Estaciones | Reflexión

Estaciones

Así como en la vida de David, nuestras vidas también pasan por diferentes estaciones y cambios.

Salmos 1-9 y Lucas 23-24

Cuando veo Tus cielos, obra de Tus dedos,
La luna y las estrellas que Tú has establecido,
Digo: ¿Qué es el hombre para que Te acuerdes de él,
Y el hijo del hombre para que lo cuides?
(Salmos 8:3-4)

Una de las cosas que más me sorprendieron del tiempo que viví en Vancouver, Canadá, está relacionada con el clima. Me habían dicho que allí llovía nueve de los doce meses del año. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue ver cómo los habitantes de esa ciudad han aprendido a convivir con las precipitaciones. La gente sigue haciendo deporte, pasea, camina, trabaja, estudia; en fin, la vida continúa a pesar del permanente goteo del cielo.

Bueno, tampoco todo es tan natural como parece, pues se nota que la ciudad está diseñada con inteligencia, y supongo que también un abultado presupuesto, para poder enfrentar semejante chorreo sin inundaciones y demás calamidades; y la gente también se prepara adecuadamente para los chaparrones: Botas, ponchos, guantes, paraguas, y demás accesorios son indumentaria cotidiana para enfrentar la lluvia.

Guardando las distancias, creo que el libro de los Salmos es la expresión espiritual mediante la cual el Señor nos prepara para enfrentar las diversas estaciones de la vida. Como todos sabemos, la vida no consiste solo de días soleados preciosos y románticos atardeceres, sino también de días nublados, tormentas aciagas, y otoños de tristeza y cambio. En los salmos podemos encontrar las diversas estaciones con que todo ser humano debe enfrentarse en su permanente rotación alrededor de la vida.

El Rey David se fotografía para nosotros, de manera espiritual, en un día precioso de sol veraniego, y nos dice:

“Alegría pusiste en mi corazón,
Mayor que la de ellos cuando abundan su grano y su vino nuevo.
En paz me acostaré y así también dormiré,
Porque sólo Tú, Señor, me haces vivir seguro”
(Salmos 4:7-8)

¿Notan ustedes el viento cálido que se desprenden de sus palabras, la suave brisa que circula en el corazón de este hombre que descansa reposado de sus propias faenas en las delicadas y fuertes manos de su creador? Parece como si la vida de David hubiera entrado en un glorioso estado de equilibrio espiritual, un verdadero equilibrio en donde lo espiritual viene a ser superior a todos los éxitos materiales.

Lamentablemente, el verano y las vacaciones no duran para siempre. David no se da cuenta del cambio, las hojas empiezan a caer y el otoño hace su fría entrada:

“Escucha mis palabras, oh Señor;
Considera mi lamento.
Atiende a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío,
Porque es a Ti a quien oro.
Oh Señor, de mañana oirás mi voz;
De mañana presentaré mi oración a Ti,
Y con ansias esperaré”
(Salmos 5:1-3)

¿Podemos percibir el frío que envuelve a David? Al parecer, las cosas no estaban resultando como esperaba, y los árboles que antes le prodigaban sombra, ahora son solo troncos y ramas sin hojas. La temperatura desciende, las aves migratorias emprenden su vuelo buscando mejores climas, y el frío se apodera gradualmente de todo lo que le rodea.

En el otoño espiritual empezamos a percibir que las circunstancias a nuestro alrededor se distorsionan, que pierden significado, que hay un dolor palpitante que nos empieza a preocupar. Sin embargo, David se mantiene constante en su decisión de que tanto al gozar de los momentos de felicidad, o cuando la tristeza empieza a apoderarse del alma, solo las delicadas y fuertes manos del Creador son las que le pueden prodigar calor y esperanza de tiempos mejores.

