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A lo largo de los años, he hablado con varios cristianos que me han dicho que querían morir. Eran de diferentes edades y grupos étnicos; tenían diferentes personalidades y diferentes razones. Pero cada uno de ellos llegó a la conclusión de que la muerte era para ellos mejor que la vida.

Se necesita valor para sacar a la luz esos pensamientos secretos de muerte. Muchos otros no podrían identificarse. La mayor parte de la humanidad solo había huido del miedo que les ganaba momento a momento. Pocos habían sentido el impulso de detenerse, girar y recibir a la bestia como un amigo.

Ahora bien, estos eran hombres y mujeres cristianos. Conocían el horror del asesinato propio. Sabían que tal crimen no era un gesto romántico entre jóvenes amantes, sino un pecado atroz contra el Autor de la vida. Cuando los pensamientos suicidas trataban de guiarlos hacia otra salida, incluso en medio de circunstancias debilitantes y crueles, sabían que debían resistir las sugerencias de Satanás. Por fe, continuarían, poniendo un pie delante del otro, hasta que el Padre absolutamente sabio los llevara a casa. Algunos oraban precisamente por eso.

Si has pedido a Dios que te quite la vida, una de las primeras verdades que debes comprender es que no estás solo.

Si has pedido a Dios que te quite la vida, una de las primeras verdades que debes comprender es que no estás solo

Dios ha escuchado tales peticiones antes. Por diferentes razones, en diferentes momentos, desde diferentes fosas, hombres y mujeres de Dios han orado para ser llevados. Las oraciones que encontramos en las Escrituras no solo provienen de santos normales como nosotros, sino de los que menos esperaríamos que lucharan en esta vida: los líderes y héroes del pueblo de Dios.

Consideremos a continuación algunos hombres de Dios, cuyas oraciones plasmó el Espíritu Santo para recordarnos que no estamos solos y, más importante aún, para dar testimonio de cómo nuestro bondadoso y misericordioso Dios trata con los Suyos en sus momentos más bajos.

Job: El padre desesperado

¡Quién me diera que mi petición se cumpliera,
Que Dios me concediera mi anhelo,
Que Dios consintiera en aplastarme,
Que soltara Su mano y acabara conmigo! (Job 6:8-9)

Apuesto a que las oraciones angustiosas por la muerte son las más comunes. Llegan en el invierno de la vida, cuando incluso los pájaros cantores tienen demasiado frío para cantar.

Job, un hombre justo sin rival en la tierra (1:8), ahora está sentado sobre cenizas, con la piel llena de llagas, rodeado de amigos que lo acusan y con un corazón demasiado pesado para sostenerlo. De las ruinas de una vida anterior surgen los fragmentos de una oración: toda su riqueza ha desaparecido, muchos de sus sirvientes han sido asesinados, es más, sus diez hijos quedaron enterrados bajo una casa, derrumbada por un gran viento.

Job, tambaleándose de dolor, maldice el día de su nacimiento: «Perezca el día en que yo nací, y la noche que dijo “Un varón ha sido concebido”» (3:3). Él reflexiona en voz alta: «¿Por qué se da luz al que sufre, y vida al amargado de alma; a los que ansían la muerte, pero no llega, y cavan por ella más que por tesoros; que se alegran sobremanera, y se regocijan cuando encuentran el sepulcro?» (vv. 20-22). Ahora la muerte brilla como un tesoro, se difunde como una dulzura. No ve motivos para esperar.

Quizás tú, como Job, has sufrido una gran pérdida. Tal vez te sientas entre los escombros, despreciado por los días pasados y los amores perdidos. No puedes soportar más; miras hacia adelante en una noche interminable. La esperanza te ha dado la espalda. Pero considera nuevamente que Dios no lo ha hecho.

El Señor negó la petición de Job. Tenía más compasión para dar, más misericordia, más comunión, más arrepentimiento, incluso más hijos esperando al otro lado. Job era incapaz de imaginar cómo su vida podría llegar a glorificar la gracia de Dios, como resume Santiago: «Han oído de la paciencia de Job, y han visto el resultado del proceder del Señor, que el Señor es muy compasivo y misericordioso» (Stg 5:11).

