Asesoramiento | Reflexión

1 Reyes 12 – 14   y    1 Pedro 5 – 2 Pedro 1

Entonces subió al altar que había hecho en Betel el día 15 del mes octavo, es decir en el mes que él había planeado en su propio corazón. Instituyó una fiesta para los Israelitas y subió al altar para quemar incienso.

(1 Reyes 12:33)

Uno de los trabajos más reconocidos de nuestro mundo moderno es el de “Asesor”. Los hay de diferentes tipos y pelajes: jurídicos, financieros, políticos, domésticos, sociales, diplomáticos, religiosos, y hasta esotéricos. Ya sin sorpresa nos hemos enterado que muchos de los líderes mundiales consultan no solo a sus expertos políticos, sino también, a su bruja o espiritista de cabecera para dilucidar los problemas gubernamentales.

Sea quien sea el asesor de rigor, una mala selección del consejero puede traer consecuencias funestas a nuestras decisiones y a nuestro entendimiento con respecto a los tópicos en que estamos siendo asesorados. No en vano, cada día, los diarios nos dan a conocer de la caída estrepitosa de más de un connotado líder, producto de los malos consejos de un oscuro y poderoso asesor.

Roboam, el hijo de Salomón, era el sucesor al trono de Israel. Desde que ascendió al poder se encontró con serios problemas oficiales que debía resolver con urgencia. Uno de ellos era el problema de los impuestos. Salomón había cargado a Israel con tributos excesivos, y el pueblo hizo un petitorio al nuevo rey con respecto a este tema: “Su padre hizo pesado nuestro yugo. Ahora pues, aligere la dura servidumbre de su padre y el pesado yugo que puso sobre nosotros y le serviremos” (1 Re. 12:4).

Roboam, inmediatamente, buscó consejo en los asesores expertos de su fallecido padre. Ellos le aconsejaron así al joven monarca: “Si hoy se hace servidor de este pueblo, y les sirva y les conceda su petición y les diga buenas palabras, entonces ellos serán sus siervos para siempre” (1 Re. 12:7). Un consejo oportuno y sabio para solucionar una situación apremiante.

Sin embargo, Roboam desechó esa idea y fue a asesorarse adonde sus amigos de parranda. Sin medir las consecuencias y con un inmenso orgullo le dijeron que respondiera así al pueblo: “Mi dedo meñique es más grueso que los lomos de mi padre. Por cuanto mi padre los cargó con un pesado yugo, yo añadiré al yugo de ustedes; mi padre los castigó con látigos, pero yo los castigaré con escorpiones” (1 Re. 12:10b-11). Una respuesta absolutamente soberbia y ruda, que no consideraba para nada los intereses del pueblo, sino solo la arrogancia de algunos que se creían omnipotentes, fue la que neciamente escogió Roboam. El resultado: la dolorosa división del reino de Israel en dos reinos antagónicos, Judá e Israel.

Roboam no supo oír con ambos oídos, no atendió la súplica de su pueblo, no creyó a la sabiduría de los ancianos y se dejó seducir por la arrogancia de sus pares. Muchas veces el mejor consejo no es el que nos gustaría oír, o el que nos cuesta menos trabajo, o el que es exactamente igual a como nosotros pensábamos; en realidad, el mejor consejo es el que nos da una mayor sensibilidad y objetividad en cuanto a lo que sucede a nuestro alrededor, que nos hace reflexionar, y nos presenta una posición crítica ante nuestra propia situación y pensamientos. Y lo más importante es que un buen consejo siempre vuelve a poner al Señor y su Palabra en el primer lugar de nuestra reflexión y solución, volviendo a reconocer que el principio de la sabiduría es el temor de Dios.

Pero hay personas que les gusta asesorarse solo por ellas mismas. Son de los que hacen prevalecer sus sentimientos y apreciaciones por sobre todo otro pensamiento u opinión. Jeroboam hijo de Nabat, era uno de ellos. Al dividirse el reino, este hombre que fue perseguido por Salomón, fue elegido rey de la naciente Israel. Aun el Señor, por boca del profeta Ahías, lo había confirmado como monarca con la aprobación divina. Al igual que Roboam, los problemas de estado llenaron rápidamente su agenda de dilemas y problemas por solucionar. Lamentablemente, Jeroboam era un hombre cuyo asesor principal era su propio yo:

Y Jeroboam se dijo en su corazón: Ahora el reino volverá a la casa de David. Porque si este pueblo continúa subiendo a ofrecer sacrificios en la casa del Señor en Jerusalén, el corazón de este pueblo se volverá a su señor, es decir a Roboam, rey de Judá, y me matarán y volverán a Roboam, rey de Judá” (1 Re. 12:26-27).

