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A principios del 2009 se desató una crisis de violencia y crimen en nuestra ciudad fronteriza. Nunca hubiéramos imaginado que un conflicto entre los dos cárteles de la droga más grandes del mundo iba a convertirnos por varios años en la ciudad más violenta del mundo. En sus momentos más álgidos (2010), se promediaban hasta 13 muertes violentas por día.

Miles morían al año, entre ellos muchas víctimas inocentes del crimen. Ahora que la violencia ha disminuido de manera milagrosa, volteamos hacia atrás y debemos preguntarnos: ¿cuáles fueron las lecciones que la iglesia debería aprender por haber pasado esos tiempos de tinieblas? Para mí, que viví esta crisis al frente de una congregación, tratando de servir, cuidar y guiar a nuestros miembros, las lecciones son claras. Lo primero que tuvimos que reconocer es que, como creyentes —las iglesias y sus líderes— no estábamos preparados para enfrentar una crisis de este tipo, al no tener un contexto teológico que nos ayudara a encontrar la razón por la cual nuestro buen Dios podría permitir tal sufrimiento.

La crisis vino de forma repentina y fue progresando hasta sacudir a todo México. En un principio los pastores no sabíamos cómo responder, y nuestra respuesta fue tibia e insegura. Pero creo que con el paso de los meses fuimos entendiendo que ésta no era una crisis que iba a pasar pronto y que el convocar algunas reuniones de ayuno e intercesión no parecía cambiar la situación. Dios tenía un propósito, pero no lográbamos entenderlo. En humildad tuvimos que reconocer que, como Job, debíamos callarnos y pedirle a nuestro Señor que nos instruyera. Necesitábamos aprender a ver la crisis desde la perspectiva divina. Preguntarnos, ¿qué estaba haciendo Dios? ¿Cómo veía Dios nuestra ciudad? Esto es un poco de lo que aprendimos: El Señor quiere que le conozcamos como un Dios que juzga el pecado Uno de los libros de la Biblia que nos ayudó durante este tiempo fue el libro de Joel.

En él, el profeta nos presenta a un Dios juzgando primero a su pueblo y luego a todas las naciones. Nos revela que Dios toma muy en serio el pecado y que, por amor a su nombre, juzgará a toda la tierra. ¿Estábamos como ciudad bajo el juicio de Dios? Todos éramos conscientes del grave grado de pecado en nuestra sociedad. Había abuso, corrupción, opresión, violencia, crimen, disolución, inmoralidad, etc. Nuestra ciudad, como muchas en el mundo, ofendía a Dios continuamente. Como iglesia lo veíamos, pero hasta antes del 2008 tal vez no nos dolíamos como debiéramos por ese pecado generalizado. Sé que hablar de un Dios que juzga las naciones es un pensamiento controversial aun entre los cristianos. No nos gusta pensar en Dios como un ser supremo con autoridad para juzgar y castigar a los pecadores.

Y tampoco nos gusta presentar ese tipo de Dios a los no creyentes. Todos queremos un Dios a quien podamos manejar o que se ajuste a nuestras expectativas, un Dios conforme a nuestro propio diseño. Pero ese no es el Dios descrito en las Escrituras. Sodoma y Gomorra, Jericó, Samaria y Jerusalén, todas son ciudades que Dios juzgó. Las juzgó por su pecado y por rechazar su llamado al arrepentimiento. Ante el embate de la violencia tuvimos que reconocer que como ciudad estábamos cosechando las consecuencias de nuestro pecado.

Esto no era un problema de crimen, ni de un gobierno inepto o corrupto, era un problema moral, un problema de pecado, y estábamos recogiendo lo que sucede cuando nos alejamos como sociedad del Dios verdadero y de sus mandatos. Los malvados no eran solo los sicarios asesinos, o los delincuentes despiadados, lo era la ciudad entera y todo nuestro país. Como sociedad hemos ofendido a Dios, y por la falta de arrepentimiento merecíamos ser juzgados. No podíamos culpar a un Dios santo si Él decidía destruirnos. Pero, ¿por qué un Dios justo y bueno había decidido ahora permitir que el mal se desbordara de esta manera y que tantos murieran? ¿Era su propósito simplemente castigar el pecado en ira? El evangelio nos informa que mientras estemos en este mundo, su propósito siempre es redentor.

