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¿Por qué haces lo que haces? Pensé eso hace unos meses mientras preparaba un mensaje que iba a compartir con un grupo en mi iglesia, y creo que es una pregunta apropiada.

A primera vista, se trata de una pregunta simple. En realidad, es compleja.

La respuesta puede revelar a cuál “dios” estamos adorando, cuáles son nuestros ídolos, y hacia dónde está inclinado nuestro corazón. Es una pregunta que puede responderse de una forma superficial o de una forma profunda.

Una y otra vez, la pregunta venía a mí de varias maneras: ¿por qué te levantas en las mañanas? ¿Por qué vas al trabajo o la universidad? ¿Por qué tienes las conversaciones que tienes con tus amigos? ¿Por qué quieres enseñarle a otros acerca de Jesús?

La verdad es que la única forma de vivir según el plan de Dios para nuestras vidas, siendo jóvenes por su causa, comienza respondiendo a esta pregunta. Y la respuesta a ella debe ser: “Para glorificar a Dios”. Todo lo que hacemos debe servir a ese propósito (1 Co. 10:31). En Isaías 43 leemos que el Señor le dice a su pueblo:

“Mas ahora, así dice el Señor tu Creador, oh Jacob, y el que te formó, oh Israel: ‘No temas, porque Yo te he redimido, te he llamado por tu nombre; mío eres tú… A todo el que es llamado por Mi nombre y a quien he creado para Mi gloria, a quien he formado y a quien he hecho”, Isaías 43:1, 7.

Si estamos en Cristo, esas palabras son para nosotros. Dios es nuestro creador y Aquel que nos formó. Él tiene la autoridad para decirnos cómo y para qué vivir. Él nos recuerda que nos ha dado libertad al redimirnos; somos suyos. No fuimos hechos para ser exitosos y felices de acuerdo a lo que dice la sociedad (aunque vivir para Su gloria nos hará ser exitosos y felices en realidad), sino que fuimos creados para glorificar a Dios.

Si tomamos una pelota de béisbol para jugar fútbol podemos patearla, correr de un lado a otro con ella, o incluso meter algún gol con ella. Pero esa pelota no fue creada para eso. Ella fue hecha para otro deporte. Se lanza con las manos, se le pega con el bate. Usarla de forma diferente nunca será lo mismo a como lo sería si la usamos bien. Asimismo, podemos usar y vivir nuestras vidas de muchas maneras en este mundo, pero no encontraremos sentido y satisfacción real hasta que no vivamos en Cristo para la gloria de Dios.

Solo podremos ser luz en medio de las tinieblas cuando vivimos abrazando la gloria de Dios como propósito para nuestras vidas.

Solo podremos ser luz en medio de las tinieblas cuando vivimos abrazando la gloria de Dios como propósito para nuestras vidas. Si ella no es nuestra motivación para levantarnos cada mañana, será muy difícil brillar en medio de esta generación perversa y torcida (Fil. 2:15).

Necesitas tener convicciones firmes en Dios para permanecer firme mientras estás rodeado de no cristianos y de una cultura con puntos opuestos a la Palabra, que te invita a ver la vida solo de manera horizontal y no de manera vertical, y que constantemente te presenta una realidad en donde el hombre es el centro de todas las cosas y no Dios.

Quiero a animarte a tres convicciones vitales que por la gracia de Dios te llevarán a vivir por su causa y para su gloria:

1. Una convicción firme de quién es Dios

Para ser luz en medio de las tinieblas debes conocer la fuente de dónde emana nuestra luz. Si no conocemos a Dios, su carácter, sus atributos, sus planes, y su voluntad, será imposible resistir los embates y las tentaciones a nuestro alrededor. Será imposible resplandecer. Como dijo A. W. Tozer en su libro El conocimiento de un Dios santo:

“La historia de la humanidad ha señalado que ningún pueblo se ha alzado a niveles más altos que su religión, y esta ha demostrado que ninguna religión ha sido jamás más grande que su concepto de Dios. La adoración será pura, o baja, según el lugar en que el adorador tenga Dios”.[1]

En el mismo libro, Tozer presenta una verdad que ha sido liberadora para mí:

“El hombre que llega a unas creencias correctas con respecto a Dios queda aliviado de mil problemas temporales, porque ve de una vez que éstos tienen que ver con cuestiones que, a lo sumo, no le pueden preocupar por largo tiempo; pero aun si se le pudieran quitar las numerosas cargas del tiempo, la poderosa carga de la eternidad comienza a pesar sobre él con un peso más aplastante que todos los sufrimientos del mundo amontonados uno sobre otro”.[2]

Una visión correcta sobre Dios transforma nuestra visión sobre todo lo demás.

Una visión correcta sobre Dios transforma nuestra visión sobre todo lo demás. Nos permite vivir en verdadera libertad, en medio de toda circunstancia y entendiendo el tesoro que tenemos:

“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos”, 2 Corintios 4:7-10.

El creyente es como la luna. Podemos brillar en la oscuridad solo porque reflejamos la luz de una estrella mayor. Así como la luna refleja la luz del sol, somos llamados a reflejar la de Cristo. Por lo tanto, es necesario conocerlo cada día más.

