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Cuando un chico es reclutado a la NFL, está muy consciente de que su futuro incluye algo de dolores fuertes. Él sabe que los entrenamientos de verano serán calientes y los entrenadores lo abatirán al suelo. Él sabe que los jugadores rivales están orando por la oportunidad de golpearlo con fuerza violenta. Él sabe que sus ligamentos sufrirán torceduras y sus articulaciones sentirán dolor. Como si eso no fuese suficiente, él está consciente de que sus mayores errores se reproducirán por ESPN, para millones de aficionados.

Sin lugar a dudas, si un chico va a tener éxito en la NFL, tiene que estar preparado para los peligros del oficio.

Un hombre que busca el ministerio pastoral también debe ser muy consciente de los peligros laborales que le esperan. Piénsalo de esta manera. Una iglesia es una reunión de pecadores siendo liderada por pecadores. Y cada vez que se reúnen pecadores, se cometen pecados. ¡A veces bastante notables! El Nuevo Testamento ciertamente confirma esta realidad. Cuando los Corintios no justificaban la inmoralidad sexual (1 Corintios 5:1) se llevaban unos a otros a los tribunales (1 Corintios 6:1). Los Gálatas estaban a la deriva del evangelio, con Pedro, el discípulo que fue testigo de la transfiguración y la resurrección, liderando la hipocresía (Gálatas 2:12-14).

Creo que fue Colson quien dijo que la iglesia local es como el arca de Noé: el olor sería insoportable si no fuera por la tormenta afuera.

Este es mi punto: Si deseas entrar al ministerio pastoral, debes estar preparado para lidiar con el pecado. El tuyo, el mío, el nuestro, ¡el de todos! Como líder, habrá momentos en los que te encuentres en un acto común donde el pecado es contra ti. Habrá juicios, ira, chisme, deslealtad, correos electrónicos crueles, comentarios insensibles, chistes cínicos, comentarios punzantes acerca de tu familia. A veces puede ser bastante desagradable.

La respuesta de un pastor cuando el pecado es contra él determina la dirección de su ministerio. Creo que es debido a que la forma en que un pastor responde cuando el pecado es contra él revela su comprensión del evangelio. Es por eso que un hombre llamado a predicar es un hombre llamado a entender algunas cosas sobre el perdón.

Vamos a empezar con lo más importante.

Un hombre llamado es un hombre al que se le ha perdonado mucho

En Mateo 18:21, vemos a Pedro plantear la siguiente pregunta a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí que yo haya de perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”

Es difícil saber exactamente lo que impulsó la pregunta de Pedro. ¿Algún amigo lo hizo enojar y ahora se preguntaba cuántas veces tenía que perdonar antes de que pudiera golpearlo en la cabeza? Tal vez se nos ofrece un poco de conocimiento de la propia visión del perdón de Pedro (“Siete veces, sí, pero ¡pobre del lo haga ocho veces!”). Cualquiera que sea la razón de la pregunta, Jesús transforma todo paradigma de Pedro cuando responde diciendo: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18:22).

Luego el tsunami mental viene. Jesús destruye sistemáticamente toda rúbrica del perdón de Pedro con una increíble parábola de cancelación de deuda. Permítame resumirla. En la primera escena de la parábola, un rey perdona una deuda asombrosa de 10,000 talentos. Para entender la verdadera amplitud de esta cancelación, es necesario entender que un solo talento era aproximadamente veinte años de salario. Un talento era una medida del valor más alto. Y Jesús no eligió el número 10,000 al azar. El número 10,000 era el número griego más alto. En otras palabras, la deuda que fue perdonada era insondablemente, astronómicamente alta. Jesús está tratando de ilustrar el perdón a un nivel casi incomprensible.

Jesús entonces continúa con la segunda escena, en la cual el deudor recién perdonado se encuentra con un hombre que le debe una pequeña cantidad de dinero. El primer deudor se dirige furiosamente al segundo deudor, poniéndolo en un serio asimiento y exigiendo el pago. El segundo deudor no puede pagar la pequeña deuda, y el primer deudor lo echa a la cárcel.

Cuando el rey se entera de las acciones despreciables del hombre al que había perdonado hace poco, lo llama a explicar y luego es echado a la cárcel.

Para asegurarse de que Pedro, que siempre fue un poco lento en entender, no pierda el punto, Jesús resume el punto de la parábola, diciendo: “Así también mi Padre celestial hará con ustedes, si no perdonan de todo corazón a sus hermanos” (Mateo 18:35).

¿Qué tiene que ver este largo pasaje con el ministerio pastoral? Solo esto: Los pastores son primero pecadores perdonados, y pecadores perdonados perdonan mucho.

Si entras al ministerio pastoral, inevitablemente se cometerán pecados contra ti. De hecho, como líder, de una forma peculiar, pecarán contra ti. Dado que traerás dirección y hablarás la verdad, la gente va a reaccionar y responderá en una variedad de maneras. A veces, serás el pararrayos para el pecado y la crítica. Debes vivir consciente de todo lo que se te ha perdonado para que seas pronto en perdonar al que peca contra ti. Pecadores perdonados perdonan el pecado.

Para que el perdón sea real, no puede terminar solo contigo. Para que el perdón pueda ser fructífero en tu ministerio, debes transmitirlo a otras personas. Lo más gracioso del perdón es que viene con una divina redundancia. Estás llamado a replicar el perdón que has recibido de otros.

Esto plantea una pregunta importante. Al considerar el llamado al ministerio, ¿estás preparado para abrazar el llamado a que se cometa pecado contra ti y perdonar? En este momento, ¿hay áreas de falta de perdón en tu vida? ¿Hay personas en tu pasado contra quien sigues teniendo rencores serios? Si es así, ahora es el momento de afrontarlo. La falta de perdón, como la gangrena, tiene una manera de agravarse en nuestras almas. Al igual que la calumnia, nos habla y murmura, recordándonos las injusticias cometidas y los agravios no resueltos. Si no tratas con la falta de perdón, se obstaculizará seriamente tu eficacia en el ministerio.

Pero no te diré simplemente que lo “superes”, como si el perdón fuese una lesión menor de la que puedes salir ileso. Sin embargo, hay cosas por hacer. Por ejemplo, quiero animarte a meditar en Efesios 4:32, que dice: “Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, como Dios en Cristo los perdonó”. El camino hacia el perdón radica en la consideración de la gran deuda de la cual Dios te ha perdonado. Dios ha perdonado a cada uno de nosotros una deuda increíble, sorprendente, incomprensible. Se nos ha perdonado mucho, ¿pero estamos dispuestos a amar mucho (Lucas 7:47)? ¿Estás dispuesto a transmitir ese perdón a los demás?

Si vas a seguir adelante en el ministerio pastoral, es necesario hacer frente a esta realidad fundamental: pecadores perdonados perdonan el pecado. Tu eficacia como pastor te exigirá creerlo y aplicarlo de manera que otros puedan experimentarlo y disfrutarlo.


Publicado originalmente en Am I Called?. Traducido por Hugo Ochoa.
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