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Como monarca constitucional, la naturaleza del papel de la reina Isabel II le obligaba a no opinar. Nadie sabía a cuál partido político apoyaba, ni cuál era su favorito de los quince primeros ministros que ejercieron el cargo durante su reinado, ni tampoco si estaba a favor o en contra de la salida o permanencia de Inglaterra en la Unión Europea. Por eso es significativo que en sus setenta años de reinado, su majestad solo haya escrito un prólogo. El libro fue publicado por la Sociedad Bíblica para las celebraciones de su cumpleaños número noventa en 2016 y se tituló The Servant Queen and the King She Serves [La reina sierva y el Rey al que sirve].

En los próximos días se escribirán millones de palabras sobre la Reina. Muchas habrán sido preparadas de antemano. Cuando trabajé hace veinte años para una agencia de noticias, la Press Association (Asociación de Prensa), había docenas de artículos guardados bajo el más estricto secreto, listos para ser publicados tras la muerte de la Reina. Las palabras que siguen aquí no fueron preparadas de antemano y están sin pulir.

Pero por muy elegante o elocuente que sea, es poco probable que algún elogio la resuma mejor que el título de ese libro que acabo de mencionar. Aunque ella misma era una reina, su majestad siempre supo que tenía un soberano que la amaba, había muerto por ella, la había perdonado y ahora como respuesta la llamaba a vivir una vida de servicio amoroso. Puede que fuera una reina, pero se veía ante todo como súbdita del Rey. «Miles de millones de personas siguen las enseñanzas de Cristo y encuentran en Él la luz que guía sus vidas», dijo una vez. «Yo soy una de ellas».

Servicio, no autorrealización

Esa frase pertenece a uno de los discursos de Navidad de la Reina, el primero de los cuales fue emitido por radio en 1952. Ahora sus discursos son vistos anualmente por millones de personas en la televisión de toda la Mancomunidad de Naciones. En la medida en que su posición constitucional lo permitía, la Reina tenía la oportunidad de hablar de su fe y animar a sus súbditos a considerar a Cristo.

Cuando elaboramos un libro para niños sobre la fe de la Reina con motivo de su Jubileo de Platino, nos llamó la atención la frecuencia con la que hablaba de Jesús. En 2012, nos recordó que «esta es la época del año en la que recordamos que Dios envió a Su único Hijo para servir, no para ser servido», tanto para salvarnos como para darnos ejemplo. Ella siguió ese ejemplo. En nuestra época, en la que el deber ha pasado de moda y el «ser fiel a uno mismo» se ha convertido en el lema de una generación, ella marchó decididamente a otro ritmo. La suya fue una vida de servicio, no de autorrealización.

En nuestra época, en la que el deber ha pasado de moda, ella marchó decididamente a otro ritmo. La suya fue una vida de servicio, no de autorrealización

Su Majestad conoció a millones de personas, pero en todas las imágenes que veremos en filmaciones en los próximos días, observarás que siempre prestó atención a la persona que tenía delante. Nunca parecía tener prisa por pasar por delante de él o ella. No parecía importarle si la persona a la que se dirigía era un presidente o un mendigo. Podría haber disfrutado de la riqueza y el estatus que le daba su posición, pero en lugar de ello nos mostró una vida de servicio diligente en beneficio de los demás, una vida que trata a cada persona con dignidad, independientemente de su posición. Así nos brindó una visión de Aquel que dejó las riquezas del cielo y se hizo nada a sí mismo, naciendo en forma de siervo y dando todo lo que tenía para servir a Su pueblo.

Enlace al pasado, señalando la eternidad

A lo largo de los territorios gobernados por la Reina, nadie menor de setenta años ha conocido a otro monarca. La naturaleza de este mundo es siempre cambiante y a menudo incierta. Pero ella era un punto fijo. La Reina siempre formó parte de la vida, rara vez en el centro de nuestra conciencia, pero siempre estuvo allí. Nos conectaba con nuestro pasado. Había soportado el bombardeo de Londres en la Segunda Guerra Mundial; su primer Primer Ministro había sido Winston Churchill; su madre había nacido en la época victoriana. Todo cambia; pero, en muchos aspectos, ella no lo hizo. Hasta hoy.

Por eso, aunque tenía 96 años, su muerte se siente como una conmoción. Sabíamos que moriría algún día, pero quizás una parte de nosotros sentía que nunca lo haría. Algo en nosotros anhela la constancia, la seguridad de algo que no cambia, de una roca en la que puedes poner el pie y saber que nunca se moverá. La Reina no podía ser inmutable para siempre, pero sus pies estaban en una Roca diferente.

¿Quién sabe cuál será el futuro de la monarquía? Muchos amaban a Isabel más que a la institución misma. Pero aunque para muchos la monarquía es un anacronismo —y puede que tengan razón—, vale la pena recordar que, como cristianos, estamos deseando vivir bajo un monarca absoluto.

En la medida en que Isabel fue amable, servicial y consistente, nos mostró la bendición que supone vivir bajo un buen gobernante

En la medida en que Isabel fue amable, servicial y consistente, nos mostró la bendición que supone vivir bajo un buen gobernante. Nos señaló la verdad de que la humanidad fue creada para disfrutar de la vida bajo un gobernante todopoderoso, omnisciente y siempre amoroso, que (como la reina) no se deja influir por las encuestas de opinión, nunca necesita presentarse a las elecciones y cuya autoridad no depende de la opinión de la mayoría. Los seres humanos son más felices bajo un monarca perfecto.

El problema, como sabía la reina Isabel, es que ese líder no se puede encontrar en este mundo. La maravilla, como también sabía la reina Isabel, es que un día llegará, viniendo en las nubes.

Humanidad compartida, salvación compartida

Un comentarista de la BBC me recordó una de las amistades más improbables del último medio siglo: la de la reina Isabel y Billy Graham. Por su origen, cultura, clase y vocación, no podían ser más diferentes. Sin embargo, cada uno disfrutaba de la compañía del otro, y (a pesar de las cejas levantadas de algunos entre la clase dirigente anglicana) cuando Graham venía al Reino Unido para sus cruzadas, la Reina siempre le invitaba a visitarla, a predicarle y a quedarse a comer para discutir algún pasaje de las Escrituras. En su autobiografía, Tal como soy, Graham relató uno de esos almuerzos, en el que le dijo que no estaba seguro de qué pasaje elegir y que había sopesado —pero luego decidió no hacerlo— predicar sobre la sanidad del hombre junto al estanque de Betesda, en Juan 5.

«Sus ojos», escribió, «brillaban y rebosaban de entusiasmo… “Ojalá lo hubieras hecho, exclamó. Es mi historia favorita”». De nuevo, es difícil imaginar a dos personas más diferentes: un paralítico durante treinta y ocho años sin nadie que le ayude y una reina durante décadas con decenas de sirvientes. Pero él necesitaba escuchar las palabras de sanidad y salvación de Jesús, y ella también. En estos últimos meses de su vida terrenal, la reina había sufrido con sus propios «problemas de movilidad». Pero no hoy. Ahora no. Porque mi monarca era también mi hermana y la veremos de nuevo, de pie sobre piernas firmes ante el trono del Rey a quien conoció, amó y sirvió.

Gracias, su majestad, por sus años de servicio. Gracias, su majestad, por recordarnos que hay un gobernante más grande. Gracias, su majestad, por las formas en que nos mostró a Jesús.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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