Belleza que importa | Reflexión

Ezequiel 28-30 y Hebreos 8-9

“A causa de tu hermosura te llenaste de orgullo. A causa de tu esplendor, corrompiste tu sabiduría. Por eso te arrojé por tierra, y delante de los reyes te expuse al ridículo” (Ezequiel 28:17 NVI).

La generación actual es la que más imágenes de sí mismo mantiene. Las redes sociales han dado lugar a una explosión de publicaciones de fotos personales que van de lo más trivial a lo exótico. Sin embargo, Marilyn Monroe es todavía, con creces, la persona cuya imagen sigue siendo más reproducida en los últimos tiempos. Su belleza física, acompañada de una vida dolorosa y una muerte repentina, la han convertido en un ícono que perdura sin importar el paso del tiempo. Como ejemplo, basta señalar el éxito logrado hace un tiempo atrás con la venta de algunas prendas de su olvidado ropero. Vestidos que le costaron algunos pocos dólares de los sesenta, se vendieron en cientos de miles de modernos billetes verdes. ¿Por qué tanto interés? Quizá sea simplemente porque estamos viviendo un verdadero culto a la mera apariencia.

Es notable cómo la belleza física y meramente estética ha copado todos los anhelos de perfección de nuestra alicaída humanidad, hasta el punto de hacernos olvidar otros valores esenciales y muy superiores. Basta pensar en los cientos de miles y hasta millones de seguidores de los “modelos top” en las redes sociales. Ellos le pone algunos “mensajes” a sus imágenes, pero en realidad es poco lo que dicen. Sin embargo, su fama se basa en un cuerpo bien esculpido y en algunos segundos caminando suavemente por una tarima, a la que elegantemente llamamos “pasarela”. Ni hablar del boom de las cirugías plásticas. Leía en una estadística que el mayor porcentaje de personas que se someten a un pequeño “arreglo” físico son mujeres de menos de 25 años que desean un poco más aquí y algo menos por allá, con el fin de sentirse “mejor consigo mismas” y ganar un poco más de una “autoestima” que por menos de acá y más de allá no han permitido desarrollar. 

Quiero dejar en claro que no tengo nada en contra de la belleza física. Creo que el Señor nos permite admirar la belleza y que es nuestro deber velar por la salud y el cuidado de nuestro cuerpo. Lo que me parece peligroso es sobredimensionar lo material y vivir en extrema pobreza en el terreno espiritual. Cada día existen nuevos gimnasios para el cuerpo, pero menos para el alma. ¿Qué es lo que nos falta? Y no solamente a nosotros, sino también a miles y miles de hermosas personas anónimas que sufren estragos emocionales al no poder cargar con su propia aparente imperfección, el dolor por no tener el color de piel o la talla de uno de los tantos ídolos de “carne” de nuestro tiempo.

Los cristianos no andamos codiciando ningún trono o lugar de privilegio porque sabemos que el trono del universo y de nuestras vidas no está vacante.

Las personas sufren al no saber balancear y encontrar el valor adecuado entre su vida interior y exterior. El problema es que unas bien contorneadas piernas, unos hermosos ojos del color del cielo, y el aire que se respira a partir del metro ochenta nunca podrán calmar la ansiedad que se produce en un corazón vacío y abandonado. Existen múltiples biografías de personalidades que nos hablan de todo lo que conquistaron en términos materiales, de sus bellos cuerpos y de sus talentos reconocidos mundialmente; pero lo que nunca pudieron subsanar fue su tremenda necesidad de afirmación emocional interior, a pesar de la dosis de belleza de las que gozaron y de la multitud de bienes externos que poseían. 