Hay estaciones en la vida en que irremediablemente tenemos que enfrentar. El invierno no tarda en llegar y la inclemencia del clima se siente en el alma. Con el invierno se viven menos horas de luz solar, las tinieblas parecen permanentes, el sol solo se observa, pero no calienta. Los problemas y las dificultades caen como la lluvia o nieve invernal. David comenta su invierno espiritual de la siguiente manera:

“¡Oh Señor, cómo se han multiplicado mis adversarios!
Muchos se levantan contra mí.
Muchos dicen de mi:
‘Para él no hay salvación en Dios.’ (Selah)
Pero Tú, oh Señor, eres escudo en derredor mío,
Mi gloria, y el que levanta mi cabeza”
(Salmos 3:1-3)

Es posible que no creamos lo que voy a decir a continuación, pero cuando estamos en pleno invierno es cuando más cerca del sol nos encontramos. Trataremos de explicarlo: La trayectoria de la Tierra es, ciertamente, una elipse, pero tan poco achatada que haría falta un compás para notar que no es completamente circular. El Sol no está en el centro, pero la diferencia entre la máxima distancia y la mínima es tan pequeña que no tiene ninguna influencia sobre las estaciones. De hecho, cuando estamos un poquito más cerca del Sol es el 3 de Enero, en pleno invierno en el Hemisferio Norte.

Allí lo tienen, nada más claro y evidente al hacer nuestra analogía de las estaciones del año con nuestra realidad espiritual. En los días sombríos y gélidos, en los momentos de oscuridad y penumbra, cuando parece que los malos momentos nunca pasarán, pues allí es cuando debemos creer que el Señor nunca se ha movido de nuestro lado. David no pide que Dios vuelva, él solo reconoce que el Señor está allí, alrededor de él, como siempre, listo para levantarlo nuevamente.

Otra vez la luz aparece al final del túnel y cíclicamente la primavera no tarda en reaparecer. Su nombre deriva de las palabras latinas “prime” y “vera” que quieren decir: “el buen tiempo” porque llega el primer verdor y el calor reaparece. Todo lo que parecía aparentemente muerto, revive. Todo lo que parecía que se había ido para no volver, regresa. Los rayos del sol comienzan a calentar, las aguas fluyen tras el deshielo, y los animales regresan a casa tras los rigores invernales. Durante muchos meses el invierno se había hecho dueño de los campos, las montañas y las ciudades. La nieve y el frío habían sido los inclementes compañeros de largos días en los que el sol apenas asomaba tímidamente sus rayos.

Pero tras esta interminable pausa invernal llega la primavera, una etapa de regeneración en la que la vida vuelve a resurgir en todas sus formas. Como bien dijo Gustavo Adolfo Bécquer “¡Mientras haya en el mundo primavera, habrá poesía!”. En la primavera espiritual tomamos las nuevas oportunidades que el Señor nos concede, escuchamos su voz diciéndonos que siempre hay esperanza, que podemos volver a empezar, y podemos entonces cantar con David:

“Daré gracias al Señor con todo mi corazón;
Todas Tus maravillas contaré.
En Ti me alegraré y me regocijaré;
Cantaré alabanzas a Tu nombre, oh Altísimo”
(Salmos 9:1-2)

Al observar las estaciones del año como una metáfora que ejemplifica los diferentes momentos de nuestras vidas, podemos ver que cada circunstancia, cada etapa, cada período (por más interminable que parezca), tiene su razón de ser y un propósito para el Señor. Así como en la vida de David, nuestras vidas también pasan por diferentes estaciones y cambios, no porque el Señor se acerque o se aleje de nosotros, sino por nuestras propias inclinaciones humanas. Pero, así como David encontró el equilibrio en medio de sus cambios y fluctuaciones, así también nosotros podemos encontrar el equilibrio, la esperanza, y la fuerza solamente en Él.

Jesucristo nos demuestra que es el Señor de todas las estaciones de la vida humana. Su muerte parecía que traía consigo un permanente invierno lleno de oscuridad, pero Él resucitó de entre los muertos. Así como el Señor diseñó soberanamente el paso de las estaciones, de la misma manera, el Dios soberano diseñó su plan de redención perfecto. Jesús lo explicó así: “¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en su gloria?… Y les dijo: Así está escrito, que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día; y que en su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas” (Lc. 23:26, 46-48).

Nosotros somos testigos de que el invierno ha acabado porque nuestro buen Señor acabó con la muerte, la oscuridad, y la tempestad. Todo aquel que se arrepienta de sus oscuridades y confíe en su obra en la Cruz podrá vivir en la luz y la vida primaveral que solo a su lado se puede vivir.


Imagen: Lightstock.
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