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Nota del editor: 

Este artículo está basado en una nota publicada por Justin Taylor en The Gospel Coalition.

Hay por lo menos cinco disciplinas científicas que siguen planteando serios problemas a la teoría neodarwinista de la evolución:

  • La química, que aún no logra resolver el misterio del supuesto origen químico de la vida.
  • La bioquímica, que no acierta a comprender cómo los procesos aleatorios pudieron dar lugar a moléculas tan complejas como el ADN o el ARN.
  • La genética, que solo ha podido comprobar que las mutaciones causan daño a los organismos o, a lo sumo, mantienen estables las poblaciones pero no generan nueva información ni mayor complejidad.
  • La paleontología, que ha constatado la ausencia de los fósiles intermedios requeridos por el gradualismo evolucionista.
  • La taxonomía, que no ha logrado construir el famoso “árbol de la vida” postulado por Darwin.

Veamos un poco más de cerca cómo estas ciencias cuestionan la teoría de la evolución.

Química

El origen químico de la primera célula viva sigue siendo un misterio sin resolver. Por supuesto, hay muchas hipótesis, pero todas se enfrentan a graves inconvenientes lógicos.

El principal problema es cómo se podría haber formado una sopa primigenia en el ambiente hostil de la Tierra primitiva, o junto a las fumarolas de los fondos oceánicos, o en cualquier otro lugar del planeta, que contuviera todos los elementos necesarios para la vida. No existe ninguna explicación universalmente aceptada que resuelva el enigma de cómo pudo crearse la información necesaria a partir de simples elementos y reacciones químicas ciegas o sin propósito.

Las células más simples que se conocen hoy son demasiado complejas para haber surgido directamente de la materia no viva

Las células más simples que se conocen hoy, las bacterias, son demasiado complejas para haber surgido directamente de la materia no viva.[1] La notable falta de evidencia geoquímica o fósil de organismos anteriores, o de pruebas claras de su aparición a partir de supuestas protocélulas anteriores, deja un amplio espacio libre para la especulación evolucionista y la proliferación de hipótesis al respecto.

Se sigue insistiendo en que la vida surgió espontáneamente en la Tierra o que debió ser “sembrada” en ella, procedente de otros lugares del universo. Sin embargo, lo cierto es que no se sabe cómo se originó la vida por medios exclusivamente naturales.

Bioquímica

La química orgánica que estudia las moléculas de los seres vivos se encuentra, ante el asunto de los orígenes, en la misma situación de incertidumbre que la química inorgánica. No se sabe cómo los procesos aleatorios pudieron producir la tremenda complejidad celular que observamos hoy en los seres vivos.

La citología (o estudio de las células) ha puesto de manifiesto la existencia de una compleja maquinaria bioquímica en el interior de cada célula viva, que funciona a gran velocidad y con una precisión que supera con mucho a la de las máquinas fabricadas por el ser humano. Motores constituidos básicamente por proteínas, circuitos miniaturizados, redes de retroalimentación, lenguajes codificados, e incluso máquinas que verifican los posibles errores de copia en el ADN y son capaces de repararlos en décimas de segundo. Todo un microcosmos febril que funciona a la perfección sin que el ser humano se dé cuenta de ello ni intervenga para nada.

Es frustrante para la teoría neodarwinista elaborar modelos evolutivos graduales que pudieran explicar cómo tal complejidad integrada hubiera podido aparecer mediante mutaciones ciegas y simple selección natural. Hoy por hoy, no existen estudios científicos detallados que demuestren la evolución de ningún sistema bioquímico o celular. Solamente hay muchas especulaciones indemostrables. En este sentido, actualmente “los investigadores consideran extremadamente improbable que una molécula de ADN empezara a copiarse a sí misma al inicio de la historia de la Tierra”.[2]

Genética

La ciencia de los genes ha demostrado que las mutaciones estropean el genoma y no crean información nueva ni mayor complejidad. Sin embargo, la teoría de la evolución se sustenta sobre las mutaciones aleatorias que serían seleccionadas por el ambiente en un proceso natural ciego, o carente de propósito u objetivos. El problema es que, según se observa, dicho proceso tiende a dañar los organismos en vez de mejorarlos o añadirles mayor complejidad biológica.