Entonces, todo su plan de gobierno estuvo dirigido a cubrirse las espaldas y vencer su propio miedo enfermizo a perder el reino.

Su aprensión le aconsejó que debiera inventar un sistema cultico que impida que los israelitas visitasen Jerusalén en adoración, y así lo hizo. Como el doctor Miedo Personal era un experto, le aconsejó que crease una nueva casta sacerdotal, que proyecte nuevos lugares de adoración y que traiga de los cultos paganos algunas imágenes que le den vida a la nueva religión israelita. Como su principal preocupación era él mismo, no tuvo miedo en pasar por encima de todos sus principios, de las reales necesidades de su pueblo, e inclusive del Dios Soberano que le había dado directrices claras para su vida y gobierno. Todo lo desechó en la búsqueda de aquello que pensaba era lo mejor para él y solo para él.

El poner cuidado sobre sí mismo antes que por sobre los intereses divinos y los del prójimo, dejándose asesorar por nadie más que él mismo, le trajo la inmediata ruina a su gobierno y a su reino. El mismo profeta que lo alentó, tuvo palabras sumamente duras para él de parte de Dios:

has hecho más mal que todos los que fueron antes de ti, y fuiste e hiciste para ti otros dioses e imágenes fundidas para provocarme a ira, y Me arrojaste detrás de tus espaldas; por tanto, voy a traer mal sobre la casa de JeroboamBarreré completamente la casa de Jeroboam, como se barre el estiércol hasta que desaparece del todo” (1 Re. 14:9-10).

Jeroboam se negó a atender el consejo bíblico que dice, “¿Has visto a un hombre que se tiene por sabio? Más esperanza hay para el necio que para él” (Prov. 26:12). Es triste reconocer que un sobre-cuidado personal no nos hace gozar de mayor seguridad particular, sino, por el contrario, nos vuelve seres débiles y egoístas, con una visión que no llega más allá de la punta de nuestra propia nariz.

Mi abuela decía “Un consejo… aunque sea de un conejo”, y yo lo considero un proverbio absolutamente válido y necesario. Como seres humanos necesitamos de la sabiduría de los demás para poder tomar decisiones adecuadas. Un buen consejo no es aquel que nos dice exactamente lo que debemos hacer, sino que nos lleva a recuperar la perspectiva divina, nos ayuda a reflexionar y nos da el punto de vista o la precisión que nos hacía falta. Pero tampoco todo consejo es de por sí ya la respuesta que nosotros estamos buscando.

Hay consejos buenos y malos, y sin una actitud crítica podría equivocarme con toda facilidad. El proverbio bíblico dice con claridad: “Donde no hay buen consejo, el pueblo cae, pero en la abundancia de consejeros está la victoria” (Prov. 11:14). Para consultar a una multitud, tengo que tener capacidad de análisis y también mucha paciencia para no actuar alocadamente con la primera cosa que me digan.

El apóstol Pedro reconoció la importancia del consejo oportuno y persistente. Él nos presenta el otro lado de la moneda al mostrarnos la necesidad de saber que no solo somos receptores de consejos, sino también que los damos a los demás. No se trata de que nos convirtamos en consejeros profesionales, pero si que no desamparemos a los que recurren a nosotros en busca de una palabra de sabiduría. Pedro decía:

Por tanto, siempre estaré listo para recordarles estas cosas, aunque ustedes ya las saben y han sido confirmados en la verdad que está presente en ustedes. También considero justo, mientras esté en este cuerpo, estimularlos recordándoles estas cosas” (2 Pe. 1:12-13).

La justicia nos obliga a no quedarnos callados cuando tenemos algo que pueda ayudar a una persona a dilucidar sus encrucijadas. Sé que decir esto en una sociedad ultra individualista como la nuestra suena a locura, pero mayor locura sería dejar morir a un amigo infectado de ignorancia, teniendo yo el antídoto de la verdad. Un verdadero asesinato.

Finalmente, el consejo nunca puede ser gratuito. Y  con esto no me refiero a cobrar por nuestra asesoría, sino a que cada palabra que podamos entregar tenga el peso de nuestra consideración y amor a los demás, el conocimiento que tenemos de la Palabra de Dios y también nuestra propia reflexión y experiencia. Aprendamos a escuchar todos los consejos, y aprendamos también a entregarlos, porque cuando uno aprende a escuchar, lo más seguro es que también ha aprendido a hablar con propiedad.

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