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Por muchos años escuché tu voz decir: “Sígueme”.
Me llamaste antes, pero no recuerdo qué hacía la primera vez;
lo más seguro es que tuviera la cabeza en los pies,
perdiendo el tiempo y destruyéndome con mucha rapidez.

No sé cuántas veces creí rechazar tu invitación;
como si el Rey aguardara mi aprobación,
esperando detrás de la puerta por una decisión,
cuando nunca necesitaste permiso para tomar mi corazón.

Una mañana cualquiera, tan normal que tampoco la recuerdo,
me dijiste: “Sígueme”, y en ese instante me enseñaste a hacerlo.
Fue pasar de muerte a vida, de estar loco a estar cuerdo.

Todo el miedo que tenía, cada excusa que escondía
era solo vil palabrería; la defensa de una voluntad débil y vacía.
En una sola palabra, menos invitación y más soberanía,
me diste vida. Trajiste la lluvia: la temprana y la tardía.

Pero era pronto para cantar victoria:
llegaron las dudas con sus clases de oratoria;
una carta llena de argumentos en mi contra,
una lista de juicios con dedicatoria.

Y antes de poder negarlo todo,
me dijiste otra vez: “Sígueme, sal del lodo”.
¿Cómo puedo hacerlo? No hallo el modo.
“Al seguirme, YO voy adelante, no codo a codo”.

Nunca lo había visto de esa manera:
Si Tú vas adelante, preparas el camino.
Si Tú vas adelante, enfrentas el peligro.
Si Tú vas adelante, sufres mi castigo.
Si Tú vas adelante, aseguras mi destino.

Hoy de nuevo me dijiste: “Sígueme”.
Hoy de nuevo te lo pido: “¡Enséñame!”.

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