Bienaventurados los que…¿lloran?

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” Mateo‬ ‭5‬:‭4‬.

Esta es la segunda de las ocho bienaventuranzas que nuestro Señor enseñó a sus discípulos en el conocido Sermón del Monte. Ya que la palabra bienaventurado significa dichoso o feliz, es importante establecer que las bienaventuranzas nos presentan un marcado contraste entre la felicidad según Dios y la felicidad según el mundo. Asimismo, el otro aspecto a considerar en el estudio de las bienaventuranzas es que nos presentan las diferencias entre un cristiano y un incrédulo. Es decir, son una descripción del carácter cristiano que inevitablemente contrasta con el carácter del mundo.

Ahora bien, para entender esta segunda bienaventuranza debemos comenzar describiendo quiónes no son los que lloran. Es importante descartar algunas ideas erróneas acerca de “los que lloran”. Los bienaventurados que lloran NO son:

-Los incrédulos que sufren cuando pierden o fracasan.
-Los hombres del mundo que lamentan sus desgracias. 
-Tampoco se refiere a los cristianos que sufren por causa de la obediencia y la justicia, porque de ellos se refiere mas adelante en la última de las bienaventuranzas (Mat. 5:10).

Entonces ¿a quiénes se refiere “Bienaventurados los que lloran”?

Para entenderlo mejor, debemos mirar al contexto y seguir la línea de lo que el Señor ha venido hablando. En el verso anterior nos dice que “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt. 5:3). Estos son todos aquellos que entienden su miseria espiritual en la presencia de Dios, saben que están arruinados espiritualmente y reconocen su total pobreza ante la santidad divina. Entonces si se trata de una pobreza espiritual, se sigue que el “llorar” del verso 4 también es un llorar espiritual y moral. Por lo tanto “los que lloran” son los mismos que han reconocido su ruina y bancarrota espiritual y por eso lamentan su condición, se entristecen por su maldad y lloran por su pecado.

Por eso, en los días de Joel, cuando Israel se había acomodado a la inmundicia, deleitándose en la maldad y gozando su pecado, el mismo profeta dijo al pueblo: ” dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento, rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos…” (Joel 2:12-13).

Los hombres lloramos cuando nos fallan, cuando la familia sufre, cuando todo sale mal y llegan los problemas, pero ¿cuánto lloramos por nuestro propio pecado? ¿Cuánto lamentamos por nuestra maldad?

El Salmo 51 es un ejemplo elocuente de esta bienaventuranza. El rey David había adulterado con Betsabé y para encubrir su pecado, mandó matar a su esposo. Tiempo después, el hijo que Betsabé había concebido de David falleció como castigo divino. En esas circunstancias, el rey escribe este Salmo en el que reconoce su pecado, su maldad y rebelión, pero sobretodo reconoce con lamento que le ha fallado a Dios. Al leerlo, es evidente que más que un llanto por el castigo, las palabras de David revelan una profunda tristeza por su pecado. 

No obstante, antes de verlo como algo negativo, esta tristeza es necesaria y provechosa para el hombre, porque ella nos conduce al arrepentimiento. Por eso el apóstol Pablo decía que “la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación… pero la tristeza del mundo produce muerte” (2 Cor 7:10)

La tristeza del mundo es egoísta, orgullosa, sin fruto y te aleja de Dios, por eso “produce muerte”. Pero la tristeza según Dios, es provocada por el Espíritu Santo, nos humilla, nos acerca a Él, nos lleva al arrepentimiento y por eso produce salvación y vida eterna.

Este contraste lo podemos notar en Judas y Pedro quienes tuvieron reacciones diferentes cuando le fallaron al Señor. Judas solo sintió remordimiento por haber entregado a Jesús (Mateo 27:3), pero Pedro lamentó y se arrepintió de haberle fallado a su Señor (Mateo 26:75). Hay una gran diferencia entre llorar y lamentar un mal que nos sucede y llorar y lamentar por el propio pecado.

Pero el texto concluye con la promesa: “porque ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4). ¿Cómo entendemos la consolación?

La idea de consolar en el Antiguo Testamento estaba ligada al concepto de perdonar los pecados. El profeta Isaías dijo: “Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados” (Is. 40:1-2). Y luego “alegraos juntamente, soledades de Jerusalén; porque Jehová ha consolado a su pueblo, a Jerusalén ha redimido” (Is. 52:9).

Cuando hay lamento y tristeza por el pecado, entonces viene el arrepentimiento, y cuando viene el arrepentimiento, llega el perdón y con este el gozo, el descanso y el consuelo. El llorar de las bienaventuranzas se trata de un llanto santo y un lamento que es agradable a Dios, porque solo así los hombres corren a Cristo y sus pecados les son perdonados. El llorar de las bienaventuranzas es una tristeza legítima y grata ante Dios, porque también así los creyentes corremos a Cristo para alcanzar misericordia. Por eso, lo que lloran pueden ser felices. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”.

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