Una introducción a la Teología de la Liberación

Por el nombre de Teología de la Liberación se conoce aquella corriente de pensamiento y práctica surgida dentro del catolicismo romano y el protestantismo latinoamericano a principios de los años setenta. Plantea la opción preferencial por los pobres y una interpretación de la Biblia desde la clave de la “liberación”, entendida como liberación de la opresión que sufren los pobres, y precisando que este sería el elemento central del ministerio de Jesucristo.

Cuando hablamos de teología de la liberación, es útil situarnos en el contexto social de aquella convulsionada década de los setenta. América Latina estaba en medio de la tensión entre las dictaduras de derecha, las guerrillas y la revolución cubana en su auge; por otro lado había un contexto social lleno de pobreza, segregación y fuerte desigualdad; en el mundo se respiraba la tensión de la “Guerra Fría” entre las superpotencias de EEUU y la Unión Soviética. En ese ambiente, los postergados son incitados a tomar el curso de su destino, el “tercer mundo” es llamado a revelarse contra el imperio económico y posicionarse en posturas políticas marxistas. Este ambiente presiona la teología desde afuera, mientras que el liberalismo teológico, o una teología de visión crítica, presionaba desde adentro en varios círculos cristianos. Estos son, resumidamente, los elementos que dan surgimiento a la teología de la liberación.

Esta idea no ha muerto, al contrario, encuentra diversas manifestaciones y ramificaciones. Ya no se le puede llamar como “la” sino como “las” teologías de liberación, pues si el discurso de otrora era fundamentalmente la liberación de los pobres, hoy la misma clave interpretativa está siendo usada para defender la teología de género, de los homosexuales, la teología ecológica y otras.

El riesgo que esta teología nos presenta no debemos subestimarlo. Los débiles, los marginados y los oprimidos no están fuera del campo de misión de la iglesia, por lo que no podemos ser indiferentes a estas realidades. Si bien la cosmovisión cristiana debe presentar una respuesta a estas problemáticas, la teología de la liberación no es la respuesta que el hombre necesita.

Cuando Jesucristo comenzó su ministerio público, citando al profeta Isaías, trazó lo que sería su tarea al decir: 

“El Espiritu del Señor esta sobre Mi,
porque Me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres.
Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos,
y la recuperacion de la vista a los ciegos;
para poner en libertad a los oprimidos;
para proclamar el año favorable del Señor” 
Lucas 4:18-19

Este texto habla de aquella “liberación” que el Señor venía a hacer. No hay cómo ignorar que los términos redención y salvación están profundamente ligados a los de liberación, pero ¿cuál es la liberación que Jesucristo realizó? En esta introducción a su ministerio se citan a los pobres, cautivos, ciegos y oprimidos como el centro del ministerio de Cristo. Es aquello para lo cual ha sido ungido (presentado como el Cristo) por el Espíritu. Lo que marca el énfasis en el texto son los verbos anunciar, proclamar, recuperar y libertar, que son sintetizados en la idea del v.19 de “proclamar el año favorable del Señor”. Jesucristo realizó un ministerio integrador, que consideró al ser humano como caído en su totalidad, y por lo tanto necesitado de una redención integral. Sin embargo, en el centro de su ministerio estuvo la proclamación de las buenas noticias, la proclamación del arrepentimiento y la fe en el favor divino. Y es aquí donde la teología de la liberación queda corta en su interpretación del ministerio de Cristo y de la comisión que la iglesia debe realizar hoy, porque reemplaza la proclamación por la liberación de los pobres, olvidando que si esta está separada del evangelio, pierde el sentido trascendente que el Señor le ha dado.

Cristo sanó y se acercó a los marginados para mostrar que aunque no tengamos aquello que el mundo valora, que aunque seamos considerados como “escoria” por este sistema, somos amados por Dios y hay para nosotros perdón y restauración de Dios.

Centrar la tarea de la iglesia y de los creyentes en liberar de la opresión económica a los pobres o a otros oprimidos es reducir la iglesia a una ONG; es hacer lo que muchos hacen, descuidando lo que solo la iglesia puede hacer: proclamar la noticia gozosa de que Dios ha venido a salvarnos, amándonos inmerecidamente, para liberarnos en el más amplio sentido de la palabra. No solo para esta vida, sino para la eternidad.

Resulta contradictorio que una teología que bebe del marxismo, que plantea un acercamiento crítico a la realidad social, no haga el acercamiento crítico hacia su propia interpretación del cristianismo. Mirar la experiencia humana desde lo económico o transitorio es perder de vista que somos fundamentalmente seres espirituales, necesitados de una redención que va más allá de una reivindicación social. Somos personas necesitadas de perdón, de salvación, de una viva y nueva relación con Dios por medio de Jesucristo.

La “opción preferencial por los pobres” olvida que la pobreza va más allá del dinero. Que se puede ser rico, pero ser espiritualmente muy pobre. Hay un error de interpretación en mirar a los pobres como el centro de la redención. Al mirar el ministerio de Jesucristo podríamos colocar a los enfermos como el centro, ya que su ministerio estuvo marcado por las sanidades y milagros, pero enfermos, pobres y marginados son una ilustración visible de aquella pobreza y enfermedad que es invisible y que se llama pecado. Jesús mismo lo muestra así al decir: “Porque, ¿qué es más fácil, decir: 'Tus pecados te son perdonados,' o decir: 'Levántate, y anda'?” (Mateo 9:5), para luego sanar y mostrar que él es capaz de perdonar nuestra maldad.

Establecer agendas o proyectos para la Iglesia que solo abarcan la realidad temporal del hombre es reducir el gran proyecto de Dios en la historia, y relegar la obra de la Cruz a un lugar secundario. Por otro lado, el reconocer que desde una teología incorrecta se ha buscado una preocupación por los pobres y marginados debe desafiarnos a, desde las Escrituras, colocar en práctica los múltiples mandatos de amar a nuestro prójimo, preocuparnos de los huérfanos y las viudas, del menesteroso y otros. De esa manera, la proclamación de la verdad estará acompañada y adornada de un testimonio que glorifique a Cristo.

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