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‪“Yo no tengo la autoridad para expulsarle, por lo que le pido, por favor, retírese y deje el seminario”. Me di cuenta del peso de mis palabras y aprecié verdaderamente su efecto potencial. Solo después de varios intentos prolongados de corregirlo, sabiendo que él no estaba conectado a ninguna iglesia local, y después de consultar con el decano, las dejé pesadas y profundas en sus oídos aturdidos.

El joven había predicado varios sermones en mi clase de predicación práctica, cada uno más inquietante e irresponsable que el anterior. Finalmente cruzó la línea de lo desequilibrado a la falsedad y promovió algo que juzgué ser notoriamente erróneo, contrario al evangelio, y la antítesis de todo lo que el Southern Seminary representa. Cuando él se mantuvo firme en su posición, y beligerante a mis intentos de reprenderlo, sabía que la tragedia de su alejamiento de la verdad sería exponencialmente agravada con un título de un seminario. Así que le pedí que se fuera, y lo hizo.

‪Aunque todavía me duele la partida de ese estudiante de la sana doctrina, nunca me he arrepentido de la severidad de mis palabras hacia él. Yo no podía evitar que predicara el error, pero sería mucho peor si lo hacía con un título de la institución donde enseño.

‪Mi preocupación principal no era que alguien pensara que recibió su doctrina de mis colegas o de mí, aunque sin duda ese pensamiento me resultaba inquietante. Mi mayor ansiedad era que alguna iglesia pensara erróneamente que él estaba calificado para servir como pastor, le diera la bienvenida y abrazara su falsa doctrina, simplemente porque tenía un título de un seminario.

‪Cuando se trata de la calificación para el ministerio, la ordenación debe llevar mucho más peso y proporcionar mucha más evidencia de que un hombre está listo para el servicio en la iglesia que cualquier título de seminario. Un seminario por sí solo no es suficiente para calificar a nadie para el ministerio, por muy fiel que sea la facultad o lo mucho que lo intente. Un seminario es un programa académico riguroso, pero eso es muy diferente a pertenecer a una iglesia en la cual el estudiante puede servir y demostrar sus dones y llamado mientras está bajo su enseñanza, autoridad y disciplina.

‪Una gran parte de mi vida ha estado dedicada a la educación en el seminario, tanto la mía como la de miles de personas. Estoy comprometido con la educación teológica de calidad en el seminario, y creo que es una forma maravillosa de aprender las Escrituras en manos de hombres y mujeres brillantes y devotos a Dios, a quienes Él ha levantado para este propósito. Me encanta el seminario y animaría a cada joven ministro del evangelio que tenga la oportunidad a inscribirse en un seminario, específicamente el mudarse y estar dentro del campus por un tiempo determinado. Me encanta y creo en la educación del seminario, para dejarlo claro. Aun así, algo importante necesita ser dicho.

‪Un seminario no es la iglesia. Jesús hizo la enseñanza y la formación parte de la Gran Comisión dada a su iglesia. Él amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella. A Él sea la gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todos los siglos. Él ha puesto a algunos en la iglesia. Las Escrituras no dicen una sola palabra sobre los seminarios, no solo porque aún no existían, sino también porque no son parte integral del plan de Dios para exaltar su nombre entre las naciones. La iglesia, por su parte, es el plan de Dios para la evangelización mundial y el discipulado.

‪Para ser claros, los seminarios, al menos los Seminarios Bautistas del Sur, operan en nombre de las iglesias y, de hecho, pertenecen a las iglesias de la Convención Bautista del Sur (de los Estados Unidos). Los seminarios, por lo tanto, tienen un deber sagrado de entrenar a los ministros del evangelio en nombre de las iglesias locales en las que algún día han de servir.

Los seminarios hacen posible que las iglesias ofrezcan a aquellos que se han entregado al ministerio una profundidad de formación teológica en múltiples disciplinas que de otra manera no tendrían.  Las iglesias tienen el derecho a delegar una parte de esa formación a un seminario, y esperan que sus hijos e hijas serán enseñados por grandes hombres y mujeres de Dios y equipados de muchas maneras. Pero las iglesias no pueden y no deben abdicar de su responsabilidad primaria de entrenar ministros del evangelio y declararlos listos para el ministerio, cuando llegue el momento.

No hay nada terriblemente malo en el sistema, a menos que, por supuesto, por malo queramos decir no bíblico o, al menos, extra bíblico. En la medida en que cualquier seminario evada e ignore precisamente el cuerpo por el cual Cristo murió, olvidando que existe para servir a las iglesias, ese seminario se volverá antibíblico y producirá hombres y mujeres más comprometidos con una denominación o una persuasión teológica que con la iglesia del Señor Jesucristo. Ortodoxia seca, desconectada de las iglesias locales conduce a la muerte con tanta certeza como una negación liberal de la veracidad de las Escrituras.

‪Dado que el seminario es una institución académica y no una iglesia, no puede realmente observar al estudiante adecuadamente para saber si demuestra un verdadero sentido de llamado, y definitivamente no tiene el derecho de declararlo un ministro llamado por Dios. Ese llamado se encuentra en la intersección de deseo, dones, oportunidad y el testimonio de la iglesia.

Ciertamente puedo medir los dones y, en gran medida, el deseo de un estudiante para cumplir con un llamado a predicar, por ejemplo. Pero en las tres horas a la semana que pasa conmigo no voy a saber nada acerca de las oportunidades que él busca o que el Señor provea para él, y mucho menos voy a tener la oportunidad diaria para observar su perseverancia, el “fuego en sus huesos” que testifica de su llamado. No puedo calibrar su verdadera eficacia en situaciones de la vida real. No sé cómo trata a su esposa, o cómo trata a sus hijos, o lo generoso que es con sus recursos, o si lucha con el orgullo o la lujuria. Solo una iglesia puede hacer eso, y solo durante un período de tiempo significativo.

