5 mitos sobre estudiar en un seminario teológico

5 mitos sobre estudiar en un seminario teológico

Es una pregunta que arde en la mente de muchos pastores jóvenes después de rendirse al llamado de Dios al ministerio.

¿Debo ir al seminario?

Hay muchas buenas razones para asistir a un seminario o escuela de divinidad bíblicamente fiel, pero también hay muchas nociones falsas que han crecido alrededor de las escuelas que preparan a ministros.

Aquí hay cinco de estos mitos.

1. El seminario es un cementerio

Es un cliché cansado que he escuchado muchas veces, generalmente de aquellos que no ven los méritos de una buena educación en el seminario, pero a veces lo dicen los ministros que piensan que buscar una educación teológica significa la muerte de la vida devocional: “Ir al seminario es como ir a un cementerio: saldrás de la escuela espiritualmente muerto”. Tristemente, el panorama de la educación teológica está salpicado de ejemplos de seminarios y escuelas de divinidad que enseñan cosas que pueden hacer naufragar la confianza que un joven ministro entusiasta tiene en la Palabra de Dios. Pero la presencia de lo falso prueba la existencia de lo verdadero.

Entonces, ¿de qué manera puede hacerme un mejor cristiano analizar los sustantivos griegos, aprender sobre el Concilio de Nicea, o comprender a profundidad la unión hipostática? Aprendí pronto que quizá la mejor pregunta es: ¿cómo es que no sería así?

Los estudios en el seminario deben abordarse con un corazón cálido hacia el Señor.

Durante mis primeros días de seminario, uno de mis profesores de griego me desafió a no separar mi vida devocional de mis estudios académicos. Deberíamos hacerlos uno. Nunca, nunca debemos acercarnos a las cosas de Dios, ya sea traducir Gálatas del griego al español, o escribir un artículo sobre el Primer Gran Avivamiento, excepto con los afectos más elevados. De la misma manera que un ministro debe hacer que preparar un sermón sea parte clave de su santificación, los estudios en el seminario deben abordarse con un corazón cálido hacia el Señor de Gálatas, o del Primer Gran Avivamiento. Nunca, nunca debe convertirse en un ejercicio académico, frío.

2. El seminario me convertirá en pastor

Uno de los mitos más persistentes que un estudiante debe desmentir rápidamente es la idea de que el conocimiento teológico es un sinónimo de la madurez, paciencia, y piedad que Dios usa para formar un pastor. El aprendizaje teológico puede ciertamente ser una parte importante de formar a un pastor, pero de la misma manera que el entrenamiento básico no forma a un soldado, el seminario no forma pastores. Los soldados se convierten en guerreros valientes, fuertes, y competentes en el campo de batalla, y los pastores se forman en las trincheras del ministerio de la iglesia local.

Pero sería inconcebible que un soldado fuera a la guerra sin entrenamiento. Y de la misma manera, el estar inmerso en los fundamentos de la fe cristiana, que incluyen la Biblia, la teología, y otras disciplinas relacionadas, es fundamental para convertirse en un fiel y maduro pastor que empuña la espada del Espíritu y pastorea un rebaño de ovejas. La ortodoxia y la ortopraxia son dos partes de un todo que forman al hombre de Dios.

Además, un seminario que no provee experiencia práctica en el ministerio podría llevar a un pastor a construir una iglesia ficticia en su mente, nada más que una ciudad de fantasía teológica y ministerial. Y cuando ingrese a su primera posición en alguna iglesia, armado con expectativas poco realistas, podría sentirse tentado a retirarse cuando las balas vuelen, las heridas dejen cicatrices, y la batalla se alargue e intensifique. Pronto aprenderá que el ministerio pastoral no es para los débiles de corazón.

3. El seminario no se enfoca en asuntos de la vida real

No hay nada más práctico que estudiar la doctrina de Dios.

