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Predicador, puedes predicar mejor que John MacArthur, John Piper, David Platt, y H.B. Charles. Me pregunto si eso te sorprende. No debería. Puedes predicarle mejor a tu rebaño que cualquiera de esos predicadores expositivos mundialmente reconocidos. Si reprodujeras los sermones de ellos en tu iglesia a través de vídeo u holograma, sería mucho menos efectivo que los sermones bíblicamente fieles y centrados en Cristo que predicas a tu congregación. Si esto no fuera cierto, todos deberíamos conseguir grabaciones de predicadores como Martyn Lloyd-Jones o Adrian Rogers y sentarnos con la congregación los domingos por la mañana.

Puede que no tengas el don de estas figuras históricas del púlpito del pasado y presente, pero sí tienes la misma Palabra de Dios, el evangelio de Cristo, y el llamado como pastor de Jesucristo. También tienes algo que ellos no tienen: el rebaño específico que Jesús te ha confiado para pastorear con Su Palabra.

Alimenta a las ovejas

John Broadus fue el primero en enseñar sobre predicación en el Seminario del Sur, donde ahora tengo el privilegio de hacer lo mismo. Considera la forma personal en que Broadus describe el momento de predicación al comienzo de su obra clásica, A Treatise on the Preparation and Delivery of Sermons (Tratado sobre la predicación):

“Cuando un hombre que es apto para enseñar, cuya alma está en llamas por la verdad en la cual confía que lo ha salvado a él y espera que salve a otros, habla a sus semejantes cara a cara, mirándolos a los ojos; y hay impulsos eléctricos afines que van y vienen de un lado a otro entre él y sus oyentes, hasta que se elevan mutuamente (más y más arriba) hacia el pensamiento más intenso y la emoción más apasionada (cada vez más alta, hasta que son llevadas como en carros de fuego sobre el mundo), hay un poder para mover a los hombres, para influir en el carácter, la vida, el destino, tal como ninguna página impresa ha de poseer”.[1]

¿Qué significa ser un pastor bajo el Buen Pastor, teniendo la Palabra de Dios y un rebaño particular de Dios (1 P. 5:2; Jn. 10:11; 2 Ti. 3:16; Hch. 20:28)? Jesús, el Buen Pastor, dijo: “Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco, y me siguen” (Jn. 10:27). Las palabras del Buen Pastor, que son las palabras inspiradas por Dios en toda la Biblia, son el alimento en el que sus ovejas se alimentan; son “espíritu y vida” (Jn. 6:63).

Los discípulos de Cristo continúan escuchando Su voz hoy a través de la voz del predicador de la Palabra de Dios

Como pastores, nuestra autoridad se basa únicamente en las palabras que tenemos de la boca de Dios: las Escrituras (Mt. 4:4; 2 Ti. 3:16). Separados de las palabras de Dios, todos somos ovejas sin pastor. Los discípulos de Cristo, sus ovejas, continúan escuchando la voz de Cristo hoy a través de la voz del predicador de la Palabra de Dios que ha sido empoderado por el Espíritu Santo (Ro. 10:14; Ef. 2:17; 1 Ts. 2:13).

Predica la Palabra

Dios siempre se ha revelado a sí mismo a través de su Palabra: Él habló el mundo a existencia, Él habló a los portadores de su imagen en la creación, Él habló a través de los profetas y ellos proclamaron Su Palabra, Él habló cuando la Palabra Viva se hizo carne, Él habló a través de sus apóstoles y ellos proclamaron Su Palabra, y Él continúa hablando hoy a través de pastores que predican Su Palabra.

Pastor, ya sea que el rebaño que pastoreas al predicar Su Palabra sea una mega-iglesia de 10 000 miembros en un centro urbano o sea una pequeña iglesia rural en una pequeña ciudad de Estados Unidos, estás ahí como alguien designado por Dios para hablar Su Palabra a Su pueblo. Por más que nos cueste creerlo, en la predicación fiel de la Palabra de Dios, el oyente no está simplemente escuchando acerca de Cristo, sino que está escuchando de Cristo. Cristo mismo habla a través de sus débiles pero fieles predicadores. Juan Calvino afirma:

“Cristo actúa a través de ellos de tal manera que Él desea que la boca de ellos sea contada como su boca, y los labios de ellos como sus labios; esto es, cuando ellos hablan de su boca, y declaran fielmente su Palabra”.[2]

El pastor congregacional se encuentra cara a cara ante el pueblo de Dios como una voz viva que habla la palabra de vida (Fil. 2:16). Todo seguidor de Cristo anhela el día en que Él consume su reino, y ellos vean su rostro (Ap. 22: 4). Hasta ese día, el creyente escucha a Cristo a través de la voz del pastor que Él ha designado para predicar Su Palabra en su iglesia. La transacción entre un grupo particular de ovejas espirituales escuchando y la voz viva de un pastor particular hablando, y entre ellos mediando la voz del Buen Pastor a través de las Escrituras, es una realidad íntima y personal que no puede ser replicada por cualquier voz ni por cualquier persona.

Pastorear fielmente significa confiar en Dios con tu tarea en lugar de tratar de ser Dios

Así, muchas veces un miembro de la iglesia le dirá a su amado pastor cuya voz conoce bien, una voz que le ha enseñado fielmente, que le ha ayudado una y otra vez a escuchar a Cristo: “Tú eres mi predicador favorito en todo el mundo. Prefiero escucharte predicar a ti que a cualquier otra persona”. Frecuentemente no es una adulación vacía, sino una realidad. No están sugiriendo que su pastor sea el predicador mejor capacitado y dotado del mundo entero. Más bien, están expresando que ellos son sus ovejas que conocen y aman su voz, y lo reconocen como un regalo único del Espíritu de Cristo para ayudarles a escuchar a Cristo en Su Palabra.

Cumple tu llamado

Pastor, aquí está el peligro: has sido confiado de manera única con un alto y santo llamado en una iglesia local, y en lugar de gastar lo tuyo y ser gastado llevando a cabo la tarea con todas tus fuerzas, estás perdiendo el tiempo estando celoso de las obligaciones y dones de otra persona. Pastorear fielmente significa confiar en Dios con tu tarea en lugar de tratar de ser Dios. Es dudoso que en el último día vas a estar ante Cristo deseando haber tenido las ovejas de otra persona por las cuales dar cuenta como aquel encargado de velar por sus almas (Heb. 13:17).

Llénate con la palabra “viva y eficaz” de Dios (Heb. 4:12), y usa tu viva voz en el poder del Espíritu para predicar a Cristo al rebaño que se te ha confiado para la gloria de Dios mientras tengas aliento. El objetivo final debe ser el mismo sin importar el tamaño, ubicación, o historia de tu iglesia: “Predica el evangelio. Muere. Sé olvidado”.[3]


[1] John Broadus, A Treatise on the Preparation and Delivery of Sermons (Tratado sobre la predicación), 2-3.
[2] Juan Calvino, Comentario del libro del profeta Isaías, vol. 1, 381.
[3] Nikolaus Ludwig Von Zinzendorf.

Publicado originalmente en For The Church. Traducido por Felipe Ceballos Zúñiga.
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