, sacándonos primero de la descomposición personal y de nuestro entorno, producto de nuestras propias inconsistencias interiores y errores pasados. Lo grandioso es que no quedamos en harapos, sino que somos revestidos de Jesucristo para vivir en la nueva vida del poder del Resucitado.

Ahora, en tercer lugar, el Señor nos invita a poner un ingrediente humano, ahora que estamos habilitados para alcanzar las metas bajo el poder de Dios. Pedro dice: “Precisamente por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor” (2 Pe. 1:5-7 NVI).

Nuestra motivación al conocer lo que Dios espera de nosotros y lo que nos ofrece es poder aplicarlo en nuestras vidas.

Una persona a la que el Señor ha abierto los ojos para ver la gracia de Dios y las increíbles posibilidades de Dios provistas en sus promesas, debe habilitarlas, en primer lugar, por medio de la fe. Como sabemos, la fe no es un intento humano por tratar de confiar en lo desconocido. Más bien, es la disposición provista por Dios para confiar en lo que Él ha establecido y es capaz de hacer. No hay fe sin mensaje divino. Podríamos traducir esta palabra como la “expectativa” espiritual en lo que Dios promete. Sobre la base de lo prometido y nuestra expectativa en confianza, entonces ahora realizaremos algunos ajustes espirituales en el poder de Dios que fortalecerán nuestra vida conforme a la naturaleza divina.

El apóstol Pedro lo menciona como una serie de eslabones que se ubican entre dos grandes pilares del cambio personal: la fe y el amor. Estos elemento son vitales para nuestro fruto personal, pero el secreto está en que ninguno de ellos puede andar por sí solo, así como la fe y el amor siempre van juntos. Pedro nos invita a que “nosotros también” pongamos la misma diligencia, efectividad, y disposición para llegar a la meta, así como Dios la puso en su deseo de darnos una oportunidad inmerecida y que no podríamos alcanzar por nosotros mismos. Debemos inyectar (añadir) lo siguiente… 

Virtud: Es el anhelo por la búsqueda de la excelencia. Es el coraje que se imprime en el deseo de que las cosas salgan conforme al plan original.

Hace unos años atrás, una mujer de color llamada Ruth Simmons fue elegida presidenta de una de las instituciones de educación más afamadas de los Estados Unidos. Ella es descendiente de esclavos. Sus padres trabajaron en siembras de algodón para luego vivir en Houston. ¿Cómo llegó a un lugar académico tan prominente con antecedentes tan humildes? Ella llevó el día de su designación la Biblia de la familia Simmons y dijo: “Yo reconozco los altos principios que mueven esta institución. Trataré de vivir sobre estos estándares, pero quiero que sepan que tengo un estándar más alto todavía. Cada día que esté aquí, procuraré ser la persona que mi madre esperaba que sea basada en las Escrituras”. Los estándares de excelencia están en la Palabra de Dios.

Entendimiento: Es la capacidad de comprender lo que Dios ha establecido, pero no solo de manera teórica, sino desde la prueba en la experiencia personal. Es la aplicación práctica producto de la claridad de las enseñanzas de Dios. Nuestra motivación al conocer lo que Dios espera de nosotros y lo que nos ofrece es poder aplicarlo en nuestras vidas. No basta la intención de ser bueno o el íntimo deseo de agradar a Dios. Es necesaria su clara orientación y dirección que nos lleve a actuar de manera correcta. ¿Cuánto tiempo pasas aprendiendo de Él? ¿Cuánto conoces de las Sagradas Escrituras? Dios no solo desea motivarnos o animarnos; Él quiere llevarnos a una acción entendida.

Dominio propio: Literalmente significa “sostener con mano fuerte”, manteniéndonos dentro de los cauces establecidos por Dios. Dicho sencillamente, el dominio propio es la intención personal de moderación y sobriedad. Dicho deportivamente, es nada más que ajustarnos a una vida disciplinada que nos lleve en una sola dirección y con un mismo propósito. ¿Hemos demostrado firmeza en nuestras decisiones, o todavía nos dejamos llevar por todos los vientos que soplan a nuestro alrededor? 

Constancia: Esta es una palabra activa que no implica resignación, sino permanencia, perseverancia, firmeza de carácter para resistir en la prosecución de los objetivos.

Ravi Zacharias, el famoso escritor cristiano, contó la siguiente historia personal en su libro ¿Puede el hombre vivir sin Dios?:

“En 1971 estaba predicando en Vietnam, mi intérprete era un joven vietnamita de 17 años llamado Hien. 17 años después, en 1988, una noche sonó mi teléfono en Canadá. Era Hien. Yo le pregunté: ‘¿Qué fue de tu vida en estos 17 años?’. Él me dijo que fue tomado prisionero en Vietnam, acusado de trabajar para la CIA. Ellos trataron de lavarle el cerebro dándole a estudiar los libros de Engels y Marx. Una mañana, después de largos meses de compartir frustraciones, él pensó para sí mismo lo siguiente: ‘Quizás Dios no exista. Quizás todo lo que oí de los misioneros no es verdad. No hablaré con Dios nunca más. No oraré nunca más. No pensaré en él jamás’.

