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Cualquiera puede reconocer la tragedia que es un hombre perezoso. Aún las responsabilidades normales lo abruman. Es paralizado por miedos absurdos (Pr. 22:13). No puede proveer para él mismo, o cualquier otra persona (Pr. 20:4). Casi cualquier cosa es demasiado difícil para él (Pr. 19:24). Aquellos que una vez contaron con él, han aprendido a no hacerlo (Pr. 10:26). Sus antojos, nunca satisfechos, lo destruyen lentamente (Pr. 21:25). Sentimos lastima por los hombres perezosos, y nos esforzamos en no ser como uno de ellos.

Si bien puede ser fácil ver la inutilidad en la pereza, ¿cuántos de nosotros pasamos por desapercibida la inutilidad en algunas formas de trabajo duro?

“Si el Señor no edifica la casa,

En vano trabajan los que la edifican;

Si el Señor no guarda la ciudad,

En vano vela la guardia”, Salmo 127:1.

Algunos de nosotros necesitamos escuchar que debemos confiar en Dios lo suficiente como para trabajar menos

Los hombres buenos hombres amados, equipados, y enviados por Dios trabajan duro, pero no en vano. Ellos edifican, vigilan, y trabajan como si el Dios del cielo y de la tierra obrara a su favor, porque Él sí lo hace. Dios obra a favor del que espera en él (Is. 64:4). Los hombres buenos saben que a menos que el Señor obre en, a través, y sobre su trabajo, no logran nada verdaderamente significativo o duradero.

Edifica con todo tu corazón

No se equivoquen, los hombres fieles trabajan duro. Cualquier hombre que escucha que es Dios quien tiene que hacer el trabajo y por ende decide que su propia labor no es necesaria, no ha entendido cómo nuestro trabajo honra a Dios. Ha perdido la santidad de la instrumentalidad humana. Dios no es honrado cuando trabajamos duro con una actitud de autosuficiencia, ni es honrado cuando somos negligentes o indiferentes acerca de lo que Él nos ha llamado a hacer.

Cuando el Señor construye, los constructores no abandonan sus herramientas. Los vigilantes no dejan sus puestos. De hecho, el Señor condena a los centinelas que no hacen guardia; dice de los pastores de Israel:

“Los centinelas de Israel son ciegos, 

Ninguno sabe nada.

Todos son perros mudos que no pueden ladrar,

Soñadores acostados, amigos de dormir”, Isaías 56:10.

Los hombres buenos saben que a menos que el Señor obre en, a través, y sobre su trabajo, no logran nada verdaderamente significativo

Si los constructores se niegan a trabajar, nada se construye. Si los vigilantes descuidan el muro, la ciudad corre peligro. Y si alguno de ellos trabaja sin Dios, trabajan y vigilan en vano. Saber que Dios trabaja para nosotros, y en nosotros, nos inspira genuinamente a trabajar duro. El apóstol Pablo dice: “Por tanto, mis amados hermanos, estén firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58).

En el principio, “El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto del Edén para que lo cultivara y lo cuidara” (Gn. 2:15), para trabajar y velar. Y aún hoy en día, Dios manda al hombre a trabajar y velar, primeramente en su propio hogar, después en su iglesia, y luego más allá en el mundo que le rodea. Dios nos ha dado la dignidad de trabajar en su edificación y velar por su obra en el jardín en el cual nos ha puesto. ¿Cómo podríamos tomar eso a la ligera? Si Dios nos ha llamado a esto, y si promete llevar a cabo el trabajo decisivo a través de nosotros, ¿cómo podríamos poner a un lado nuestras herramientas y abandonar nuestros puestos?

Dios le dice a los trabajadores y vigilantes, a los esposos y a los padres, a los jefes y empleados en todas las áreas: “Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col. 3:23). Los hombres buenos, los hombres amados por Dios, trabajan duro.

Trabaja duro en casa

Muchos hombres amarán la encomienda de trabajar duro, y pueden estar demasiado listos para sumergirse de cabeza en más horas, más sudor, más intencionalidad, en la oficina. El trabajo de primera importancia, sin embargo (al menos en el Salmo 127), es el trabajo en casa. Tanto a los trabajadores como a los vigilantes, el salmo declara:

“Un don del Señor son los hijos,

Y recompensa es el fruto del vientre.

Como flechas en la mano del guerrero,

Así son los hijos tenidos en la juventud.

Bienaventurado el hombre que de ellos tiene llena su aljaba;

No será avergonzado

Cuando hable con sus enemigos en la puerta”, Salmo 127:3-5.

¿Cuál es el mensaje para los esposos y los padres acerca de el trabajo? No descuides el trabajo precioso, exigente, y poderosamente productivo que estás llamado a hacer en casa. Observa cómo el salmo le habla directamente al hombre: “Bienaventurado el hombre… ”. Dios quiere que los hombres, en particular, sientan la impresionante carga (“del Señor”) y el inmenso placer (“recompensa el fruto del vientre”) de tener una familia y criar a la siguiente generación. Las almas que Dios asigna a nuestros hogares valen nuestro mejor trabajo, y ciertamente no solo las sobras.

