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¿Qué significa ser mujer?

Pocas cosas evocan tanta emoción como alguien preguntando, o intentando definir, lo que significa ser mujer. Especialmente, en mi caso, una mujer cristiana. El concepto de ser mujer se filtra de tal manera en nuestros roles y relaciones que fácilmente puede convertirse en la base sobre la cual evaluamos nuestra autoestima. Resistimos con vehemencia cualquier cosa que pueda amenazar el fundamento de la feminidad tal como la hemos definido nosotras mismas.

¿Qué es importante hoy en día?

Últimamente he dedicado mucha atención a meditar y a estudiar las complejidades de la feminidad bíblica, la sumisión, y otras controversias de género. Una noche me senté y comencé a organizar furiosamente mis pensamientos y observaciones, usando palabras y frases significativas e impactantes para analizar y “resolver” los problemas…

Y luego me detuve. Miré mis palabras escogidas apasionadamente y vacilé. No tanto sobre las palabras mismas, sino sobre el por qué detrás de ellas.

Entender estas ideas teológicas profundas antes de ir a la cama, ¿cómo impactarán quién soy cuando me levante por la mañana? ¿Será mi día diferente? ¿Seré una esposa, una madre, o una amiga diferente? Mis luchas y pecados del día a día todavía estarán allí para saludarme al amanecer. Nunca he querido ser otra voz distante y vaga que se sume al ruido.

Así que guardé mis notas y me fui a la cama luchando con Dios. ¿Qué es lo que necesito saber en este momento sobre el ser mujer? A la mañana siguiente, al despertarme con el sol y sus colores, y con las nuevas misericordias de Dios, me levanté de la cama con una pregunta que presionaba mi alma: “¿Cómo seré una mujer excelente, y reflejaré hoy la belleza de Dios?”.

La pregunta persistente

¿Cómo puedo reflejar la belleza de Dios hoy? Esa es la pregunta que debe estar a la vanguardia en nuestras mentes cada hora, anhelando una respuesta. Es lo que está detrás de todas nuestras etiquetas y argumentos y definiciones, seas una esposa joven o una abuela, soltera o casada, de ocho u ochenta años.

Es la pregunta que importaba cuando me despedía del autobús que llevaba a mis hijos a la escuela pública, y la que importaba cuando me sentaba durante horas enseñándoles en casa. Importaba cuando trabajaba como mesera doce horas al día, cuando estaba en la capital del país elaborando planes militares para combatir armas de destrucción masiva, y cuando, como madre, cambiaba pañales y moderaba berrinches en casa.

Como un tatuaje cuidadosamente elegido en el antebrazo, imaginamos que la manera en que nos identificamos nos marcará tan poderosamente como para cambiar la manera en la que somos percibidas en el mundo. Creemos que nuestras ideologías o términos nos harán mágicamente más obedientes, o mejores esposas, o más compasivas hacia los pobres y oprimidos, sin nunca tener que vivirlo.

Con demasiada frecuencia, el vórtice del discurso que rodea a la feminidad bíblica nos ciega a lo que significa vivir con excelencia, y reflejar la hermosa imagen de Dios en este mismo momento, o en lo que hacemos después, o en lo que escribimos o decimos.

Cuenta la historia del Dios hermoso

Como mujeres, nuestras fuerzas, nuestra belleza, nuestra autoestima, y la esencia de quien somos provienen de nuestro Creador, cuya imagen reflejamos, y esto mucho antes de los debates de género del siglo veinte. Mi hacedor me definió cuando Él me formó de tal manera que dejó en mí su huella. Él define a todas las mujeres cuando nos crea intencionalmente para reflejar facetas particulares de su belleza.

¿Qué significa ser una mujer excelente hoy en día? Es contar esa historia con fuerza y ​​pasión, para magnificar la belleza de Cristo, y deleitarnos en el gozo de Dios cuando lo reflejamos a través de nuestra individualidad. 

Satanás odia la belleza porque odia a quien ella refleja. Él hace todo lo posible por destruirla y abusarla y oprimirla y contorsionarla, para que refleje al mundo quebrantado en lugar de a Dios. Si no puede destruirla, se contenta con vernos pasar nuestros días luchando y escribiendo sobre ello. Satanás está feliz de vernos discutir sobre la belleza de la mujer, siempre y cuando ello nos distraiga de vivirlo. Es posible estar tan paralizados por cada nueva “manera de hacer las cosas”, y tan divididos por los debates, que nunca lleguemos a entregar realmente nuestras vidas a Dios con el deseo de ser guiadas por Él a donde quiera que nos lleve.

Imagen parcial de arte infinito

A menudo trabajamos al revés, centrándonos tanto en presentarnos al mundo como portadoras de la imagen de nuestras ideologías elegidas, que olvidamos a quién debemos reflejar. La gloria de Dios debe desbordarse en cada aspecto de lo que hacemos como mujeres, esto es lo que significa ser conformada a la imagen de Cristo.

Pero, ¿cómo se ve eso?

Puesto que el Dios infinito es la fuente de nuestra belleza, nunca podríamos pintar un cuadro completo de lo que es una mujer excelente y bíblica. El conocer la fuente de nuestra belleza y excelencia debería darnos propósito en las cosas pequeñas y humildad en las cosas grandes. La verdadera belleza no es subjetiva, pues hay cosas que no son hermosas, pero es infinita, ya que hay infinitas maneras de reflejar verdaderamente a nuestro Artista.

Es rendir lo que hace que mis puños estén fuertemente apretados cuando discuto con mi marido. Es identificar los lugares a donde mi mente divaga cuando estoy enojada o ansiosa. Es buscar el reino de Dios a expensas del mío. Es tratar mi cuerpo como un templo, pero no como un ídolo (1 Cor. 6:19). Es sentirme entristecida por mi pecado, pero gozosa por el perdón de Dios. Es dejar de lado las cosas insignificantes que me impiden sostener o leer a mi niño, y es dejar que alguien más sostenga o lea a ese mismo niño cuando Dios pone otros deberes ante mí.

Podría ser dejar que otros lideren cuando me siento más equipada, o dirigir cuando me siento más incapaz, porque el poder de Dios se perfecciona en la debilidad (2 Cor. 12:9). Podría ser callarme cuando tengo ganas de gritar, o proclamar en voz alta cuando me siento demasiado tímida incluso para susurrar. Podría ser servir a los demás cuando más deseo ser servida. Podría ser descansar cuando el servir atrae a la gente a mí en vez de a Cristo.

Es realizar mi trabajo con excelencia. Es mostrar que mi feminidad, y su belleza, y sus respuestas, son el fruto del Espíritu de Dios dentro de mí, en lugar de enfocarme en mí misma.

El arte de ser mujer

Eso es ser mujer bíblicamente; el arte de ser mujer, por así decirlo. Es vivir de una manera tan hermosa y excelente que la sinfonía de nuestras vidas atraiga a otros a la infinita belleza de nuestro diseñador, ahogando la provocadora canción estridente del mundo, cuya efímera y superficial belleza lleva solo al terrible quebrantamiento.

El arte puede reflejar pero nunca superar a su artista, entonces cuando nos levantamos de la cama con el objetivo de ser una obra maestra cuya belleza refleja a nuestro Creador, para su gloria, en la próxima cosa que hagamos, solo entonces las ondas de nuestra fidelidad continuarán por la eternidad.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Juana Gervais.
Imagen: Lightstock
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