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Cuando nos sentimos heridos por alguien, sin importar cuánto apreciemos a esa persona, nuestra tendencia es a alejarnos, ¿no es cierto? En diversas ocasiones yo misma me he encontrado en medio de una relación quebrantada, donde las cosas ya no son igual que antes, y necesitamos iniciar un proceso de reconciliación.

En medio de esta tendencia propia de nuestra naturaleza, a veces pensamos que con Dios las cosas funcionan de la misma manera. De hecho, esta misma semana alguien me decía cómo el Señor le había estado mostrando su pecado, su corazón se había estado alejando del Señor, y que ahora ella no sabía cómo reconciliarse con Él.

Sus palabras estaban cargadas de dolor. El peso de pensar que tenía la responsabilidad de reconciliarse con Dios era una carga que ni ella ni nosotras podemos llevar.

Completo está

Permíteme quitar un peso de tus hombros: Si eres creyente tú no necesitas reconciliarte con Dios porque Jesús ya lo hizo por ti.

Porque si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo, mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por Su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación, Romanos 5:10-11.

Tener que reconciliarnos con Dios es una carga que no tenemos que llevar porque Cristo la llevó por nosotras. Cuando éramos sus enemigas, Él nos reconcilió consigo mismo por medio de la muerte de su Hijo y esa reconciliación es para siempre porque no depende de nosotras en lo absoluto.

Tener que reconciliarnos con Dios es una carga que no tenemos que llevar porque Cristo la llevó por nosotras.

Nuestro pecado no hace que perdamos nuestra amistad con Dios porque Cristo la garantizó. No causa que Dios nos voltee el rostro, porque Él ya lo hizo con Cristo para no tener que hacerlo con nosotras nunca más.

Tú no necesitas lograr reconciliación con Dios porque eso se logró en la cruz del calvario. Hecho está, y esta es una verdad en la que puedes descansar aun en medio de tus peores pecados.

Reconciliadas por siempre

A pesar de que nunca más seremos enemigas de Dios, el estar reconciliadas con Él por siempre no quiere decir que podemos seguir pecando deliberadamente y que no hay nada que se requiera de nuestra parte en medio de nuestro pecado.

Nosotras no debemos ignorar nuestro pecado porque Dios no lo hace. Es cierto que Él no nos toma en cuenta nuestras transgresiones para condenación, pero el pecado siempre tiene consecuencias para nuestras vidas que nos hieren; y aunque Dios no nos voltea el rostro, nosotras sí se lo volteamos a Él y el Espíritu se entristece.

En medio de nuestro pecado, no tenemos la carga de reconciliarnos con Dios porque por la obra de Cristo nuestro estado de reconciliación no cambia, pero sí tenemos el llamado de ir en arrepentimiento delante de Él y al hacerlo tenemos garantizado que recibiremos perdón y limpieza por ellos: Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad (1 Jn. 1:9).

No importa lo grande de nuestro pecado y lo lejos que hayamos estado, nuestro Padre celestial nos recibe, nos perdona, y nos limpia porque la sangre de Cristo ya ha comprado nuestro perdón, libertad, y reconciliación eterna.

El ministerio de la reconciliación

Nuestra reconciliación con Dios es únicamente obra de Él. Dios es el creador del mensajero, del ministerio, y del mensaje de la reconciliación:

Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió con El mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; es decir, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo con El mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación, 2 Corintios 5:18.

Dios es el motor de cada aspecto de la reconciliación mencionado en estos versos: de Él procede, Él nos da el ministerio, Él estaba reconciliando en Cristo, Él no tomó en cuenta las transgresiones de los hombres, y Él nos encomendó la palabra de la reconciliación. Como ya hemos dicho, nuestra reconciliación con Dios no es algo que nosotras hacemos, es algo que Dios mismo ha hecho. Pero Dios no solamente nos da la reconciliación, sino que también nos llama a llevar el mensaje a otros.

El ministerio de la reconciliación no le dice a otros: ven y haz las paces con Dios sino, ven porque en Cristo Dios ha hecho las paces contigo. ¡Que gloriosa noticia!

Si estamos en Cristo cada una de nosotras hemos sido recipientes de esa incambiable reconciliación y lo mejor que podemos hacer (y a lo que estamos llamadas) es llevar ese mensaje de reconciliación a otros.

A aquellos que son creyentes y en su pecado se han alejado de Dios, les llevamos el mensaje de que en Cristo hemos sido reconciliadas para siempre y ni siquiera nosotras podemos cambiar esta verdad. Y porque estamos reconciliadas para siempre nuestro Padre celestial nos recibe en arrepentimiento, nos perdona, y nos limpia.

A aquellos que no conocen a Cristo le llevamos el mensaje de que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores y a reconciliar nuestra enemistad con Dios a través de su muerte y resurrección. En Él tenemos perdón, en Él tenemos redención y reconciliación.

Gloria a Dios por nuestra reconciliación eterna. Gloria a Él por el privilegio de ser sus embajadoras y llevar el gran mensaje de la reconciliación.

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