2. Una convicción firme de quién eres

El hombre es portador de la imagen de Dios (Gn. 1:26). Fuimos dotados de la más alta dignidad, que está relacionada al poder hacer uso en sujeción a Él de los atributos que Él nos dio. Sin embargo, la imagen de Dios en el hombre ha sido manchada debido al pecado. Todas nuestras acciones y pensamientos están afectados como fruto de la Caída.

Al pensar que podía ocupar el señorío de Dios y dejarle de lado, el hombre perdió su propia vida producto de su pecado. Ahora la rebeldía está en el mismo centro de su persona, lo que se conoce como el corazón, y esa rebeldía ha alterado su propia constitución, pervirtiendo su naturaleza. Como dijo una vez R. C. Sproul: “El hombre no es pecador porque peca, peca porque es pecador”.[3]

Debemos recordar cada día nuestra necesidad de Jesús y lo poco que podemos hacer para Dios por nosotros mismos.

Somos hombres y mujeres con pecados, debilidades, y heridas que pueden impedirnos brillar y reflejar la luz del Señor. Por tanto, debemos recordar cada día nuestra necesidad de Jesús y lo poco que podemos hacer para Dios por nosotros mismos.

Esto implica conocernos bien: saber cuáles son nuestras fortalezas, nuestras debilidades, a qué podemos exponernos, cuáles conversaciones podemos entablar y cuáles debemos evitar, y más. El conocimiento de nosotros mismos nos permite establecer límites que nos ayudan a no caer y desfallecer en medio de las noches oscuras.

Sin embargo, los límites no son suficientes para llevarte a brillar. Necesitas recordar a diario lo que eres en Cristo. Somos Hijos de Dios (Jn. 1:12). Cuando Él te ve, no te acepta gracias a tus logros o te mira conforme a tu pecado, sino que te ve cubierto de la justicia de Cristo (Ro. 5:1). Por tanto, Él ve a Cristo, a su Hijo amado en quién tiene complacencia (Mt. 3:17). Además, Él te ha hecho un embajador suyo para que lo representes ante el mundo (2 Co. 5:20).

Formas parte de un pueblo elegido por Dios, según su voluntad (Ef. 1:3-5), de manera especial y con un propósito: “Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquél que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable” (1 P. 2:9). Somos una nación bajo un solo Rey. Tenemos una sola bandera, un solo pasaporte, y es el de Cristo.

Así como la luz láser puede atravesar superficies duras cuando está bien enfocada, el conocimiento de nosotros mismos nos permite enfocar en nuestras vidas la luz de Cristo para cumplir con anunciar sus virtudes ante toda oposición contra la verdad.

3. Una convicción firme de qué es el evangelio

El evangelio es un mensaje que nos muestra que somos responsables ante nuestro Creador y merecemos ser juzgados por nuestra rebelión ante Él. Ahora el hombre es un enemigo de Dios (Ro, 5:10), esclavo del pecado (Ro. 6:17), y posee un entendimiento entenebrecido (2 Co. 4:4).

Pero Dios en su gracia actuó a través de Jesucristo para salvarnos y transformarnos. Inmediatamente luego de la Caída de Adán y Eva, Dios mostró su gracia al prometer un redentor, Aquel que destruiría las obras del maligno y restauraría aquello que fue dañado por el pecado (Gn. 3:15). Ese redentor es Jesús. Siendo una Persona de la Trinidad, se encarnó y vivió la vida que no podíamos vivir, sufrió la muerte que merecemos sufrir, y resucitó proclamando su victoria y la vida que Él promete para aquellos a creen en Él.

El mensaje del evangelio no debe ser visto solo como un instrumento para salvación, sino que debe ser el fundamento de toda nuestra fe.

El hombre debe responder a este mensaje dando frutos de arrepentimiento, reconociendo su necesidad de perdón, y a Cristo como el único camino para hallarlo (Ro. 10:8-10). Esta necesidad del evangelio no desaparece luego de nuestra conversión. Todos los días debemos decirle a Dios: “Señor, te necesito. Perdona mis pecados a través de Jesús. Me arrepiento por aquellas cosas que no me permiten mostrar quien tu eres. Lléname de ti”.

El mensaje del evangelio no debe verse solo como un instrumento para salvación, sino que debe ser el fundamento de toda nuestra fe, al cual regresamos constantemente por nuestra dependencia de Cristo.

Dios ha revelado el evangelio para que podamos vivir vidas plenas al reconocer nuestra hambre de Él y que no somos merecedores de nada, que todo lo que tenemos es por pura gracia. ¡Pecadores condenados ahora son declarados hijos amados! No hay ni habrá una verdad más hermosa. Por eso debemos abrazarla para poder brillar en este mundo oscuro.

Ser luz y vivir como un joven por su causa en medio de la cultura que nos rodea muchas veces puede sentirse como una labor difícil… y lo es solo si queremos valernos por nosotros mismos. Es difícil solo si pensamos que nuestros propósitos están por encima de los de Dios. Es difícil si no recordamos el carácter de nuestro Señor. Es difícil si no tenemos en cuenta lo que Dios dice que somos. Y es difícil si olvidamos el evangelio que nos da vida y nos sostiene.

Sé un joven que vive por su causa. Ten estas convicciones y confía en el poder del Espíritu Santo para usarte y seguir transformando tu vida.


[1] A. W. Tozer, El conocimiento del Dios santo (Editorial Vida, 1996), p. 7.

[2] Ibíd, p. 9.

[3] R. C. Sproul, La intromisión del pecado.


Imagen: Lightstock.
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