La historia desde una perspectiva Cristiana

En un primer artículo, vimos la importancia de estudiar la historia de la iglesia. En este segundo escrito queremos pasar a explorar lo que significa ver la historia con ojos cristianos.

Los historiadores describen su tarea de “estudiar la historia” como “el arte o ciencia de ‘hacer’ la historia”. Es decir, los historiadores realizan su estudio no solo como un “arte” sino también como una ciencia que sigue una metodología específica, denominada historiografía.

A través de los siglos, los historiadores han buscado estudiar e interpretar la historia de manera que puedan descubrir y explicar su valor y significado. Pero en su búsqueda no todos los historiadores “hacen historia” de la misma manera. Lo que el historiador descubre al mirar hacia al pasado, y la forma en que explica su valor y significado puede variar radicalmente de un historiador a otro. Algunos analizan la historia desde una perspectiva naturalista, y esto les lleva a observar el pasado como una serie de causas y efectos con explicación racional y científica, pero sin valor espiritual ni trascendencia eterna. Otros consideran que la historia es cíclica; otros la consideran un mal ilusorio que nos separa de lo real.

Los cristianos debemos “hacer historia” desde una perspectiva bíblica y cristiana. En otras palabras, los cristianos no somos, ni debemos ser imparciales en nuestra interpretación de los eventos históricos. Al mirar hacia el pasado debemos hacerlo en consideración de la revelación que Dios ha hecho de si mismo en las Escrituras. Nuestra meta al estudiar la historia es aprender a observarla e interpretarla con ojos cristianos. ¿Cómo podemos cumplir este propósito? Debemos tener en cuenta estas tres convicciones:

Convicción #1: Dios interviene soberanamente en la historia 

En los tiempos bíblicos, podemos decir que la perspectiva judía de la historia era muy simple: Si sucedió, Dios lo causó. En otras palabras, los antiguos hebreos reconocían que todos y cada uno de los eventos históricos pasados estaban controlados y determinados por la soberanía de Dios. ¿Por qué? Porque esto es lo que las Escrituras proclaman consistentemente. La Biblia está repleta de pasajes como este:

“Y Josué dijo a todo el pueblo: Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: “Al otro lado del río habitaban antiguamente vuestros padres… y servían a otros dioses. “Entonces tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del río y lo guié por toda la tierra de Canaán, multipliqué su descendencia y le di a Isaac. “Y a Isaac le di a Jacob y a Esaú, y a Esaú le di el monte Seir… pero Jacob y sus hijos descendieron a Egipto. “Entonces envié a Moisés y a Aarón, y herí con plagas a Egipto conforme a lo que hice en medio de él; y después os saqué. “Saqué a vuestros padres de Egipto y llegasteis al mar, y Egipto persiguió a vuestros padres… hasta el mar Rojo. “Pero cuando clamaron al SEÑOR, El puso tinieblas entre vosotros y los egipcios, e hizo venir sobre ellos el mar, que los cubrió; y vuestros propios ojos vieron lo que hice en Egipto”, Josué 24:2–7

Las Escrituras son concluyentes: ¡Dios controla la historia! La historia es la historia de Dios. El mundo es el mundo de Dios. El tiempo es el tiempo de Dios. El diablo es el diablo de Dios. Todo lo que sucede sucede bajo el control absoluto y soberano del Creador del tiempo y el espacio. Nada escapa de su control.  Los cristianos por lo tanto, reconocemos que en cada circunstancia, en cada evento –bueno o malo, sublime o trágico– Dios está siempre obrando.

Convicción #2: La historia tiene propósito, significado y fin

La segunda convicción de la historiografía cristiana nos recuerda que todo lo que sucede es orquestado por Dios con un propósito santo y eterno. Dios nunca obra por capricho o sin propósito. Nada es resultado del azar o “el destino”. El control soberano de Dios nos garantiza que todo lo que sucede es significativo porque sucede para promover el avance del propósito eterno de Dios para el ser humano, el mundo, y el universo entero. Por ejemplo, cuando Sansón pidió a sus padres que le dieran como esposa a una mujer filistea, las Escrituras nos presentan un destello de la forma en que Dios actúa detrás de cada evento sin violar la libertad y deseo de sus criaturas, pero avanzando su plan concurrentemente:

“Le respondieron su padre y su madre: ¿No hay mujer entre las hijas de tus parientes o entre todo nuestro pueblo, para que vayas a tomar mujer de los filisteos incircuncisos? Pero Sansón dijo a su padre: Tómala para mí, porque ella me agrada. Y su padre y su madre no sabían que esto era del Señor, porque El buscaba ocasión contra los filisteos, pues en aquel tiempo los filisteos dominaban a Israel”, Jueces 14:3–4.

Esta convicción también nos recuerda que la historia no es un fin en sí misma. Al estudiarla, la observamos e interpretamos reconociendo que no es eterna. Un día, cuando haya consumado el propósito de Dios a través de ella, llegará a su fin. Avanza y seguirá avanzando hasta cumplir su propósito en el plan de redención de Dios.

Convicción #3: El propósito de la historia encuentra su explicación en la persona y obra de Cristo

Finalmente, la historiografía cristiana reconoce que no es posible comprender cristianamente el pasado sin reconocer que su interpretación esencial se centra en la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios. Por ejemplo, al considerar las tragedias y el sufrimiento que experimentamos, debemos mirar hacia al pasado, a la cruz de nuestro Salvador. La crucifixión ha sido llamada el pecado más grotesco y obsceno en la historia de la humanidad. Y sin embargo, dicho evento fue planeado de antemano por Dios como el evento central del evangelio; el evento en el tiempo y el espacio en el cual Dios obtuvo para los creyentes eterna salvación (Hechos 2:22-24,36). La cruz nos enseña que Dios saca vida de la muerte, luz de la oscuridad, y gloria de la vergüenza. En la persona de Jesús aprendemos que todo lo que sucede, sucede para proclamar la majestad de Dios y manifestar al mundo su gracia en la persona de Jesucristo. Pero si Jesús no es un personaje histórico, entonces la historia no puede verse ni interpretarse con ojos cristianos. El propósito eterno de Dios y el papel que la historia juega en tal propósito solo tienen sentido cristiano cuando vemos los eventos de la historia a la luz de la encarnación del Hijo de Dios, su muerte y su resurrección.

La muerte y resurrección de Jesús nos ofrece además un modelo que ilustra la forma paradójica en la cual la historia avanza y culmina. El cristiano, entiende que la historia de individuos, instituciones y naciones invariablemente conduce a la decadencia, la extinción y la muerte. Pero, el cristiano sabe que su esperanza no esta en el fin de la historia, sino en la resurrección que le sigue. ¡El fin de la historia es el comienzo de una nueva vida! La vida eterna con cuerpos resucitados incorruptibles en presencia de nuestro Salvador.

En los próximos artículos de esta serie exploraremos la historia de la iglesia, y aprenderemos las múltiples maneras en las que Dios ha seguido obrando soberanamente para cumplir su propósito eterno en Jesucristo. En preparación le invito a que considere, medite y busque entender esta declaración del capítulo 3 de la Confesión de Fe de Westminster:

Dios desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede (Efe. 1:11; Rom. 11:33, 9:15,18; Heb. 6:17). Sin embargo, lo hizo de tal manera, que Dios ni es autor del pecado (Stg. 1:13,17; 1 Jn. 1:5), ni hace violencia al libre albedrío de sus criaturas, ni quita la libertad ni contingencia de las causas secundarias, sino más bien las establece. (Hech. 2:23; 4:27-28; Mt. 17:12; Jn. 19:11; Prov. 16:33)

¡Amén!

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