Trabaja duro con lo que se te ha dado, por el tiempo que te es dado, y descansa en el camino

Sentimos la tensión, incluso en el salmo, que muchos hombres sienten hoy en día. Tendemos a pensar que los incendios más calientes, los campos más fructíferos, las prioridades más apremiantes están en algún lugar allá fuera: en el campo de batalla, donde se libra la guerra, o en la puerta, donde se juzgaron las disputas y se resolvieron los conflictos. Sin embargo, trabajar duro para criar hijos fieles hará que un hombre sea aún más peligroso en el campo de batalla (“como flechas en la mano de un guerrero”) y aún más convincente en la puerta (“no será avergonzado”). En la sabiduría de Dios, trabajar duro e invertir bien en casa hará que un hombre sea mucho más efectivo en cualquier otra parte.

Algunos necesitan trabajar menos

Puesto que el Señor edifica la casa y vigila la ciudad, debemos de sentirnos inspirados a trabajar duro, empezando por casa. Algunos hombres, sin embargo, necesitan ser aconsejados que trabajen (y se preocupen) menos. Una evidencia de que no hemos entregado completamente nuestra obra a Dios es que nos negamos a suspender nuestras labores.

“Es en vano que se levanten de madrugada,

Que se acuesten tarde,

Que coman el pan de afanosa labor,

Pues Él da a Su amado aun mientras duerme”, Salmo 127:2.

La vanidad en estos versículos es un ingrediente enormemente importante en cualquier ética de trabajo saludable. Podemos trabajar muy duro, y aún así llegar muy vacíos. Derek Kidner comenta: “No es simplemente que nuestros proyectos fracasarán —al menos hay ‘pan’ como evidencia del mismo— sino que no llevan a ninguna parte. La casa y la ciudad pueden sobrevivir, pero ¿valía la pena edificarlos?” (Salmos, 477).

Los hombres trabajan duro por todo tipo de razones, y muchas de ellas son mediocres, si no patéticas. La ambición egoísta y la vanidad son lo suficientemente fuertes como para inspirar toda una vida de intencionalidad, creatividad, y disciplina. Muchos hombres trabajan hasta bien entrada la noche y mucho antes de que salga el sol, y con cada hora de diligencia que pasa ofenden a Dios. Su ética de trabajo devalúa a Dios, porque no lo necesita. Y las tentaciones son grandísimas porque muchos de nosotros llevamos nuestro trabajo a casa en nuestros teléfonos y computadoras portátiles. Cualquier trabajo es en vano, independientemente de que se haga con pasión y diligencia, si estamos confiando en nosotros mismos. Algunos de nosotros necesitamos escuchar que debemos confiar en Dios lo suficiente como para trabajar menos.

Algunos hombres se niegan a dejar de trabajar: ir a casa, cerrar la computadora, dejar el teléfono a un lado. Sin embargo, no se trata solamente de acostarnos y cerrar los ojos. La advertencia se aplica tanto, o más, a aquellos de nosotros que nos acostamos pero estamos despiertos preocupándonos. Nuestras mentes siguen trabajando febrilmente en todo lo que no se hizo hoy o en todo lo que hay que hacer mañana, en los problemas que no se resolvieron hoy o en los problemas que podrían surgir para la hora que nos despertemos. Si el pan representa un esfuerzo ansioso, nuestra mente pueden convertirse en un horno ardiente. Y nuestra preocupación es en vano (Fil. 4:6).

En la sabiduría de Dios, trabajar duro e invertir bien en casa hará que un hombre sea mucho más efectivo en cualquier otra parte

Jesús dice: “¿Quién de ustedes, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?” (Mt. 6:27). ¿Quién se preocupa por añadir una hora a su vida? Aquel que no puede terminar todo lo que quiere hacer en un día, que se levanta temprano, y se acuesta tarde (y duerme intranquilo por ello). ¿Qué le dice Jesús a ese hombre? “No se preocupen por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo” (Mt. 6:34). El trabajo duro nunca satisfará tus necesidades más profundas ni resolverá tus problemas más profundos, pero Dios sí lo hará.

Rechazar a Dios es insensatez

La respuesta intencionada al exceso de trabajo, al menos en el Salmo 127, es simple: Dios da, a todos los que ama, el sueño. ¿Evidencia esa preciosa realidad la forma en que vives, trabajas, y descansas? ¿U oscurece la sabiduría, la misericordia, y el cuidado paternal en el don de Dios? Es imprudente e insensato rechazar lo que Dios ha dado expresa y gustosamente.

Una vez más, Jesús extiende sus manos a aquellos esclavizados a cargas innecesarias:

“Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas”, Mateo 11:28-29.

Cuando nos negamos a descansar, rechazamos el amor infinito y la sabiduría del cielo. Nos negamos a seguir su plan, prefiriendo cualquier propuesta que hayamos elaborado para nosotros. Nos negamos a creer que Él sabe lo que es mejor para nosotros. Los buenos hombres trabajan duro, pero también duermen bien (dejando a un lado las condiciones médicas). Estos hombres no solo saben que se puede confiar en Dios con todo lo que no pueden hacer o terminar, sino que saben que Dios intencionalmente fabrica e imparte descanso y sueño para profundizar y mostrar su fe en Él.

Si construyes en las fuerzas que Dios provee, Él edificará la casa que estás construyendo. Él velará por la ciudad que estás cuidando. Porque Él es más sabio que nosotros, ciertamente dejará algunas cosas (o más) sin hacer, pero no pasará por alto ningún detalle, ni hará mal uso de ninguna obra que hayamos hecho por fe en Él.

Por lo tanto, trabaja duro con lo que se te ha dado, por el tiempo que te es dado, y descansa en el camino. Confía en que la voluntad de Dios se hará. Él logrará todo lo que quiere hacer a través de ti.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Jenny Midence García.
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