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Deuteronomio 16 – 18   y   1 Corintios 3 – 4

“Tres veces al año se presentarán todos tus varones delante del SEÑOR tu Dios en el lugar que El escoja: en la fiesta de los panes sin levadura, en la fiesta de las semanas y en la fiesta de los tabernáculos; y no se presentarán con las manos vacías delante del SEÑOR. Cada hombre dará lo que pueda, de acuerdo con la bendición que el SEÑOR tu Dios te haya dado”, Deuteronomio 16:16-17.

Hace como unos años atrás tuve la oportunidad de visitar una lejana provincia de los Andes peruanos. En una de las jornadas, una anciana me invitó a su casa a comer. Después de subir y subir por un cerro impresionante, llegamos a la más humilde pero acogedora casita que he visitado. Todo era muy rústico y humilde, pero se respiraba paz y alegría. La comida fue frugal y muy sencilla, y pude ver cómo la anciana se desprendía sin dudar de productos que seguramente le había costado mucho adquirir. En ese lugar perdido de los Andes pude aprender que nadie es tan pobre como para no tener qué compartir, y que cuando hay fe y paz en el corazón nunca las manos estarán completamente vacías.

Tener las manos vacías es un gran dolor para el hombre. Por ejemplo, en Israel se daba el caso que cuando un hebreo tenía grandes problemas económicos se podía entregar a otro como esclavo por un período de tiempo. Estas servidumbres podían dar lugar a verdaderos actos de injusticia y opresión. Sin embargo, al momento de cumplir el plazo de su servidumbre esta era la ordenanza precisa de Dios: “Y cuando lo libertes, no lo enviarás con las manos vacías. Le abastecerás liberalmente de tu rebaño, de tu era y de tu lagar; le darás conforme te haya bendecido el SEÑOR tu Dios. Y te acordarás que fuiste esclavo en la tierra de Egipto, y que el SEÑOR tu Dios te redimió; por eso te ordeno esto hoy”, Deuteronomio15:13-15. Si usáramos de este criterio, podríamos dar oportunidades a tantos, aprendiendo que la alegría no está en tener las manos llenas, sino en no permitir que las de otros permanezcan vacías.

Definitivamente, no somos diferentes. Leía por allí que estudios del ADN demostraban que solo un 0.2% de diferencia genética existe entre individuos de distintos grupos raciales. Somos iguales delante de Dios, somos iguales y no podemos tratarnos de manera distintiva, y menos podemos permitir que nos devaluemos voluntariamente unos a otros. Parte del significado de las fiestas judías era honrar a Dios pero también reconocer a sus hermanos como pares que pueden disfrutar también de la benevolencia del Señor: “Y te alegrarás en tu fiesta, tú, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, el levita y el forastero, el huérfano y la viuda que están en tus ciudades”, Deuteronomio 16:14. Todos los grupos sociales están incluidos, nadie debe quedar fuera, todos comparten de las bendiciones de Dios. ¿Cómo? Haciendo que los que más tienen pudieran abrir sus manos y entregar a otros de lo que Dios les había dado.

Con estas dos ordenanzas, el Señor está atacando un  gravísimos problema: las manos llenas siempre terminan siendo un impedimento que anula la movilidad para compartir. El que más tiene… más quiere; más son sus gastos, más finas y caras son sus ropas, menos cómodo se siente sin que todo sea “full equipo” y se abren las puertas a un apetito insaciable por saciarse solo a uno mismo.  Por eso Moisés desde un primer momento pondría los puntos sobre las íes en lo referente a los futuros gobernantes de Israel: “Pero él (el futuro rey – anotación añadida) no tendrá muchos caballos… Tampoco tendrá muchas mujeres, no sea que su corazón se desvíe; tampoco tendrá grandes cantidades de plata u oro”, Deuteronomio 17:16a – 17. La riqueza del rey no estaba en el oro sino en una profunda espiritualidad producida por un permanente contacto con la Palabra de Dios: “Y sucederá que cuando él se siente sobre el trono de su reino, escribirá para sí una copia de esta ley en un libro, en presencia de los sacerdotes levitas. La tendrá consigo y la leerá todos los días de su vida, para que aprenda a temer al SEÑOR tu Dios, observando cuidadosamente todas las palabras de esta ley y estos estatutos, para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos y no se desvíe del mandamiento ni a la derecha ni a la izquierda, a fin de que prolongue sus días en su reino, él y sus hijos, en medio de Israel”, Deuteronomio 17:18-20.

