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“Pero el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:25, RVR95).

Somos en realidad llamados a mirar, a considerar detenidamente y con cuidado la perfecta ley, y luego Santiago aclara, que esta es la ley de la libertad.

Y es que esa ley original dada por Dios, aunque perfecta por Su origen y por revelar Su carácter, por otro lado, era inútil para proveernos la justificación necesaria a través de ella y para poder presentarnos delante de ese mismo Dios justo, perfecto y santo.

Sin embargo, la ley de la libertad, en otras palabras, el cumplimiento perfecto de esta ley por Jesús y en nuestro favor, es el evangelio, que es sin duda buenas noticias para nosotros sus beneficiarios.

Y es que entonces ahora somos llamados a considerar esta obra de Dios en nuestro favor, a intencionalmente buscar no olvidar esta obra de gracia, a perseverar y profundizar en su alcance y sus implicaciones, a aprender a atesorarla y valorarla por sobre todas las cosas ya que esto es lo que nos da la energía y motivación no sólo para no olvidar sus implicaciones, pero para aplicarlas, vivirlas y experimentarlas con gozo en nuestra vida.

Además, Santiago agrega, será bienaventurado o bendecido quien lleva a cabo este ejercicio espiritual. Esto no significa necesariamente que es una garantía de éxito seguro en lo que emprendamos, pero más bien, que en toda cosa que hagamos, seremos libres de hacerla para nuestra gloria y significado, para encontrar en ella nuestra satisfacción y felicidad, o para intentar asegurar nuestra seguridad y esperanza en este mundo incierto.

La ley de la libertad es la mejor ley a la que nos podamos someter, puesto que al hacerlo, encontramos en ella nuestra verdadera libertad.

Piensa en esto, y encuentra tu descanso en El.

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