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La semana pasada, mientras leíamos Instrumentos en las manos del Redentor, observamos lo importante que es la corrección en la vida del cristiano. Lejos de ser algo que deba irritarnos, Proverbios nos enseña una y otra vez que debe ser algo que anhelemos. Es una muestra de amor.

¿Cómo reaccionamos cuando alguien nos reprende? ¿Buscamos excusas para justificar nuestro pecado, o confesamos con humildad nuestra culpa?

“El problema es que para los pecadores es difícil la confesión. Todos tenemos maneras de librarnos de ella. Cuando la luz de la verdad brilla sobre nosotros, por instinto negamos, reformulamos la historia, explicamos, acusamos, culpamos, nos defendemos, discutimos, racionalizamos, u ocultamos. Sin embargo, la confesión es esencial para el proceso de cambio” (loc. 10386-10395).

Si queremos cambiar, necesitamos ser confrontados con la santidad de Dios y confesar nuestro pecado. Nuestra motivación es la adoración a Aquel que nos llama a ser santos como Él es santo (Lv. 11:44). Dios promete transformar nuestros corazones, y para hacerlo usará a su Iglesia. No estamos solos.

“Hemos sido llamados a participar en la actividad más importante del universo. Dios está tomando a gente rebelde y ensimismada y los está cambiando en personas que buscan la santidad para Su gloria, aun cuando tengan que sufrir en un mundo caído” (loc. 10898-10901).

Personas en proceso sirviendo a personas en proceso

Cada miembro del cuerpo de Cristo, desde el que tiene 50 minutos siendo creyente hasta el pastor con 50 años en el ministerio, es un miembro en proceso. Ninguno de nosotros “lo ha logrado”. Todos tenemos puntos ciegos y áreas en las que necesitamos ser transformados.

“Tenemos que hacer lo que Dios nos ha llamado a hacer en un espíritu de alegre sumisión, y en un espíritu de humilde confianza; dejemos que Dios haga lo que sólo Él puede hacer” (loc. 11799-11802).

Dios no quiere dejarnos igual, y por eso utiliza cada una de nuestras relaciones y circunstancias para moldearnos más a su imagen. Cuando todo va bien, es fácil aceptarlo; cuando las cosas van mal, muchas veces necesitamos que alguien nos lo recuerde. Por eso la vida en comunidad es importante. Necesitamos hermanos y hermanas que nos animen a vivir continuamente obedeciendo a y confiando en Dios en medio de cualquier situación.

“Ya sea usted un hijo, un cónyuge, un vecino, un pariente, un pastor, un empleador o empleado, un maestro, un estudiante, o un amigo, todas sus relaciones deben reflejar su llamado como embajador. […] Dios envía gente imperfecta a gente imperfecta con el mensaje de Su gracia para que Él pueda recuperar todos los corazones para Su gloria” (loc. 12567-12578).

Quizá te sientes completamente incapaz de ayudar a otros a vivir como Dios quiere que vivan. La mera idea de confrontar a alguien te aterroriza, y sientes que te pierdes entre las páginas de la Biblia cuando intentas utilizarla para ayudar a los que amas.

Es hora de quitar los ojos de ti mismo. No se trata de tus habilidades. Si eres parte de la Iglesia del Señor, Él te ha llamado para ser instrumento de redención en sus manos. Él te preparará para la tarea. Tú solo debes obedecer y confiar.

“[El ministerio personal] es casi vergonzosamente sencillo: Ame a la gente. Conózcalas. Háblele la verdad a sus vidas. Ayúdeles a hacer lo que Dios les ha llamado a hacer” (loc. 12724-12729).

Oremos para que Aquel que nos amó nos conceda ese mismo amor por las personas que nos rodean. Cultivemos amistades bíblicas en las que podamos con naturalidad confrontar los pecados uno del otro y apuntarnos a nuestro glorioso Salvador.

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