Propongo no tener manos vacías ni llenas, sino “manos puente”. ¿Qué son las manos puente? Son aquellas que están siempre dispuestas a dar y a recibir, manos serviciales que saben que solo son administradoras de lo que Dios les ha provisto para distribuirlo entre los demás.  Son manos siempre extendidas hacia el prójimo, que siempre se desprenden de lo que tengan para que nunca estén ocupadas cuando alguien les pide atención. Así se percibía Pablo: ¿Qué es, pues, Apolos? Y ¿qué es Pablo? Servidores mediante los cuales vosotros habéis creído, según el Señor dio oportunidad a cada uno. Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios que da el crecimiento. Ahora bien, el que planta y el que riega son una misma cosa, pero cada uno recibirá su propia recompensa conforme a su propia labor… POR TANTO OS EXHORTO: SED IMITADORES MíOS (mayúsculas añadidas)”, 1Corintios 3:5-8;4:16.

Pablo, finalmente, solo imitaba las manos de Cristo. El mexicano Pedro Gringoire escribió en los cincuentas, un artículo con el nombre  “Las Manos de Cristo” del que paso a sacar algunas frases:

“Lo primero que advertimos, al contemplar las manos de Cristo, es que son las manos varoniles y vigorosas de un trabajador. Las manos de un obrero: el carpintero de Nazaret. No son esas manos blancas y fláccidas, como un lirio desmayado, manos casi femeninas, que le han pintado por lo general en los retablos litúrgicos y las estampas devotas. No, sino manos endurecidas por la garlopa y el martillo, manos callosas y fuertes, hechas al duro trabajo del taller… En Cristo se nos revela un Dios trabajador. Viejas religiones y filosofías concibieron un Dios inmóvil e indiferente, o una especie de sátrapa oriental divinizado, que se recostara muellemente en sus cielos altísimos, en dulce y eterna holganza, sin más quehacer que recibir las alabanzas de su corte celestial, y deleitarse en la música de las esferas. Y es como si Cristo descorriera en Su persona, la cortina de los cielos, y nos mostrara – ¡sea dicho con toda reverencia! – a un Dios ‘en manga de camisa’, a un Dios ocupado en los arduos quehaceres de guiar a su destino a un mundo en que la voluntad pecaminosa e insurrecta de los hombres, le crea infinitos problemas y dificultades…

Estas manos fuertes y encallecidas del Cristo obrero, son un llamado, en primer lugar, a cooperar con Él… El mundo es un vasto taller en que el Divino Carpintero trabaja día y noche, reparando lo que el hombre destruye… Cuando el Maestro y Señor trabaja ¿cómo puede haber, junto a las suyas laboriosas, manos inertes y flojas de discípulos?… Estas manos de Cristo, viriles y poderosas, son un llamado, en segundo lugar, a la confianza, a asirnos de ellas… Las manos poderosas de Cristo son el secreto de la fuerza del cristiano…

Pero esas manos que endureció el trabajo, saben ser tiernas y delicadas. Las suavizó el amor. Fuertes para sostener, son suaves para acariciar y consolar. Con leve tocamiento, pueden ministrar al corazón más lastimado, sin lastimarlo más… ¡Con cuánto afecto, y a la vez tranquila firmeza, dieron amistosa palmada en el hombro del desalentado, para animarlo y reanudar la marcha! ¡Con qué ternura, y a la vez seguridad, tomaron la mano de la pecadora para ayudarla a ponerse en pie!…

El pastor Martín Niemoller refiere que entre las ruinas de una iglesia luterana en Francfort, bombardeada en la segunda guerra mundial, se encontró una estatua de Cristo que había adornado la fachada. Estaba completa, excepto las manos. Al planear la reconstrucción del edificio, el Consistorio acordó dejar la estatua tal como se había encontrado: sin manos.  Era para recordar a los fieles – dijeron – que los discípulos del Señor somos sus manos sobre la tierra; que Él quiere hacer su obra por medio de nosotros, sirviéndose de nuestras manos”.

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