Sigue creyendo. Sigue confiando. Esta noche oscura te está preparando un eterno peso de gloria

Puede que algunos sufrientes no encuentren consuelo en el final de cuento de hadas de Job, pero su fortuna renovada no anticipa ni la mitad de la tuya en Cristo. Sigue creyendo. Sigue confiando. Esta noche oscura te está preparando un eterno peso de gloria (2 Co 4:17). Las cicatrices allí harán más que sanar.

Moisés: El líder cansado

Y si así me vas a tratar, te ruego que me mates (Nm 11:15).

Esta es la segunda oración por muerte que escuchamos de Moisés en su largo viaje con el pueblo. La primera viene en su intercesión por ellos después de la rebelión del becerro de oro (Éx 32:32). Ahora ora por la muerte al verse como un líder agobiado y hastiado.

El rescatado pueblo de Israel, con las llagas aún curándose y Egipto todavía a la vista, se queja «de sus desgracias».

¿Quién nos dará carne para comer? Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, de los pepinos, de los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; pero ahora no tenemos apetito. Nada hay para nuestros ojos excepto este maná (vv. 4-6).

La ingratitud ha deformado sus mentes. Sus recuerdos sugieren que la esclavitud incluía un buffet de mariscos; mientras tanto, el milagroso pan gratuito se había vuelto amargo e insípido. ¿Realmente esperaba Moisés que se conformaran con un chef de segunda?

Los ingratos fijan sus ojos en Moisés, murmurando mientras se amotinan por lo mucho que echaban de menos Egipto. Moisés mira a Dios y exclama:

Yo solo no puedo llevar a todo este pueblo, porque es mucha carga para mí. Y si así me vas a tratar, te ruego que me mates si he hallado gracia ante Tus ojos, y no me permitas ver mi desventura (vv. 14-15).

Nota de nuevo la respuesta bondadosa de Dios. No mata a Moisés, sino que le proporciona setenta ancianos para que le ayuden en su labor, dándoles a estos hombres una medida de Su Espíritu. Como medida adicional, Dios promete alimentar a Israel con carne, tanta carne que les saldrá por las narices y empezarán a aborrecerla (v. 20).

Si estás cansado bajo cargas demasiado pesadas para que tus débiles brazos las lleven, e incluso a veces desearías morir, ve al Dios de Moisés. Apóyate en Él en oración. Tu Padre compasivo te proporcionará ayuda para aliviar tu carga y levantará tus brazos para darte la victoria.

Jonás: El mensajero enojado

Te ruego que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida (Jon 4:3).

Jonás, el profeta inmisericorde, desconcierta a muchos cuando leen el libro que lleva su nombre. Muestra una determinación insensible de que Nínive, capital de los enemigos de Israel, los asirios, no reciba la misericordia de Dios, sino la destrucción. Se niega a ser un instrumento para su salvación.

Si estás cansado bajo cargas demasiado pesadas para que tus débiles brazos las lleven, e incluso a veces desearías morir, ve al Dios de Moisés

Dios le había renovado después de navegar lejos de su llamado. Dios lo había rescatado de ahogarse en el mar. Dios le había dado una sombra refrescante mientras esperaba fuera de la ciudad para verla arder. Sin embargo, Jonás seguía sin dejar de lado su odio. Cuando se dio cuenta de que ninguna condenación descendería,

…esto desagradó a Jonás en gran manera, y se enojó. Y oró al Señor: «¡Ah Señor! ¿No era esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me anticipé a huir a Tarsis. Porque yo sabía que Tú eres un Dios clemente y compasivo, lento para la ira y rico en misericordia, y que te arrepientes del mal anunciado. Y ahora, oh Señor, te ruego que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida» (Jon 4:1-3).

Pocos en Occidente se enfrentan hoy a la tentación de querer destruir a todo un pueblo. Los asirios eran un pueblo brutal, brutal con el pueblo de Jonás. Pero quizás a menudo asesinamos en nuestros corazones a aquellos que nos han hecho daño. Mientras ellos viven, nuestra vida se pudre. A esto, el Señor responde, de nuevo, con paciencia y compasión, dándonos sombra mientras el calor nos rodea, preguntándonos como un Padre paciente: «¿Tienes acaso razón para enojarte?» (v. 4).

