¿Qué es el reino de Dios? | Preguntas bíblicas

Me cautiva conocer sobre los reinos de los que solemos leer en libros de historia. Me interesa saber cuándo fueron creados, cómo se siguen manejando, y cómo algunos se acabaron. Por ejemplo, tengo en mente comenzar a estudiar la vida de los reyes de Gran Bretaña.

Cuando pensamos en estos reinos, lo hacemos desde una perspectiva humana. Sabemos que los reyes de este mundo son solo hombres al igual que las personas bajo sus reinados. Sin embargo, Dios ha usado a reyes humanos, y sus reinados en la historia, para que nos den una idea imperfecta de Su reino perfecto.

¿Qué es el reino de Dios? Podemos definirlo de esta manera: es su gobierno eterno siendo manifestado en su creación con el fin de mostrar su gloria en Cristo, por medio del Espíritu Santo, para llevar a muchos hijos e hijas a ser parte de su reinado eterno. Déjame desarrollar brevemente esa definición.

El reino eterno

Primero, comencemos con el reinado de Dios como un gobierno eterno diferente a toda monarquía o reinado humano. Él nunca ha dejado de ejercer dominio en toda su creación.

Por ejemplo, en la Biblia vemos cómo Daniel dice que Dios es quien quita reyes y pone reyes (Dn. 2:21). Más adelante en ese libro, uno de los reyes más grandes de la historia, Nabucodonosor, dice que glorifica al Altísimo “porque su dominio es un dominio eterno, y su reino permanece de generación en generación” (Dn. 4:34, énfasis añadido). 

¡Que maravilloso Rey! Nunca ha existido un día en el que Dios haya comenzado a reinar, y nunca existirá un día en el que deje de hacerlo. Por eso el salmista dice que “todo cuanto el Señor quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos” (Sal. 135:6). No hay rincón en su creación que Él no gobierne eternamente.

La creación muestra la supremacía del Rey Jesús como el todo-suficiente Creador.

El reino manifestado

El reino eterno de Dios se manifestó en la creación cuando Dios creó el universo y todo cuanto hay en él. El Señor no creó el universo para tratar de llenar Su plenitud, sino más bien para mostrar Su plenitud, ya que el Rey eterno no necesita absolutamente nada. A diferencia de reyes que necesitan ser servidos y dependen de su descendencia para preservar su reinado, Dios no depende de su creación.

Así fue como el apóstol Pablo, poniéndose en pie en medio del Areópago de Atenas, presentó al gran Rey diciendo que Dios es el Creador y no es servido por manos humanas, como si necesitara de algo (Hch. 17:22–28). La creación muestra la supremacía del Rey Jesús como el todo-suficiente Creador (Col. 1:15-18).

En la Biblia también vemos que el Rey creó nuestro mundo para que fuera habitado por seres humanos hechos a su imagen y semejanza que lo representaran a Él, teniendo  dominio sobre lo creado, y así diesen gloria al Creador (Gn. 1–2). Sin embargo, sus representantes fallaron, pues pecaron (Gn. 3:1-13). Por tanto, la historia bíblica presenta al Rey soberano ejecutando su plan salvador, preservando la simiente de la mujer hasta la llegada del Redentor que restauraría todas las cosas (Gn. 3:15). 

El reino inaugurado

Aquí es cuando encontramos la gloriosa verdad del evangelio: el Rey Jesús inauguró en este mundo el reino eterno de Dios al hacerse carne para habitar entre nosotros y mostrar la gloria del Padre (Jn. 1:14). Cristo se hizo el Siervo sufriente para que Dios Padre nos librara del dominio de las tinieblas y nos trasladara a su reino, el reino de su Hijo (Col. 1:13).

Saber que servimos al Rey eterno tiene implicaciones para nuestro hoy. Nos lleva a buscar las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

Cristo dijo en varias ocasiones: “el reino de Dios se ha acercado; arrepiéntanse y crean en el evangelio” (Mr. 1:15). Esta es su manera de presentar que el reino de Dios había sido inaugurado. Este reino fue asegurado con su muerte, cuando en la cruz afirmó: “Consumado es” (Jn. 19:30). Gracias a su sacrificio, somos reconciliados con Dios por medio de la fe y hechos ciudadanos de este reino.

El reino sin fin

Así terminamos de la misma manera en que comenzamos. El reino de Dios no tuvo comienzo ni tendrá fin, pero ahora, por medio del Espíritu Santo, incontables pecadores son regenerados para ser hechos herederos según la esperanza de la vida eterna (Tit. 3:4-7). Cuando Cristo regrese por segunda vez, ahora para consumar el reino de Dios, comenzará lo que por gracia su iglesia hará el resto de la eternidad: glorificar en gloria al Rey soberano. 

Por tanto, saber que servimos al Rey eterno tiene implicaciones para nuestro hoy. Nos lleva a buscar las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios (Col. 3:1). Así que los creyentes somos llamados a vivir como nuevas criaturas, representando al Rey en el aquí y ahora, mientras tenemos puesta la mirada en el allá y para siempre.


Imagen: Lightstock.
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