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6 consejos para compartir a Cristo con los escépticos

Compartir el evangelio con los escépticos no es un esfuerzo que podamos tomar a la ligera. Además de arriesgar tu reputación pública, te ves obligado a enfrentarte cara a cara con tus verdaderas convicciones. Se reirán de tus opiniones y tus convicciones. A menos que estés arraigado adecuadamente, te sentirás tentado a diluir tus creencias para ganar credibilidad.

Gran parte de estas tentaciones se derivan de una falta de confianza en el evangelio y un malentendido de lo que implica el ministerio a los escépticos. Muchos piensan que el evangelismo dirigido a este grupo demográfico se limita a la apologética, pero esa noción es demasiado limitada.

El evangelismo en todos los aspectos debe incluir tanto una afirmación de lo que es el evangelio como una defensa contra ciertas objeciones, ataques, y malentendidos. Sin este enfoque equilibrado, te verás tentado a abdicar las bases bíblicas en un esfuerzo por establecer un terreno común que será difícil de tener.

Entonces, ¿cuál es la mejor manera de compartir el evangelio con los escépticos? Para responder a esta pregunta, ofrezco seis imperativos.

1. Presenta la verdad como algo que se puede saber

La cosmovisión cristiana ofrece más de lo que la mayoría de la gente cree.

Los cristianos pueden intimidarse fácilmente cuando comparten el evangelio con la “élite intelectual”. Sin embargo, no debería ser así, ya que cuando se trata de describir la realidad, la cosmovisión cristiana ofrece más de lo que la mayoría de la gente cree.

Considera cómo usamos las leyes básicas de la lógica en nuestras conversaciones cotidianas. La ley de la no contradicción, por ejemplo, se usa regularmente para evaluar las afirmaciones de verdad. Algo no puede ser tanto verdadero como falso al mismo tiempo y de la misma manera. Pero ¿alguna vez has considerado cómo un marco naturalista podría explicar tal ley? ¿Cómo puede la materia eterna, sin sentido, e impersonal producir leyes lógicas que guíen nuestro pensamiento?

Esta duda se remonta al propio Charles Darwin, quien cuestionó si podía confiar en sus pensamientos si su cerebro era simplemente un producto de la evolución. Parecía preocuparle que, si la naturaleza es todo lo que hay, no puede haber certeza de que nuestros cerebros estén dirigidos a la verdad o que nuestros pensamientos sean confiables.

Los apologistas han explotado constantemente esta debilidad en esa cosmovisión. C. S. Lewis afirmó que esta dificultad para el naturalismo es una autocontradicción. G. K. Chesterton lo llamó el “pensamiento que detiene todo pensamiento”.

Solo el cristianismo proporciona una explicación razonable de la razón misma. Incluso los argumentos en contra de Dios presuponen leyes lógicas que solo tienen sentido si hay un Creador eterno, inteligente, y personal. La Biblia le da sentido al mundo que habitamos y provee una base para la discusión racional.

2. Presenta a Dios como se revela a sí mismo

Si diluimos nuestro concepto de Dios para hacer que el evangelio sea más apetecible, descubriremos que, al final, ya no estamos haciendo verdadero evangelismo. Simplemente estamos comercializando a un dios de nuestra propia invención, intentando atraer a las personas con una imagen nebulosa de una deidad impotente.

No diluyas a Dios para hacerlo más comercializable. No propagues idolatría. Presenta al Dios soberano de la Biblia como la clave para entender la narrativa humana.

3. Presenta a Cristo como Salvador

La epopeya humana está manchada por culpa, vergüenza, y arrepentimiento. Incluso si algunos niegan la realidad de Dios, no pueden negar funcionalmente la existencia de la culpa. Cuando declaramos el evangelio a los escépticos, les hablamos de su conocimiento innato de Dios y su sentido de culpa moral.

Nuestros argumentos no pueden, en sí mismos, salvar a nadie. Solo Jesús puede hacerlo.

Pero la culpa es solo un síntoma. El pecado y la separación de Dios son los verdaderos problemas, y la gracia es el único antídoto. Incluso el evangelismo hacia los escépticos más inteligentes, entonces, debe comenzar y terminar con una simple presentación del evangelio. Nunca se puede mejorar la afirmación de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Jn. 14:6). Nunca renuncies a tu responsabilidad de compartir las buenas noticias. Nuestros argumentos no pueden, en sí mismos, salvar a nadie. Solo Jesús puede hacerlo.

4. Presenta las Escrituras como autoritativas

Cada libro que poseas eventualmente se deteriorará, excepto uno. La Biblia está más afilada que una espada de dos filos (Heb. 4:12). Mientras compartes con los escépticos, no relegues las Escrituras a la oscuridad, tampoco la pongas a la par de otras fuentes. No eres el editor de Dios; eres su publicista. Él no está esperando tus revisiones. Esto ya se fue a la prensa.

Esto no quiere decir que cada argumento debe ser un sermón o un comentario bíblico. Pero no comprometas la confiabilidad de la Biblia con tus palabras o actitudes para aplacar las objeciones de un escéptico. Mientras evangelizas, recuerda dónde se encuentra tu autoridad.

Probablemente llegaste a la fe cuando alguien abrió su Biblia y simplemente te compartió el evangelio. No dudes que el poder del evangelio, bajo la autoridad de la revelación de Dios, puede hacer lo mismo para aquellos a quienes ministras (Ro. 1:16; 1 Co. 1:18).

5. Presenta la regeneración como necesaria

Casi todas las personas que conozco que están activas en el evangelismo comprenden la necesidad del Espíritu para lograr la conversión. Nunca he conocido a un apologista que crea que sus argumentos pueden, en sí mismos, cambiar el corazón de alguien. Sin embargo, he conocido a muchos que oran fervientemente para que Dios use sus pequeños intentos para ayudar a eliminar algunos de los obstáculos intelectuales. Aun así, también oran con igual pasión para que el Espíritu convenza con la verdad del evangelio.

Compartir a Cristo con cualquiera, incluidos los escépticos, significa hacer brillar la luz del evangelio en la oscuridad del dominio de Satanás. Si lo haces bajo tu propio poder, fracasarás. Al igual que el apóstol Pablo, debemos orar por nuestra audiencia, para que los ojos de sus corazones se iluminen para ver la belleza de la gracia del evangelio (Ef. 1:18). Sin la obra del Espíritu, la nuestra es en vano.

6. Preséntate con humildad

No hay nada peor que un apologista arrogante o un evangelista innecesariamente ofensivo. No me importa cuán correcto pueda ser él o ella; la condescendencia no ayuda.

Ese sentimiento de superioridad debe remediarse al tomar en serio el versículo más conocido de la Biblia sobre la defensa de la fe: “Sino santifiquen a Cristo como Señor en sus corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con mansedumbre y reverencia” (1 Pe. 3:15).

Al presentar la verdad cristiana, señalamos a otros a Jesús, quien es la verdad y la gracia encarnada. Cuando Cristo es Señor, y cuando somos humildes, hemos encontrado el punto ideal para evangelizar a los escépticos. Cuando comprendemos la soberanía de Dios, la autoridad de la Biblia, y nuestra necesidad del Espíritu debido a nuestra caída, estamos en camino a un evangelismo hacia ateos y agnósticos que honra a Dios.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
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