‪Es por eso que la ordenación, tomada en serio y apropiadamente, debe significar mucho más que cualquier título de seminario. Cuando una iglesia ordena a un hombre para el ministerio, los miembros están testificando que han observado su llamado y se han encontrado pruebas de su realidad. Ha expresado consistente y persistentemente el deseo de cumplir con ese llamado y ha demostrado también que Dios le ha proporcionado las habilidades básicas para hacerlo. Con toda franqueza, Dios no va a llamar a alguien para hacer algo que simplemente no puede hacer sin importar el tiempo que persista en ello ni lo mucho que lo intente. Con el llamado viene una habilitación, y solo la iglesia puede observar lo suficiente cerca para comprobar que Dios ha provisto lo que el joven ministro necesita para cumplir con el llamado que afirma tener.

‪Además, la iglesia puede ofrecer oportunidades a fin de dar testimonio de si el joven ministro va a tomar ventaja de ellas para obrar con una seriedad que dé testimonio de su llamado. Puedo dejar asignaciones en mi clase y obligarlo a predicar o realizar ciertos ministerios porque tengo el poder de una calificación sobre él. Cuando él haya hecho esas tareas, aunque las haya hecho bien, no puedo estar seguro de si va a tener el mismo cuidado y deliberación si no estuviera necesitando una calificación. La iglesia, por su parte, observa al ministro novato en situaciones de la vida real y se puede determinar de manera mucho más realista la genuinidad de su nivel de compromiso.

‪Un seminario es una institución académica y otorga un título académico debido a que un estudiante ha completado un determinado curso de estudio. Aunque hacemos todo lo posible para que sea una búsqueda espiritual y conectarlo a un conocimiento de Cristo y a un compromiso con la iglesia local, un budista inteligente podría fingir y graduarse de un seminario Bautista.

Si un estudiante decide pasar por el seminario y hacer solo lo que se requiere de él académicamente, él pudiera desempeñarse muy bien en clases e incluso graduarse como el mejor de su clase. Sin una verdadera conexión y rendición de cuentas a un cuerpo local, ese alumno no estaría calificado como un ministro del evangelio de Jesucristo y no estaría calificado para dirigir una iglesia hasta que haya sido fiel en el servicio a una iglesia y se haya sometido a los ancianos (Hebreos 13:17; 1 Pedro 5:5). Mi predicción para tal estudiante sería que el mundo real de la vida de iglesia y ministerio acabarían con él.

‪El éxito del ministerio depende de la fuerza del llamado. La formación académica no puede conceder nunca a un estudiante la tenaz persistencia y el amor por el pueblo de Dios que este debe tener en los inevitables problemas que el ministerio trae. Bajos salarios, largas jornadas, pérdida de miembros de la iglesia, y muy poco reconocimiento a menudo será el destino de un pastor, y en esos momentos su formación académica rigurosa podría de hecho conspirar contra él, contribuyendo a sentimientos de “esto no es lo que me merezco”, y a una autoestima inflada que lo tiente a huir por la tangente. En esos momentos oscuros de oposición y sequedad espiritual, mejor que tuviera algo más importante que un título de seminario para mantenerlo fiel, dedicado y comprometido. Necesita fuego en sus huesos, no un diploma en la pared.

‪Por otro lado, he visto a muchos hombres piadosos que nunca pudieron ir al seminario llevar vidas vibrantes y productivas para Cristo en la iglesia local. Como pastores, líderes de alabanza, ministros estudiantiles o pastores asociados, exhiben un sentido de llamado, el conjunto de habilidades que demuestran la unción de Dios, y una pasión que los impulsa a buscar oportunidades y mejorar en su llamado.

‪Dicho de otra manera, la iglesia puede existir sin el seminario. Y lo ha hecho antes y podría volver a hacerlo. El seminario, por otra parte, no puede y no debe existir aparte de las iglesias. El seminario se ha encargado de dar a los ministros jóvenes una educación teológica en nombre de las iglesias, y es mejor que no olvidemos eso nunca, que una educación teológica es solo una parte de la calificación para el ministerio.

‪Hace un poco más de un año pasé una semana en Cuba y vi a Dios moverse de una manera que nunca había visto antes. Cientos de miles al año están viniendo a Cristo y las iglesias se están multiplicando a una velocidad increíble. Bajo tremenda privación, opresión y persecución, el evangelio es predicado y el Espíritu se está moviendo poderosamente. Casi ninguno de los pastores allí tienen una educación de seminario, pero noté que con gran interés que casi todos ellos quieren tenerla. A pesar de que están experimentando un avivamiento que es quizás más importante que en cualquier otro lugar en el mundo en este momento, sienten que la profundidad y amplitud de conocimientos que brinda la educación de un seminario podrían hacerlos aún más eficaces y productivos en el ministerio.

‪¿Podemos tener ambas cosas? ¿Podemos tener una robusta y completa educación teológica, junto con una pasión y un compromiso ungido por el Espíritu Santo para la evangelización y plantación de iglesias? ¿Podemos producir ministros que tienen una comprensión inteligente, y un concienzudo entendimiento de la teología y al mismo tiempo un corazón para caminar a través de las heridas y los dolores de la vida con una congregación? Sí podemos, cuando las iglesias aceptan la responsabilidad primordial de la formación espiritual de los ministros, y cuando aquellos a quienes Dios ha llamado entienden que la formación del seminario puede mejorar y enriquecer su servicio a la iglesia, pero nunca suplantarlo.

Publicado originalmente en el blog de Hershael York. Traducido por Patricia de Namnún.
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