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David fue un famoso rey de Israel cuya historia contiene diferentes momentos impresionantes que hasta la fecha dejan en asombro a cualquiera. Siendo el segundo monarca de Israel, reinó sobre el pueblo de Dios por cuarenta años —después del rey Saúl— y, en general, hizo lo que agradaba al Señor.

La historia de David también nos muestra que tuvo que luchar con sus debilidades pecaminosas que le produjeron consecuencias nocivas para su familia, para él mismo y su pueblo. También fue receptor de la gracia de Dios y recibió promesas que trascendieron su propio tiempo e incluyeron a su descendencia, la cual fue vinculada con Cristo dentro del plan redentor (Lc 20:41; Mr 12:35).

El ascenso de David

David aparece en un momento histórico para el pueblo de Israel. El primer rey de Israel, Saúl, menospreció al Señor desobedeciendo sus órdenes. Como consecuencia, el Señor lo desechó (1 S 28:17-19; 15:28; 16:1). Así que, Dios ordena al profeta Samuel que vaya a la casa de Isaí en Belén, porque había elegido a uno de sus hijos para ser rey de Israel (1 S 16:1).

David entra en escena. Samuel lo unge y Dios le da gracia sacándolo del anonimato, cuando permite que tocara el arpa delante del rey Saúl para aliviarlo de su ansiedad espiritual (1 S 16:23). No obstante, el evento que realmente lo catapultó fue su respuesta a la provocación del temido gigante filisteo Goliat.

Este guerrero enemigo estuvo desafiando al ejército de Israel  durante cuarenta días, pidiendo que un hombre peleara con él (1 S 17:16). La propuesta fue que quien ganara tendría como esclavos a la nación y ejércitos contrarios. Al oír el reto, Saúl y todo Israel tuvieron mucho miedo (1 S 17:11). Sin embargo, David, siendo el menor de su casa, mientras entregaba comida a sus hermanos que eran parte del ejército, escuchó las palabras del gigante y aceptó el duelo (1 S 17:23). Fue llevado delante de Saúl quien le dio el visto bueno para que lo enfrentara en representación de la nación.

En una escena definitivamente dominada por la providencia divina, un joven sin experiencia militar y pastor de ovejas se encontró frente a frente con un guerrero experimentado, el gigante Goliat. Con piedras lisas del arroyo y una honda David se le acercó. Luego de intercambiar algunas palabras con su enemigo, confiado plenamente en el Señor, David lanzó una piedra con su honda e hirió al filisteo en la frente, quien cayó en tierra. Entonces corrió, tomó la espada de Goliat y le cortó la cabeza (1 S 17:1-51). Con piedra y honda, el muchacho de Belén venció al gigante y Dios fue exaltado. David, en nombre del Señor, le dio la victoria al pueblo de Israel.

Por esta hazaña David pasó de ser un joven pastor de ovejas, miembro de una familia desconocida de Belén, a ser un guerrero victorioso aplaudido y reconocido como héroe por toda una nación. Pero con esta proeza su historia apenas comienza.

Aun cuando David obtuvo fama y éxitos de guerra, paradójicamente, estos le generaron muchos problemas debido a los celos del rey Saúl, quien intentó por varios años deshacerse de él (1 S 20:33). No obstante, aunque fue perseguido de forma obsesiva por este rey, Dios estaba con él y eventualmente lo libró de Saúl (1 S 27:4). Después de la muerte de Saúl, David fue hecho rey sobre todo Israel (1 R 2:11). Dios le dio victoria sobre todos sus enemigos y fue un rey que gobernó con justicia.

Caída y restauración

Desafortunadamente, David peca contra Dios al acostarse con Betsabé, la esposa de Urías; uno de sus soldados más fieles del ejército real (2 S 11). Producto del adulterio, ella quedó embarazada de un bebé que luego perdería. Por su parte, David, en un acto despiadado, planeó y ordenó la muerte de Urías. El rey fue dominado por su pecado.

Dios no se agradó de esto y David experimentó consecuencias lamentables en su propia familia a lo largo de los años: el abuso sexual de Amnón a su hermana Tamar (2 S 13) y la posterior rebelión y asesinato de Absalón (2 S 18), fueron algunas de las consecuencias más notables.

Sin embargo, la misericordia y la gracia de Dios estuvieron con él y, a pesar de todo, su reino fue establecido. Luego de cuarenta años de reinado, Dios le indica a David que unja a Salomón (su segundo hijo con Betsabé) como rey sucesor. Luego, habiendo servido a su generación David murió (Hch 13:36).

Entre otras cosas, de David podemos aprender que un creyente conforme al corazón de Dios no es quien no se equivoca o que no peca, sino uno que desea con sinceridad agradar al Señor, y es capaz de reconocer su imperfección y llega arrepentido delante del Señor para pedir perdón y cambiar.

El papel de David

Dios le dio a David un papel preponderante en la historia redentora. Le prometió que su reino no tendría fin (2 S 23:5). Además, decidió que fuera de su linaje que viniera el Mesías. Uno de los epítetos dados a este fue «Hijo de David» (Mt 12:23). De modo que, la nación judía esperaba a Uno que vendría y cumpliría la promesa de un reino eterno (Lc 1:32). Ese fue Cristo.

El rey David fue un héroe de la fe (He 11:32). Pero Cristo es el autor y consumador de nuestra fe (He 12:2). El Señor de David, en el tiempo establecido se hizo hombre, vivió de forma perfecta, murió por causa de nuestros pecados, resucitó y esperamos su regreso en gloria como el Rey de reyes, para estar junto a Él por la eternidad.

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