Cristo vino a salvar a los pecadores, y Ciudad Juárez contenía a un gran número de ellos. Si Dios no se complace en la muerte del pecador sino en su arrepentimiento (Ez. 33:11), entonces lo que estábamos viviendo pudiera ser una expresión de juicio para llevarnos al arrepentimiento. El evangelio nos anuncia que Dios, en su abundante bondad y compasión, siendo el hombre culpable, ha provisto un medio para que haya una reconciliación: una manera de que se sane la relación de enemistad entre Dios y el hombre. Ese medio es Jesús. La razón por la que Jesús vino es precisamente para solucionar el problema de la rebelión del hombre.

Vino para hacerse responsable de esa rebelión humana. Vino para absorber el castigo que todos los hombres merecemos: la muerte. Él la sufrió en carne propia para que los hombres pudieran tener acceso al perdón de Dios por medio de la fe y el arrepentimiento. Entonces, el juicio parcial que podríamos estar viviendo es una forma de Dios de llamarnos a todos al arrepentimiento (Hch. 17:30-31). La crisis de violencia nos recordaba que si Dios estaba juzgando, lo estaba haciendo para llevar a cabo su propósito de salvar al hombre. Por tanto, el llamado al arrepentimiento no es una mala noticia, sino en realidad una bendición. Es el camino necesario para obtener las promesas de perdón y de vida de parte de Dios.

Cuando Dios llama al arrepentimiento, lo que desea es bendecir a la gente, no destruirla. Si Dios permitía, en su sabiduría, que viéramos toda esta violencia, era para que la ciudad volviera sus ojos a Él y nos diéramos cuenta de que sin Él estábamos perdidos. Pero, ¿podíamos llamar a la ciudad al arrepentimiento sin que la iglesia misma lo buscáramos? Claro que no, nuestra respuesta tenía que reflejar la confesión de Nehemías (Neh. 1:4-7). Como iglesia teníamos que reconocer y confesar primero nuestro pecado si aspirábamos a una intercesión íntegra por nuestra ciudad (Mt. 7:1-5; 1P. 4:17). Debíamos reconocer que algunos de los pecados de nuestra ciudad también estaban presentes dentro de la iglesia. También éramos culpables del amor al dinero, de inmoralidad, de egoísmo, de abuso, de injusticia, de arrogancia, de mentira, y, principalmente, de una gran indolencia y desinterés ante las necesidades de nuestra ciudad. El profeta Daniel en su oración (Dn. 9:13-16) liga buscar el favor de Dios con el apartarse de la propia iniquidad.

O sea que la manera de buscar el favor de Dios para nuestra ciudad dolida debía empezar con el buscar apartarnos de nuestra propia iniquidad. Así es cómo debíamos permanecer como la iglesia de un Dios santo, clamando “Señor, …en tu ira, acuérdate de tener compasión” (Hab. 3:2c), pero “prestando atención” a nuestras propias vidas en una actitud de humildad y arrepentimiento. Creo que cuando la iglesia de Jesucristo experimentó ese quebranto y pudo orar de esa manera, la violencia cesó.

Este año (2013), hemos descendido al lugar 19 de las ciudades más violentas del mundo, habiendo permanecido tres años consecutivos en el primer lugar. A nuestro Dios sean las gracias, pues ha tenido misericordia de nuestra ciudad. Pero ahora le pedimos que nos conserve en esa actitud humilde de arrepentimiento. No queremos volver a lo que éramos antes. Esperamos haber aprendido esta primera lección, que debemos siempre ver los problemas o crisis de nuestro entorno desde la perspectiva de nuestro Santo Dios, nunca solo desde la nuestra. Y que para buscar íntegramente de su compasión para nuestras ciudades, debemos siempre primero poner atención al pecado en nuestra propia vida.

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