El puritano William Ames (1576–1633) escribió que la teología es el arte de vivir bien. No hay nada más práctico que estudiar la doctrina de Dios, la doctrina del hombre, la expiación, la exégesis de las Escrituras, y cómo la iglesia ha llevado a cabo sus actividades a lo largo de los siglos. Nuestra práctica va de acuerdo con nuestro conocimiento. Hacemos lo que sabemos. Si creemos que el hombre tiene fallas pero es básicamente bueno, alinearemos nuestras vidas diarias de manera acorde. Pero si el hombre es depravado y necesita una gracia transformadora unilateral, viviremos confiando en el Dios de toda gracia. Enseñaremos a otros a vivir de acuerdo con cualquiera de estas creencias.

Construir una cosmovisión cristiana sólida es el primer paso para vivir bien y enseñarle a otros a hacer lo mismo. Sumergiéndonos en las cosas de Dios, como lo ordenó Pablo a su joven estudiante, nos transformará de manera profunda. Observa cómo Pablo enlaza la información con la transformación:

“Reflexiona sobre estas cosas; dedícate a ellas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza. Persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan”, 1 Timoteo 4:15–16.

4. El seminario me enseñará todo lo que necesito saber sobre el ministerio

El hombre que se convertiría en mi supervisor y mentor doctoral, Tom Nettles, me enseñó durante mi primera semana como estudiante de seminario dos palabras valiosas para el ministerio: “No sé”.

Así respondió a una de las preguntas que uno de mis compañeros de maestría le hizo sobre la historia bautista, un tema en el que Nettles ha escrito miles de páginas y al que ha dedicado más de cuatro décadas de cuidadoso estudio e investigación.

En ese momento, me di cuenta de dos cosas:

  1. Es un privilegio aprender sobre las cosas de Dios de hombres humildes.
  2. Cuando salga del seminario, y después de haber estudiado Biblia, teología, e historia de la iglesia durante décadas, ni siquiera sabré una pequeña fracción del 1 % de todo lo que hay que saber.

En otras palabras, siempre seré un estudiante. El seminario me prepara para aprovechar con habilidad mi aprendizaje de por vida.

Ese es quizá el rol que el seminario está destinado a desempeñar: enseñarle al pastor, profesor, misionero, evangelista, o consejero a enseñarse a sí mismo. El seminario no puede, de ninguna manera, enseñarte todo lo que necesitas saber, pero te da herramientas sólidas para tu caja, para prepararte para una vida de matriculación en la escuela de Cristo. Los mejores profesores te enseñarán e inspirarán a cavar en busca de un tesoro que usarás para hacer que otros sean eternamente ricos.

5. El seminario es un lujo, no una necesidad

A menudo me recuerdan que Carlos Spurgeon no fue al seminario, y sin embargo, sabemos cuán poderosamente Dios lo ha usado incluso más de un siglo después de su muerte. Pero no muchos de nosotros somos tan talentosos como el “príncipe de los predicadores”. No muchos de nosotros leíamos libros puritanos a la edad de 12 años en el estudio de nuestro abuelo. Alguien más una vez me señaló que Jesús no fue al seminario. No muchos de nosotros somos Spurgeon. Ninguno de nosotros es el Dios-Hombre perfecto. Para el resto de nosotros, encontrar un seminario sólido y bíblicamente fiel es una necesidad, de ser posible.

La advertencia bíblica es que todos los llamados al ministerio deben estudiar para mostrarse aprobados, para probar que son trabajadores con nada de qué avergonzarse, que pueden dividir correctamente la Palabra de Dios (2 Ti. 2:15). Y uno de los mejores lugares para hacer esto es donde muchas mentes cristianas piadosas y competentes están reunidas y dotadas para enseñar cómo dirigir una iglesia con fidelidad. A veces, aunque no tan a menudo como nos gustaría, ese lugar es una iglesia local llena de ministros piadosos capaces de enseñar una amplia variedad de temas en el contexto del ministerio vocacional. A menudo, ese lugar es un seminario dedicado a enseñar la Palabra inspirada, infalible, y autoritativa de Dios. Tuve el privilegio de estudiar en uno de esos lugares, y me estremecí al pensar cómo sería mi vida y mi ministerio sin esos años de estudio riguroso con maestros capaces. Si Dios te ha llamado, te animo a orar por la oportunidad de que hagas lo mismo.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Emanuel Elizondo.
Imagen: Lightstock.
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