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Cuando mi esposo y yo nos mudamos a otra ciudad para ocupar su nuevo ministerio como pastor principal en una pequeña iglesia rural, el pastor que nos envió oró por nuestro futuro sufrimiento en el ministerio. En ese momento, no podía entender por qué oraba por algo así. ¿Qué tipo de sufrimiento nos esperaba? ¿No era la iglesia el lugar más seguro para un pastor y su esposa?

Eso fue hace casi veinte años, y si pudiera volver a mi yo más joven, le diría que pocas cosas le traerían más dolor que la iglesia local. Pero también le diría que su sufrimiento en el ministerio sin duda valdrá la pena.

El fuego amigo es el más doloroso

Después de diez años de ministerio, mi esposo y yo estábamos dispuestos a tirar la toalla. Ser pastor era un trabajo duro, con cargas emocionales y espirituales que no podíamos desenredar de las otras partes de nuestra vida. Me costaba hacer amigos en la iglesia porque no estaba segura de en quién podía confiar. Los miembros que antes habían prometido fidelidad se marcharon en masa. Las críticas sobre metodología casi siempre se convertían en ataques personales al carácter, y si las personas estaban descontentas con mi esposo, yo solía enterarme. Quizá los comentarios y las quejas no iban dirigidos a mí, pero dolían igualmente.

Como personas unidas por el evangelio, reconciliados con Dios y unos con otros por medio de Jesús, no solo debemos llevarnos bien, sino también amarnos con ‘afecto fraternal’

Me sorprendió lo profundo que dolía la vida ministerial. La iglesia es una familia, y las heridas infligidas por hermanos y hermanas son profundas.

Durante aquellos primeros años de turbulencia en la iglesia, un misionero que estaba de visita se quedó con nosotros y compartimos algunas de nuestras luchas con él. «El fuego amigo siempre es el que más duele», nos dijo. Había sufrido una profunda persecución por parte de personas hostiles al evangelio en el país donde había servido; sin embargo, nos explicó, nada dolía tanto como los problemas dentro de su iglesia y entre otros misioneros.

Como personas unidas por el evangelio, reconciliadas con Dios y unos con otros por medio de Jesús, no solo debemos llevarnos bien, sino también amarnos con «afecto fraternal» (Ro 12:10). Cuando peleamos y nos enfrentamos unos a otros, esa reconciliación amenaza con deshacerse. El lugar donde se supone que estamos seguros y somos amados puede convertirse en el lugar que más tememos. La iglesia se convirtió en ese lugar de temor para mí, pero no podía alejarme del cuerpo de Cristo porque sabía que Jesús la amaba. De alguna manera, yo también debía hacerlo.

Jesús ama a Su iglesia

A lo largo del Nuevo Testamento, Jesús es llamado el Novio, y aprendemos que un día presentará a la iglesia como Su Novia pura y sin mancha ante el Padre (Ef 5:27). Pablo utilizó la metáfora del matrimonio para ayudarnos a ver lo importante que es la iglesia para Jesús. Él entregó Su vida para hacerla nueva y hermosa. Si Jesús está comprometido con la iglesia, nosotros también deberíamos estarlo.

Aunque podemos dañar relaciones allí por nuestra pecaminosidad, la iglesia es uno de los medios principales que Dios nos ha dado para la santificación y la perseverancia en la fe. No es una actividad opcional (He 10:25). Es un regalo de Dios para cada uno de nosotros que solíamos estar lejos, pero que hemos sido acercados por la sangre de Cristo. La iglesia es un medio de gracia por el cual somos santificados, enseñados, disciplinados y animados.

Si Jesús está comprometido con la iglesia, nosotros también deberíamos estarlo

Pablo escribió: «amonesten a los indisciplinados, animen a los desalentados, sostengan a los débiles y sean pacientes con todos» (1 Ts 5:14). El cuerpo de Cristo ofrece protección a los que se desvían del camino, consuelo a los afligidos, provisión a los pobres y enseñanza a todos. Juan exhortó repetidamente a los creyentes a ejercer su obediencia con amor mutuo, señalando muchas veces que ese mismo amor los distinguiría del mundo (Jn 13:35; 1 Jn 4:20-21; 5:1).

El amor significa ejercer el perdón y la bondad unos con otros, como Cristo ha hecho con nosotros. Significa asumir la buena voluntad, guiar con gracia y soportar a los que están luchando. La obediencia es el camino a seguir cuando luchamos por amar a la Iglesia.

La iglesia puede herir y sanar

Gracias a la bondad de Dios, nuestra iglesia sobrevivió a una década de crisis y empezó a recuperarse de las disensiones. Por aquel entonces, asistí por primera vez a la conferencia de mujeres de The Gospel Coalition. Me apunté a una sesión sobre las heridas de la iglesia y, con lágrimas en los ojos, escuché a Jackie Hill Perry decir: «Dios puede usar la iglesia para sanar tus heridas relacionadas con la iglesia».

¿Era posible que la sanidad tuviera lugar en la misma iglesia en la que me habían herido tan profundamente? Yo creí que sí. Volví a casa con un fervor renovado por amar al cuerpo al que Dios nos había llamado. A medida que mi familia de la iglesia se unía más y aprendía a confiar de nuevo en los demás, busqué tímidamente amistades más profundas que aún hoy conservo con firmeza.

Mi esposo y yo pronto celebraremos diecinueve años con la familia de nuestra iglesia, y somos la prueba viviente de que Dios tiene buenos propósitos para Su pueblo. Él puede llamarnos a sufrir en el ministerio, y puede tener largas lecciones de resistencia fiel que enseñarnos, pero puedo asegurarte que valdrán la pena. Las alegrías de amar a mi familia de la iglesia superan con creces las penas. No siempre lo haremos bien, pero podemos aferrarnos a la promesa de Cristo de presentarnos un día puros y sin mancha ante el Padre.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson.
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