Un día, él fue asignado por el comandante a limpiar las letrinas del campo de prisioneros; una tarea que, por supuesto, él detestaba. Mientras estaba recogiendo los papeles del baño reconoció que uno de los pedazos tenía palabras en inglés. El lo limpió y lo guardó para leerlo más tarde. Después de retornar a su cuarto, cuando todos se habían dormido, sacó el maltratado papel y leyó: ‘Y a los que aman a Dios…’ (Ro. 8:28). El leyó todo el capitulo y vio que nada lo podía separar del amor de Dios en Cristo. El oró: ‘Señor yo traté de escapar de ti, pero tu brazo de amor me ha atraído nuevamente a ti’. Al siguiente día, volvió a pedirle al comandante la limpieza de los baños. Cada día recogía y limpiaba una porción del Nuevo Testamento para leerlo en la noche, creando su propia vida devocional”.

Después de ser liberado de la prisión, Hien con otros 52 prisioneros construyeron un bote para escapar del país. Días antes, cuatro Viet Cong lo interrogaron: ¿Es cierto que quieren escapar? ‘No’, respondió temeroso y lo soltaron. Hien oró: ‘Aquí estoy otra vez Señor tratando de correr mi propia vida. Perdóname. Señor, si tú los envías de vuelta, les diré la verdad’. Horas antes de partir, los cuatro Viet Cong regresaron. Uno de ellos lo tomó con fuerza y lo empujó contra una pared preguntándole: ‘¿Estás tratando de escapar?’. Él respondió: ‘Si, junto con otros 52. ¿Me pondrás en prisión?’. El soldado le respondió: ‘No, nos iremos contigo’. La capacidad militar de los Viet Cong permitió que los 52 lleguen sin problemas a Tailandia. Hoy es un hombre de negocios que proclama por el mundo su fe en Jesucristo”.

En una situación similar, ¿qué materia prima hubiera salido de tu corazón? ¿Tendrías la suficiente fe, virtud, entendimiento, dominio propio, y paciencia para enfrentar tal situación y ver como el Señor cumple sus promesas y te hace vivir de acuerdo con la naturaleza divina? ¿Te das cuenta de cómo estos principios están unidos?

Devoción a Dios: Es la actitud final de glorificación a Dios. Es la conformación a los intereses de Dios; es ir en pos de Él manteniendo el fervor, sin perderlo en el trayecto. Es un reconocimiento práctico, sincero, y esmerado de nuestra dependencia del Señor. Es la confesión pública, el homenaje que hombres y mujeres le rinden a Dios al saberse receptores de sus favores y su compañía. Esta piedad tiene manifestaciones privadas y públicas. ¿Te estás tomando tu tiempo para glorificar a Dios? ¿Eres un adorador o un observador? Quizás lo que nos falta es fe, pero acompañada de virtud, entendimiento, dominio propio, y paciencia, que redundará en una vida que glorifique a Dios como Él se lo merece.

La devoción a Dios es un reconocimiento práctico, sincero, y esmerado de nuestra dependencia del Señor.

Afecto Fraternal: El cristianismo no olvida que somos seres creados para vivir en comunidad e interdependencia; no hemos sido llamados a vivir en la soledad de una experiencia mística. El cristianismo es básicamente militante y comunitario. Hasta el Llanero Solitario necesitó a su fiel compañero Toro. ¿Estás expresando amor fraternal? ¿Eres parte de una experiencia grupal de afecto cristiano? No hay duda de que para vivir en comunidad cristiana también necesitamos fe, virtud, entendimiento, dominio propio, y paciencia.

Amor: Es la culminación de la obra de fe. Es el fin de la Ley, el Gran Mandamiento. ¿Te das cuenta de que amar no es tan fácil como el simple hecho de “querer” a una persona? Amar demanda que nuestra calidad humana esté al tope de sus posibilidades en Dios. Solo así podremos amar como “Dios manda”.

Concluyamos esta ya larga reflexión. Pedro finaliza con las siguientes palabras: “Porque estas cualidades, si abundan en ustedes, les harán crecer en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y evitarán que sean inútiles e improductivos. En cambio, el que no las tiene es tan corto de vista que ya ni ve, y se olvida de que ha sido limpiado de sus antiguos pecados” (2 Pe. 1:8-10 NVI).

Existe gran bendición al ponerle empeño a la fe. Tendremos la seguridad de no permanecer estáticos o ignorantes con respecto al Señor Jesucristo. Nuestra vida cobrará propósito y también dará fruto. Y si seguimos sumando, también tendremos la seguridad de sabernos ciudadanos del reino de Dios. 

Como dijo finalmente el apóstol Pedro: “Por lo tanto, hermanos, esfuércense más todavía para asegurarse del llamado de Dios, que fue quien los eligió. Si hacen estas cosas no caerán jamás, y se les abrirán de par en par las puertas del reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pe. 1:10-11 NVI). ¿Quién dijo que la película no estaba clara? ¿Quién dijo que el final era impreciso? Vivir como Dios manda no es sendero inhóspito y salvaje, sino un camino pavimentado, con luces y señales que Dios estableció para que lo transitemos bajo la seguridad de su poder y providencia. 


Imagen: Lightstock.
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