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¿Cómo ser pura en un mundo impuro?

No es fácil hablar de pureza en un mundo que es más liberal cada día. Probablemente, en tus reuniones de amigas (creyentes o no creyentes) lo menos que se menciona es el vivir de manera pura o en santidad.

En la Palabra de Dios encontramos un llamado a la pureza, y en la carta a Tito vemos ese llamado de manera específica para las mujeres:

“Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta, no calumniadoras ni esclavas de mucho vino. Que enseñen lo bueno, para que puedan instruir a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a que sean prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada”, Tito 2:3-5 (énfasis añadido).

La palabra que Pablo utilizó en la carta a Tito para referirse a puras es hagnos, que significa: “puro, casto, libre de contaminación, santo”. Pablo utilizó la palabra con el sentido de “una novia pura”, una mujer que se presenta a su esposo sin mancha alguna. Esta debe ser una característica que destaque a la mujer cristiana en toda su vida, no solo delante del esposo.

Es un llamado a nosotras las mujeres a vivir de manera que refleje la santidad de Dios en nuestra vida. Un llamado a ser luz donde parece que no hay debido a la inmoralidad y la impureza. Un llamado a mostrarle a otros que la nueva vida con Dios significa vivir de manera diferente, al ir contra la cultura no por rebeldía sino por convicción, por amor a Dios y a sus principios morales. Se trata de vivir una vida santa, pura, que refleje que ya no somos lo que antes fuimos, y esto solo por su gracia; no por lo que hagamos o dejemos de hacer, sino por Él.

Una nueva identidad

Porque nosotros también en otro tiempo éramos necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros”, Tito 3:3.

Porque nosotros también en otro tiempo éramos… pero la gracia de Dios ha redireccionado nuestra vida. Cristo nos ha dado una nueva vida, y hemos sido renovadas, regeneradas, renacidas para vivir de manera diferente a como vivíamos antes, diferente a lo que la cultura de hoy dicta como correcto. Hemos sido elegidas desde antes de la fundación del mundo para que fuéramos santas y sin mancha delante de Él. Somos pueblo adquirido por Dios para mostrar las virtudes de Aquél que nos llamó de las tinieblas a la luz.

Cristo nos ha dado una nueva vida y hemos sido renovadas, regeneradas, renacidas para vivir de manera diferente a como vivíamos antes

No es mi afán exaltar el pecado, sino más bien hacer conciencia sobre lo que estamos expuestas cada día, y no solo nosotras sino nuestros hijos también. Es necesario mencionar que estamos viviendo tiempos donde la moralidad es un tema que nada tiene que ver con Dios.

Vivimos tiempos donde cada persona decide qué es lo mejor de acuerdo a sus gustos y necesidades, donde abunda la inmoralidad a los cuatro vientos, y por lo tanto es necesario que estemos ancladas a la Palabra de Dios, a los principios morales que nuestro Padre nos dejó escritos. Son principios que, aunque en estos días parecen pasados de moda e ineficaces, para nosotras son el faro que nos da dirección en un mundo donde el pecado parece ser una tormenta incesante.

Tengamos presente que hemos sido renovadas por Dios. Por lo tanto, seamos agradecidas con todo lo que Él ha hecho por nosotras, comenzando con lo que Cristo hizo en la cruz para darnos libertad. Cuando reconocemos que nuestra naturaleza es pecaminosa, con tendencia a desviarnos del camino de la santidad, es cuando más reconocemos que necesitamos de Dios, de su gracia, de su perdón, y dirección.

Si creemos que salimos victoriosas por lo que hemos hecho en nuestras fuerzas, por las veces que logramos contenernos de pecar y resistir la tentación, o por lo piadosas que somos con los de fuera, entonces es muy probable que nos hayamos llenado de orgullo, y poco a poco nos alejaremos de Dios. Si nos alejamos de Dios, entonces la tentación a pecar ya no nos causará dolor o repulsión, y peor aún, es muy probable que nos parezca más atractiva.

¿Cómo mantenerme pura en un mundo impuro?

Creo que el primer paso es reconocer que todavía somos pecadoras, que tenemos esa naturaleza caída y que necesitamos sí o sí a Dios en nuestra vida, todos los días; cuando estamos fuertes y cuando nos sentimos débiles.

La maldad del mundo sigue aumentando. La impureza ya no se oculta. Ahora, en la televisión es evidente la inmoralidad. Se transmiten películas subidas de tono en horario familiar, se comparten videos sugestivos por WhatsApp, y ¿qué decir de la literatura sensual, el ciber adulterio, y el lenguaje obsceno? Todo eso es normal en el mundo.

Pero no debería serlo en nosotras.

Cuando nos encontramos con la santidad de Dios en su Palabra, cuando llegamos a entender que Él nos desea como a una novia pura porque Él es puro, santo, y sin mancha, anhelamos mantenernos libres de contaminación por medio de Jesucristo, “quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tit. 2:14).

Y eso debe verse reflejado en el exterior. Esto sucede cuando hemos decidido vivir para Él, es decir, hemos decidido vivir el evangelio de la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Es Él quien nos ha limpiado de pecado e iniquidad, quien nos ha rescatado de todas aquellas obras impuras que cometimos en el pasado. Entonces, vivamos para agradarle al ser agradecidas y sin volver atrás, al barro cenagoso; más bien, mantengámonos limpias por Él y con Él.

Pecaremos. Aún tenemos la presencia del pecado en nosotras. Pero no olvidemos que tenemos la capacidad de decirle “no” al pecado, de huir de las tentaciones y clamar a Dios por ayuda en nuestras debilidades. Él es fiel. Dice el salmista:

“En mi angustia invoqué al Señor, y clamé a mi Dios; desde Su templo oyó mi voz, y mi clamor delante de Él llegó a Sus oídos”, Salmo 18:6.

Dios nos ayude a vivir la vida de manera que Él sea glorificado.


Imagen: Unsplash.
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