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El presidente ruso Vladímir Putin, ha colocado en estos días el arsenal nuclear de su país en «régimen especial de combate», lo que sugiere un aumento en el nivel de alerta. También advirtió que cualquier interferencia a su invasión militar en Ucrania desencadenaría consecuencias «nunca antes experimentadas en su historia». El movimiento fue intencionadamente ambiguo y los expertos internacionales están en conflicto sobre lo que presagia. Mientras algunos lo ven como una provocación sin importancia, otros ven una escalada hacia el conflicto nuclear. 

Los mensajes contradictorios han llevado a muchos cristianos a preguntarse si la guerra nuclear con Rusia se ha vuelto repentinamente más probable y, si es así, ¿es algo que debería preocuparnos?

Empecemos por la primera pregunta: ¿Qué probabilidad hay de una guerra nuclear con Rusia? 

Podemos pensar en la probabilidad de una guerra nuclear de dos maneras: (1) la probabilidad puede calcularse pero no con precisión, y (2) la probabilidad no puede determinarse porque carecemos de la información necesaria para hacer una estimación válida. El grupo al que te adhieres determina cómo ves esas probabilidades. 

Para los que adoptan la posición n.º 1, las mejores estimaciones son que hay alrededor de un 1,1 por ciento de probabilidades de que se produzca una guerra nuclear cada año. Las probabilidades de que se produzca en particular una guerra nuclear entre EE.UU. y Rusia se sitúan en torno al 0,38% anual. Como señala Alex Tabarrok, «para un niño nacido hoy (digamos que con 75 años de esperanza de vida) estas probabilidades (.0117) sugieren que la posibilidad de una guerra nuclear en su vida es de casi 60% (1-(1-.0117)^75)».

Para los que adoptan la posición n.º 2, la probabilidad oscila entre el 0% y el 100%, sin poder determinar un número fiable entre ambas. La razón es que cualquier estimación, ya sea de expertos o no, se basa en predicciones que no pueden cuantificarse adecuadamente. Cualquier estimación, como el 0,38% anual, podría ser optimista o pesimista; simplemente no disponemos de datos suficientes para hacer una estimación fiable.

Aunque la Biblia no dice nada directamente sobre las armas nucleares, sí tiene mucho que decir sobre la ansiedad

Sea cual sea el lado que tomemos, debemos considerar por qué buscamos precisión numérica en el asunto. Algunas personas que trabajan en el ejército o en agencias gubernamentales podrían necesitar estos supuestos de probabilidades para que les ayuden a tomar decisiones sobre política nuclear. Pero para muchos de nosotros, lo más probable es que no tengamos forma de emplear esas probabilidades de forma útil. Simplemente buscamos una falsa sensación de precisión sobre lo que ya creemos, tanto si pensamos que la probabilidad es alta o baja. La probabilidad no es más que una justificación para ayudarnos a responder a la pregunta: «¿Qué tan preocupados debemos estar?»

Las Escrituras y la ansiedad nuclear

Tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, el mundo comenzó a experimentar una condición que se conocería como «ansiedad nuclear»: el miedo a la guerra nuclear y a sus consecuencias. Durante la época de la Guerra Fría, casi todas las familias de Estados Unidos tenían a alguien que experimentaba ansiedad por una posible guerra nuclear. Esta condición se redujo en su mayor parte con el colapso de la Unión Soviética en 1991. Pero para algunas personas, la ansiedad nuclear nunca ha desaparecido.

Aunque la Biblia no dice nada directamente sobre las armas nucleares, sí tiene mucho que decir sobre la ansiedad. Por ejemplo, Jesús dice: «Por tanto, no se preocupen por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo. Bástenle a cada día sus propios problemas» (Mt 6:34), y Pablo dice: «Por nada estén afanosos» (Fil 4:6).

Dependiendo del contexto, la ansiedad puede ser de uno de estos cuatro tipos: (1) una respuesta emocional dada por Dios para nuestro beneficio, (2) una respuesta fisiológica desordenada que no es pecaminosa, (3) una consecuencia natural del pecado, o (4) una respuesta pecaminosa al cuidado providencial de Dios.