La mayoría de las veces, no lo hacemos bien. Esta oración por muerte es insensata. Es necesario el arrepentimiento. Acude a tu Padre para que te ayude a extender ese perdón imposible que tan gratuitamente recibiste de Él, para que seas capaz de orar: «perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores» (Mt 6:12).

Elías: El profeta temeroso

Elías tuvo miedo, y se levantó y se fue para salvar su vida… pidió morirse y dijo: «Basta ya, Señor, toma mi vida porque yo no soy mejor que mis padres» (1 R 19:3-4).

Podemos dar testimonio de que aquí se encuentra uno con una naturaleza similar a la nuestra (Stg 5:17). Notemos que este momento llega después del mejor momento de Elías. El profeta de Dios ganó el enfrentamiento con Acab y los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. Dios hace llover fuego delante de todo Israel para mostrar que un verdadero profeta camina entre ellos.

O corre entre ellos. Después de que Jezabel se entera de que mandó matar a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, jura añadir a Elías a ese número. «Elías tuvo miedo, y se levantó y se fue para salvar su vida» (1 R 19:3). El profeta perseguido se esconde en el desierto, se sienta bajo un árbol, intenta dormir y ora para no despertar: «Señor, toma mi vida».

¿Oras para que la muerte se acerque porque temes a los vivos? Jesús nos dice: «Así que Yo les digo, amigos Míos: no teman a los que matan el cuerpo, y después de esto no tienen nada más que puedan hacer» (Lc 12:4). Más allá de esto, la historia de Elías nos invita a examinar nuestro último año o nuestra última semana o nuestro ayer en busca de razones, a menudo claras, para seguir confiando en un Creador fiel mientras hacemos el bien.

Nuevamente, Dios trata con compasión a Elías. Lo llama para que se levante y coma, le proporciona una comida fresca en el desierto y le da provisiones para el viaje que tiene por delante (1 R 19:5-8). Observa también la bondad sonriente de Dios con Elías, ya que el profeta, aunque amenazado de muerte y orando por ella, nunca muere (2 R 2:11-12).

Pablo: El apóstol deseoso

Teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor (Fil 1:23).

La respuesta principal de Dios a aquellos hombres de Dios que oraron por la muerte es compasión paternal.

La respuesta principal de Dios a aquellos hombres de Dios que oraron por la muerte es compasión paternal

Tanto si eres como Jonás y estás tentado a despreciar la misericordia de Dios hacia los demás, clamas bajo tus cargas como Moisés, corres por tu vida como Elías o anhelas alivio como Job, considera a tu Dios misericordioso. Él sale al encuentro de Job trayendo consigo un nuevo comienzo, de Moisés trayendo setenta hombres para ayudarle, de Jonás trayendo una planta para darle sombra, de Elías trayendo comida y bebida para el viaje que le espera.

El mismo Dios, a través de la obra completa de Su Hijo y de la obra regeneradora de Su Espíritu, convierte la muerte en una expectativa para nosotros, ¿no es así? Esa muerte enemiga debe transportarnos a ese mundo para el que fuimos hecho de nuevo.

El apóstol Pablo, aunque no ora por la muerte, nos muestra una perspectiva redimida de nuestro último enemigo.

Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia. Pero si el vivir en la carne, esto significa para mí una labor fructífera, entonces, no sé cuál escoger. Porque de ambos lados me siento apremiado, teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor (Fil 1:21-23).

También nosotros podemos volvernos, enfrentarnos al monstruo en el momento perfecto de Dios y abrazarlo con una paz que el mundo no conoce. Nosotros también tenemos un anhelo saludable de partir de esta tierra y estar con Cristo. Nosotros también tenemos el Espíritu, quien gime interiormente mientras aguardamos la consumación de nuestra esperanza (Ro 8:23). Nosotros también oramos «¡Maranatha!» y anhelamos la última noche de este mundo, porque anhelamos el nuevo comienzo de este mundo.

No anhelamos morir por morir o simplemente para escapar de nuestros problemas, pero sí anhelamos una vida interminable con Cristo que se encuentra al otro lado del dormir y que podemos saborear más y más, incluso ahora, a través de Su palabra y Su Espíritu.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.
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