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Recuerdo con nostalgia cuando era una niña y vivía en un pueblito pequeño de la costa de República Dominicana. Yo esperaba con mucha emoción poder salir los sábados por la tarde a la escuela bíblica, uno de los pocos lugares para los que tenía permiso. No me emocionaba tanto la clase como tal, sino más bien el premio que daba la maestra: un dulce a todos los niños que participaban.

Dios usó esas salidas sabatinas y premios deliciosos para despertar mi corazón a Él. De entre los muchos relatos bíblicos que escuchaba con atención para poder obtener un premio al final de la clase, hay uno en particular que resonaba en mi mente. Juan cuenta la ocasión en que Lázaro enfermó y sus hermanas se angustiaron por su condición. Sin embargo, Jesús no solo podía sanar la enfermedad de Lázaro, sino que era aún tan poderoso como para levantarlo de la muerte. ¡Qué maravilloso!

De ese relato recuerdo las palabras de Jesús cuando se enteró de la enfermedad de su entrañable amigo: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por medio de ella” (Jn 11:4). Cuando era niña me resultaba difícil entender lo que Jesús dice aquí. Ahora cobra mucho sentido para mí, porque me hace experimentar la soberanía de Dios y entender que aun las enfermedades más terribles pueden ser usadas para mostrarnos Su gloria.

Dos escenarios

Quisiera contarte que soy médico de profesión y estoy sirviendo durante varios años en el ministerio de adoración y alabanza de mi iglesia. Es probable que puedas pensar que ambas actividades o vocaciones no tengan relación estrecha entre sí pero, créeme, están más relacionadas de lo que puedas imaginar.

El Señor ha permitido que desde el inicio de esta pandemia trabaje en primera línea con pacientes de COVID en la Unidad de Cuidados Intensivos. Tengo que reconocer con honestidad que no me imaginaba cuanta fortaleza mi Dios había extendido sobre mí, pues me estaba preparando para que —desde mi posición de médico cristiana— experimentara y viera agonías que la ciencia no terminaba de explicar.

Dios quiere usarnos como canal de bendición y para Su gloria en donde estemos, a pesar de nosotros mismos

Al mismo tiempo, fuera de las paredes de los hospitales, las iglesias tenían la ardua tarea de crear maneras de mantener al cuerpo de Cristo conectado mientras permanecían en casa sin poder ir a la iglesia. Esto trajo nuevos retos para los pastores y también para los que sirven en un ministerio. En mi caso, el ministerio de adoración.

Estos son los dos escenarios que me ha tocado experimentar en estos meses: El primero es un hospital en donde se encuentran pacientes en estado delicado, luchando por sobrevivir, desprovistos de cualquier pertenencia material, enfrentando su enfermedad en soledad, conformándose (los que pueden) con unos pocos minutos para escuchar la voz de sus familiares. El segundo es un servicio de adoración en donde solo el pastor y unos pocos del equipo de alabanza podíamos estar, con el templo vacío, rogando a Dios que nos usara a través de las pantallas, sin sentir la compañía de los hermanos elevando sus voces y con una sensación extraña de lejanía entre el mismo equipo por los protocolos de distanciamiento social. Experimentamos también un tipo de soledad que debíamos desafiar con la mente y el corazón, buscando que el Señor sea glorificado aun en un templo vacío.

Pero Dios en su amor me confrontaba cada domingo para que pusiera en perspectiva y orden la manera en que la adoración se veía en mi vida no solo el domingo, sino día tras día en todas las áreas de mi vida. Esto trajo a mi memoria las palabras del pastor Luis Núñez: “La adoración no es solo música: es nuestra respuesta a Dios, a lo que Él es, su carácter y atributos, a lo que Él ha dicho, a Su palabra y Sus obras”.

Ahora puedo decir que mi servicio como médico atendiendo a pacientes con COVID encaja perfectamente con mi ministerio en la adoración, “Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén” (Ro 11:36).

Adoración en el hospital y en la iglesia

La adoración no se trata solo de elevar mi voz al cantar (aunque es parte de ello). Mi adoración es la entrega de mi vida rendida por completo a Dios, en donde sin importar que esté en el hospital o en la iglesia. Todo lo rindo a sus pies porque Él es Dios y Señor de todo lo que soy y hago, ya sea teniendo en la mano instrumental médico o un micrófono. Ya sea que esté frente a un paciente o frente a la congregación, siempre recuerdo las palabras de Pablo cuando dice que Dios nos adoptó como Sus hijos por medio de Jesucristo, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado (Ef 1:5-6).

No importa si estamos en un ministerio que sea muy notable o que estemos en un trabajo que requiera del anonimato, Dios nos llama a mostrar a Cristo allí donde estamos

Dios ha usado mi trabajo como médico y mi servicio en el ministerio para anclarme a una verdad transformadora a lo largo de los años: mi carrera no es independiente de lo que hago en la iglesia, sino que soy sierva de Dios siendo médico y adoradora. Mi carrera o ministerio tampoco define quien soy porque no se trata de las habilidades o la visibilidad que tenga en ciertas áreas. En realidad, se trata de un asunto de rendición y negación del corazón sin importar si eres maestro, arquitecto, economista, practiques cualquier otra carrera o que no tengas un grado académico. Dios quiere usarnos como canal de bendición y para Su gloria en donde estemos, a pesar de nosotros mismos y esto por pura gracia.

Todo se trata de Cristo

Seguro has visto en las noticias que el personal de salud debe usar un traje de bioseguridad que nos tiene cubiertos de pies a cabeza para trabajar en el hospital. Los pacientes apenas ven mis ojos y escuchan mi voz con cierta distorsión por culpa de las mascarillas y toda la indumentaria. Ellos solo llegan a ver mi nombre rotulado en el traje. Sin embargo, a pesar de la distancia por estos trajes y todo el ambiente médico alrededor, el personal de salud es la única compañía con la que cuentan los pacientes y son a ellos a los que pueden expresarles su dolor, soledad, miedos y angustias.

Lo que vivo en el hospital es todo lo contrario a la manera en que sirvo en la iglesia. Para cantar no necesito mascarilla, mi voz está amplificada con el micrófono y puedes percatarte inmediatamente de quién soy. Esto es paradójico porque en un lugar apenas ven mis ojos y en el otro puedes reconocerme de inmediato. ¿Será que la visibilidad o notoriedad puede convertirse en una razón para condicionar mi adoración? ¿Será posible que lleguemos a creer que somos más útiles mientras más nos ven?  

Hay un punto central en ambas situaciones y es que ninguno de mis servicios se trata de mí, sino de Cristo, de su gloria, del poder que tiene para intervenir y usarme, por su sola gracia, como médico y como adoradora. Él me ha llamado a mostrar su amor al cuidar la salud de un paciente y proclamar el evangelio para sanidad de su alma. También me ha llamado a ministrar cada domingo en la iglesia a través del canto para estimular la adoración entre mis hermanos. Muchas veces esto será muy visible, otras veces nadie lo notara. Pero lo único importante es que Él siempre es y será quien tiene cuidado de nosotros.

No importa si estamos en un ministerio que sea muy notable o que estemos en un trabajo que requiera del anonimato, Dios nos llama a mostrar a Cristo allí donde estamos. Es ahí donde Él quiere usarnos.

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