Para entender el tipo 1, es útil empezar por distinguirlo del concepto similar de miedo. La ansiedad y el miedo están estrechamente relacionadas porque son emociones similares que funcionan en marcos temporales diferentes. El miedo es una respuesta emocional a una amenaza inmediata real o percibida; la ansiedad es una respuesta emocional a una amenaza futura real o percibida. El miedo es un sistema de advertencia fisiológico y/o emocional que nos alerta del peligro en el momento, mientras que la ansiedad es un sistema de advertencia del peligro que se avecina.

Si nos enfrentamos a una amenaza inmediata para nuestra vida, como cuando encontramos un animal salvaje y peligroso, debemos tener el miedo suficiente para huir por nuestra propia seguridad y supervivencia. Un sentimiento inmediato de ansiedad o miedo puede desencadenar una respuesta emocional natural, dada por Dios para la supervivencia. Ese tipo de ansiedad rara vez es lo que consideraríamos pecaminoso. La ansiedad nuclear no parece encajar en esa categoría.

Aunque podría estar relacionada con el Trastorno de Ansiedad Generalizada, el Trastorno de Pánico o la Ansiedad Social, la ansiedad nuclear es demasiado específica para ser una respuesta fisiológica distintiva y desordenada. También es poco probable que sea una consecuencia natural de nuestro pecado individual. Un ejemplo de este tipo de ansiedad sería si alguien estuviera engañando a su cónyuge y se pusiera ansioso ante la posibilidad de que su matrimonio se desmoronara. Ese tipo de ansiedad es el resultado de las propias decisiones pecaminosas.

Dado que la amenaza de una guerra nuclear no es inminente y, por lo tanto, no es un temor racional, la mayoría de los casos de ansiedad nuclear persistente parecen caer en la categoría de una respuesta pecaminosa al cuidado providencial de Dios. Esta es la ansiedad que resulta porque carecemos de confianza en Dios o en su soberanía sobre el mundo o nuestras vidas. Este es el tipo de ansiedad al que se referían Jesús y Pablo en los pasajes citados anteriormente.

La razón principal por la que no necesitamos tener tal ansiedad es porque, si alguna vez hay una guerra nuclear, sólo ocurrirá porque Dios ha permitido que suceda

La razón principal por la que no necesitamos tener tal ansiedad es porque, si alguna vez hay una guerra nuclear, solo ocurrirá porque Dios ha permitido que suceda.

Si la probabilidad de una guerra nuclear nos parece baja, podemos dar gracias porque parece que Dios está impidiendo que se produzca ese acontecimiento. Si la probabilidad parece alta, debemos considerar si hay algo que Dios espera que hagamos para reducir las posibilidades. Si no está en nuestra mano evitar o reducir la probabilidad de una guerra nuclear, entonces no es un asunto por el que Dios quiera que nos preocupemos.

Sabiduría de un «Rey de Reyes»

También podríamos decir, como lo hizo un líder mundial,

Bendije al Altísimo y alabé y glorifiqué al que vive para siempre. Porque Su dominio es un dominio eterno, y Su reino permanece de generación en generación. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, más Él actúa conforme a Su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra. Nadie puede detener Su mano, ni decirle: «¿Qué has hecho?».

Esas palabras, citadas en Daniel 4:34-35, salen de los labios de Nabucodonosor. Como dice Bob Deffinbaugh, «Este reconocimiento de la soberanía de Dios lo hace un hombre que sabe más de la soberanía humana de lo que cualquier estadounidense podría saber. Entre los reyes de la historia, este rey es “el rey de reyes” (Dn 2:37)».

Si uno de los gobernantes mundiales más poderosos de la historia pudo reconocer que Dios es soberano sobre todos los hombres y todas las naciones, los que servimos al verdadero y máximo «Rey de reyes» (1 Ti 6:15) deberíamos ser capaces de hacer lo mismo. Podemos confiar en que, tanto si mantiene su mano como si permite que llegue la guerra, Dios siempre tiene el control.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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