El pasaje de Ezequiel se refiere al rey de Tiro. Al parecer, este pequeño reino a orillas del Mediterráneo había vivido un tiempo de maravilloso esplendor comercial, lo que produjo riqueza, suntuosidad estética y un gran vacío espiritual. El poder, la riqueza, y la fama que había alcanzado le habían hecho perder la cabeza a su rey, hasta un punto tal que el Señor mismo debe desenmascararlo: “… En la intimidad de tu arrogancia dijiste: ‘Yo soy un dios. Me encuentro en alta mar sentado en un trono de dioses’. ¡Pero tú no eres un dios, aunque te crees que lo eres! ¡Tú eres un simple mortal!” (Ez. 28:5 NVI). Fue su perfección externa sin afirmación interna la que lo llevó a pensar con absoluta necedad. Según el historiador Flavio Josefo, Nabucodonosor sitió a Tiro por trece años hasta destruirla por completo. Hoy en día la soberbia Tiro es solo un pueblo insignificante de pescadores en las costas del Mediterráneo. 

El espíritu del rey de Tiro se ha mimetizado en los seres humanos del siglo XXI. Orgulloso de su propio orgullo, creyendo que por fin ha descubierto el trono de Dios y que se ha sentado en él, el hombre y la mujer moderna están abriendo la puerta a su propia destrucción. Creo que Víctor Hugo decía que la popularidad eran las migajas de la verdadera grandeza. Lo triste es que muchos están soñando con un aprecio que se base solamente en el “qué lindo eres”, o en el “cómo haces para mantenerte tan regia”. Que no nos distraigan los aplausos y las multitudes porque el ser humano es voluble y cambia rápidamente de gustos y señores. Nosotros, como cristianos, sabemos que podemos admirar la belleza física, pero no hasta el punto en que nos haga perder la razón. Nosotros sabemos que la visión de Dios trasciende los sentidos físicos hasta captar lo profundo del corazón.

Por otro lado, nosotros los cristianos no andamos codiciando ningún trono o lugar de privilegio porque sabemos que el trono del universo y de nuestras vidas no está vacante. Jesucristo ocupa esos lugares: “ … el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, aquel que se sentó a la derecha del trono de la Majestad en el cielos” (Heb. 8:1 NVI). Él es perfecto en hermosura y su obra también es perfecta. Esta comienza con una transformación radical y completa de nuestro interior. Nuestro Señor sabe que producto de habernos separado de Él, toda belleza se ha perdido y solo queda el terrible olor de la descomposición del alma. Por eso es que desea darnos una vida nueva y poner en nosotros de su propia belleza eterna, de aquella que no se deteriora con el tiempo ni tampoco hace sentir a unos mejores que otros: “Éste es el pacto que después de aquel tiempo haré con la casa de Israel —dice el Señor—: Pondré mis leyes en su mente y las escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Heb. 8:10 NVI). El Señor es capaz de esculpir en nuestros corazones la belleza espiritual que anhelamos al haber vencido a la muerte y ofrecernos así una nueva vida a la imagen de Jesucristo.

El Señor es capaz de esculpir en nuestros corazones la belleza espiritual que anhelamos.

Cuando le conozcamos podremos entender el verdadero sentido de las proporciones, el verdadero valor de la belleza en todas sus dimensiones físicas, anímicas, y espirituales. Con Él cerca de nosotros podremos reconocer lo efímero de nuestra vida física, pero no por ello nos refugiaremos en el existencialismo, el materialismo, o el hedonismo. Disfrutaremos de la belleza material, pero también de la espiritual. Trabajaremos para ganar suficiente dinero, pero el dinero no será el fin de nuestra existencia, y tampoco olvidaremos el significado de la generosidad. 

Cultivaremos nuestra alma y también fortaleceremos nuestro físico. Cuidaremos nuestro cuerpo, pero no soñando con su eternidad sino disfrutando cada etapa dentro de su propia temporalidad. Al final de cuentas, nuestra tranquilidad radica en la genuina expectativa de que Cristo ha tomado en sus manos nuestros fracasos y alegrías, nuestra belleza y fealdad. Pero lo más importante es que Él volverá para “…ya no cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan” (Heb. 9:28 NVI).


Imagen: Lightstock.
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