Las nuevas mutaciones no crean especies nuevas —como se viene creyendo hasta ahora— sino que producen descendientes defectuosos

Las nuevas mutaciones no crean especies nuevas —como se viene creyendo hasta ahora— sino que producen descendientes defectuosos. Hemos comprobado que el gran zoólogo francés del siglo pasado, Pierre P. Grassé, tenía razón al escribir: “la fuente de la que parte el flujo evolutivo es más modesta de lo que dejan ver los darwinistas. El ‘infinito poder creador’ del ADN no es seguramente tan grande como ellos pretenden”.[3]

Paleontología

Después de más de dos siglos de estudiar fósiles, la paleontología ha puesto de manifiesto las enormes lagunas sistemáticas que presenta el registro fósil. Hoy se conocen más de 300.000 especies fosilizadas, sin embargo, no se han encontrado los supuestos eslabones intermedios que según el gradualismo de Darwin deberían existir entre los grandes tipos de organización biológica.

Lo que sí hemos encontrado, más bien, son abruptas explosiones de nuevas formas de vida (big bangs biológicos) seguidas por largos períodos de tiempo, según la escala geológica, en los que tales especies no cambian. De manera que los fósiles aparentemente intermedios suelen ser la excepción, no la regla. Pero, según el darwinismo, debería haber miles y miles de candidatos que reflejaran las supuestas transiciones evolutivas.

Tal como reconoció el famoso paleontólogo evolucionista, Stephen Jay Gould, “la historia de la vida es una narración de eliminación masiva seguida de diferenciación en el interior de unos cuantos stocks supervivientes, no el relato convencional de un aumento constante de excelencia, complejidad y diversidad”.[4]

Taxonomía

La ciencia que trata sobre la clasificación científica de los seres vivos no ha logrado, durante más de siglo y medio, construir el famoso “árbol de la vida” de Darwin.

La base científica sobre la que se sustenta la teoría de la evolución es cada vez más débil

El neodarwinismo esperaba que el ADN demostrara las relaciones de semejanza entre las especies morfológicamente parecidas y las diferencias con aquellas otras más alejadas en dicho árbol de la evolución. Sin embargo, no ha sido así. Los árboles realizados en base a un gen o a una proteína, con la idea de demostrar las relaciones de parentesco filogenético, chocan frecuentemente con otros árboles basados en genes o proteínas diferentes. No existe unanimidad ni consenso entre los diferentes estudios. Cada gen parece explicar una historia evolutiva diferente y contradictoria con la de los demás genes.

Tales conflictos filogenéticos aparecen por todas partes en el árbol evolucionista de la vida, tanto dentro como fuera de los taxones o grupos de clasificación supuestamente relacionados. Y esto, sin duda, socava la idea darwinista de la descendencia común o la hipótesis de que todos los seres vivos descienden de un antepasado común. 

A pesar de todo, los neodarwinistas insisten en su estudio, tal como reconoce el evolucionista Scott Freeman, autor de uno de los mejores libros de texto de biología que se usa actualmente en las universidades españolas, “el trabajo en el árbol de la vida continúa a un ritmo acelerado, no obstante, la colocación de ciertas ramas en el árbol provoca encendidos debates”.[5]

¿Qué se puede concluir de todo esto? A pesar de que el evolucionismo se sigue aceptando y enseñando en la mayoría de los centros docentes del mundo, la base científica sobre la que se sustenta es cada vez más débil.


[1] Cowen, R., 2000, History of Life, 3rd edición, Blackwell Science, p. 6.

[2]  Freeman, S. 2009, Biología, Pearson Educación, Madrid, p. 74.

[3]  Grassé, P. P., 1977, La evolución de lo viviente, H. Blume, Madrid, p. 126.

[4]  Gould, S. J., 1991, La vida maravillosa, Crítica, Barcelona, p. 20.

[5]  Freeman, S., 2009, Biología, Pearson Educación, Madrid, p. 10.

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