Julieta acaba de dar a luz a un hermoso bebé. Aunque se siente agradecida y feliz con Dios por el privilegio de ser madre, hay algo que no la deja tranquila: su figura delgada ha desaparecido, su piel ya no es tan firme como antes y está llena de marcas que no existían.
Todo esto le causa mucha tristeza e inseguridad. ¿Nunca volverá a ser la de antes? Desesperada, está pensando en dejar de comer o hacer alguna clase de dieta extrema para bajar de peso.
Esto pasa por la mente de muchas madres, sin darse cuenta de que actuar así podría poner en riesgo su salud y la de su bebé, al encontrarse en una de las etapas más importantes en el desarrollo de un recién nacido: la lactancia. Además, pensamientos como estos tienen muchas implicaciones espirituales, pues contribuyen a la falta de contentamiento, las comparaciones pecaminosas y otras actitudes que no agradan a Dios.
Así que, si estás pasando por una situación similar, quiero compartirte dos consejos desde mi experiencia como consejera bíblica y nutrióloga.
1. No creas las mentiras que invaden tu mente
Dios diseñó a la mujer tan sabiamente que el mejor alimento que una madre puede ofrecer a sus hijos durante los primeros meses de vida lo produce su propio cuerpo: la leche materna.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) comprueba que la leche materna ofrece todos los nutrientes que los bebés necesitan. Además, les ofrece una mayor protección ante las infecciones, alergias y otras enfermedades. ¡Todo esto lo programó Dios en el cuerpo de la mujer! Sin embargo, durante este periodo, es vital que las madres se alimenten adecuadamente y que no hagan dietas para bajar de peso, pues esto podría afectar la calidad de la leche y ser perjudicial para el bebé.
Por lo tanto, por amor a ese pequeño que Dios te ha encomendado, no deberías buscar medios como dietas o ayunos para reducir tu peso. En su lugar, es sumamente importante que comiences por analizar qué clase de pensamientos tienes respecto a tu cuerpo. Una vez que hayas identificado cuáles son los pensamientos que te abruman, es importante desechar toda mentira y hablarle a tu corazón con la verdad de la Palabra de Dios.
Dios entregó a Su Hijo para morir en tu lugar y te ha encomendado reflejar Su imagen en cada área de tu vida, incluyendo la maternidad
Tal vez podrías pensar «mi cuerpo se arruinó al embarazarme», «ya no soy atractiva para mi esposo» o «¿por qué algunas mujeres recuperan su figura más rápido y yo sigo igual?». Aunque es una realidad que en este momento no luzcas como antes, tu valor como mujer no depende del tamaño de tu cintura, tu peso o de qué tan rápido te recuperas en comparación con otras mujeres.
Tu valor está en ser hecha a imagen de Dios y haber sido rescatada por el Rey de reyes y Señor de Señores. Dios entregó a Su Hijo Jesucristo para morir en tu lugar y te ha encomendado reflejar Su imagen en cada área de tu vida, incluyendo la maternidad.
2. Aprovecha esta oportunidad para crecer espiritualmente
También quiero recordarte que, si Dios decidió poner vida en tu vientre, te está dando una oportunidad para que puedas imitar a Cristo en lo cotidiano.
Él mejor que nadie entiende lo que significa entregarse por amor. Jesús sufrió a causa de nuestro pecado y soportó la muerte por amor a ti y a mí, para que pudiéramos tener vida (Mt 26:67-68). De una forma similar, puedes imitar el amor de Cristo al entregarte para cuidar de otro ser humano.
Ver el embarazo, el posparto y la lactancia de esta manera, puede ayudarte a cambiar tu perspectiva respecto a lo que vives. Aquí te comparto dos verdades que pueden animarte.
Ya no vivimos para servirnos a nosotras mismas
Muchas veces, cuando pensamos en «servir a Dios», lo único que nos viene a la mente es algo relacionado con la iglesia local. Sin embargo, al cuidar diligentemente de tu bebé, alimentándolo cada tres o cuatro horas, también estás sirviendo a Dios y haciendo Su voluntad (cp. Mt 25:40; Tit 2:4).
Con los años, el cuerpo irá sufriendo cambios y envejecerá, pero tu alma vivirá eternamente. ¿A qué le darás prioridad hoy?
En ocasiones, puede ser abrumador no tener tiempo para hacer todo lo que estabas acostumbrada a hacer en un día, porque tu bebé come frecuentemente. O tener que poner más atención a tu alimentación para nutrir adecuadamente a tu pequeño. Pero si recuerdas que Jesús nos enseñó cómo debemos seguir Su ejemplo de servicio (Jn 13:14), entonces verás esta etapa como un medio para servir a Dios, y eso traerá gozo y paz a tu vida.
Necesitamos alimentarnos desesperadamente de la Palabra
Seguramente has notado la desesperación con la que tu bebé busca ser alimentado. En esos momentos, él está ejemplificando el hambre que debes tener por la Palabra de Dios: «Deseen como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcan para salvación» (1 P 2:2).
Si en esta etapa de caos te cuesta trabajo leer la Biblia y orar, te recomiendo tomar los momentos en los que te detienes a alimentar a tu bebé físicamente para alimentarte espiritualmente. Esto renovará tus fuerzas y te ayudará a fijar tu mirada en Cristo constantemente.
Cuida primero tu alma
A las mujeres, Dios les suele otorgar el regalo de ser madres, lo cual nos permite reflejar a Cristo a través de mostrar un amor sacrificial. Mamá, cada vez que amamantes a tu bebé, piensa en que de esta forma estás imitando el gran amor que Cristo tiene por ti.
Además, no temas por tu peso actual, pues amamantar suele favorecer la recuperación del peso una vez finaliza esta etapa: en su momento, con una buena alimentación y ejercicio, podrás regresar a tu peso anterior. Sin embargo, recuerda que con los años el cuerpo irá sufriendo cambios y envejecerá, pero tu alma vivirá eternamente. ¿A qué le darás prioridad hoy?