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Antes de que el Señor decidiera hacernos padres, muchos de nosotros tendemos a imaginarnos momentos dulces con nuestros hijos: ayudándoles a dar sus primeros pasos, llevándolos a su primer día de escuela, a las clases de escuela dominical en la iglesia, tomándoles fotos en sus graduaciones y tantos otros momentos inolvidables. Anhelamos darles una vida plena y segura y estar junto a ellos siempre, protegiéndolos. Sin embargo, estas ilusiones se diluyen rápidamente cuando enfrentamos la realidad de tener hijos en este mundo. Es solo hasta ese momento en que llegan a nuestras vidas que reconocemos que el camino de la paternidad no es fácil de recorrer.

Llegará el día cuando el niño que jugaba con nuestro hijo decide empujarlo al suelo o cuando una compañera de la escuela no quiere invitar a nuestra hija a su fiesta de cumpleaños. Puede llegar el tiempo en que nuestro hijo tendrá un profesor complicado o un jefe injusto. Si vamos más lejos, quizá llegará el día en el que nuestros hijos enfrenten a agresores que dejarán heridas profundas en sus corazones. Cuando este día llegue, surgirán los cuestionamientos: ¿por qué Dios permite que nuestros hijos sufran? ¿Por qué nos afecta tanto cuando hieren a nuestros hijos? ¿Cómo debo responder ante estas ofensas?

Un mundo caído

Mi hija y yo acostumbramos ir al parque por las tardes. Cuando era más pequeña, solía llevarle un suéter para cubrirla en caso de que hiciera frío. Conforme ella ha ido creciendo, le hemos enseñado la responsabilidad de llevar su propio suéter cuando salimos. Cierto día noté que no lo llevaba, así que se lo hice ver. Ella respondió que no lo necesitaría, pues el día se veía soleado. Una hora después de estar en el parque, el día soleado cambió por completo. El cielo se llenó de nubes oscuras, sopló un fuerte viento y empezó a llover. Mientras corríamos hacia la casa, mi hija temblaba y gritaba: «¡Tengo frío! ¿Por qué no bajé mi suéter?». Así nos golpea la realidad con sucesos inesperados que llegan cuando menos lo pensábamos y que muchas veces nos encuentran sin preparación para enfrentarlos.

Toda la tierra y todo lo que hay en ella pertenecen a su Creador (Sal 24:1). Él es quien gobierna sobre toda la creación. Desde el momento en que entró el pecado al mundo por medio de Adán y Eva, todos los seres humanos nacemos pecadores, buscando saciar nuestros propios deseos distorsionados (Ro 3:9-18). Esta naturaleza pecaminosa no busca cuidar al prójimo o ponerlo por encima de sus propias necesidades. Vivimos en un mundo donde las personas buscarán su propio bien, aunque esto implique herir a otros. Contrario a lo que muchos piensan, el mundo no va a mejorar (2 Ti 3:1-4). Al contrario, el carácter y la conducta del ser humano irá decayendo aún más. Al pertenecer a este mundo, no podremos evitar que esta cultura de dolor y violencia alcance a nuestros hijos o nuestras próximas generaciones. 

El perdón es absoluto

Hace poco, una amiga cercana me compartió sobre como ella notaba que los «amigos» de su hijo lo trataban diferente. No lo incluían en los juegos de grupo y evitaban invitarlo a fiestas de cumpleaños. Si  lo invitaban, había un trato disparejo hacia él, a pesar de que buscaba genuinamente formar amistades con ellos. Ella estaba experimentando el dolor de su hijo al enfrentar la insensibilidad de otros niños. El dolor de ver a nuestros hijos pasar por dificultades es inevitable. Además del dolor mismo, también nos golpea un relámpago de emociones: frustración (¿cómo puede sucederle esto a mi hijo?), indignación (¿por qué es mi hijo el que tiene que sufrir?) o enojo (¡no se saldrán con la suya los que lo lastimaron!). ¿Cómo poder enfrentarlo?

Cuando Jesús llegó a la tumba de su amigo Lázaro, Él lloró (Jn 11:35). En su comentario sobre este pasaje, Jon Bloom escribió: 

«Aunque Jesús siempre elige lo que traerá más gloria a su Padre (Jn 11:4), a veces, como en el caso de Lázaro, traerá sufrimiento. Sabemos que Él no se deleita en la aflicción y el dolor. No, Jesús es comprensivo (He 4:15). Y como “la imagen del Dios invisible” (Col 1:15), en la tumba de Lázaro podemos ver en Jesús cómo se siente el Padre al ver la aflicción y el dolor que experimentan sus hijos».

El dolor que sentimos cuando hieren a uno de nuestros hijos es natural. Pero a diferencia de nosotros, Jesús no se detuvo en su propia angustia o en la de los demás. Él usó el momento para apuntar a todos a la esperanza de una vida nueva en Él (Jn 11:25-26). Jesús me enseña que no debemos estancarnos en nuestra aflicción, que aunque es real, como todo en esta tierra, también será pasajera. Debemos poner nuestra esperanza en la vida nueva y restaurada en Jesús.

Nuestro Padre modela el perdón para que nosotros, siguiendo su ejemplo, también perdonemos a quienes nos lastiman

Esta vida nueva es posible gracias al perdón de Dios. Aun siendo sus enemigos, Él decidió pagar por nuestros pecados, redimirnos y darnos una vida nueva (Ro 3:24-26). Nuestro Padre modela el perdón para que nosotros, siguiendo su ejemplo, también perdonemos a quienes nos lastiman, ya sea directamente o haciéndole daño a nuestros hijos. Él espera que nosotros perdonemos aun cuando las transgresiones son impensables (Mt 6:14-15, 18:21-22; Lc 6:27-29). No importa el tamaño de la agresión o lo profundo de la herida, nuestra respuesta debe ser la misma: perdonar, incluso cuando creemos que no lo merecen. ¿Acaso merecíamos nosotros el perdón de nuestro Creador? Así como Dios nos otorgó el perdón absoluto por medio de Jesús, nosotros también debemos perdonar y modelar eso a nuestros hijos por medio de nuestras palabras y conducta.

Modelando perdón y sabiduría

Perdonar no significa que debemos permitir que empujen a nuestros hijos en el parque, que los maltraten en el colegio o que crezcan siendo personas insensatas que siempre se dejan maltratar. Esa no es la sabiduría que viene de Dios.

El libro de Proverbios nos invita a vivir como hijos prudentes, no como insensatos. Sí, debemos enseñarle a nuestros hijos a perdonar, pero también a tomar decisiones sabias que buscan honrar a Dios y su creación. Necesitamos enseñarles que, por ejemplo, preferir jugar con niños que solo buscan lastimarlos, es actuar como el necio que busca ir en pos del mal (Pr 11:19), o seguir discutiendo con el profesor injusto de mala manera y en frente de la clase, es como el necio que llama golpes a su boca (Pr 18:6). La sabiduría es vital para que nuestros hijos naveguen por este mundo caído.

Reconociendo el pecado en mi hijo

Nuestros hijos sufrirán, pero ellos también son capaces de causar dolor en otros. Piensa en la última vez que ellos te ofendieron o dieron una mala respuesta a alguien más. Desde que nacieron, nuestros hijos buscan saciar sus propias necesidades por encima de las necesidades de otros. Las palabras y conductas de nuestros hijos solo evidencian lo que hay en sus corazones (Mt 18:19). Todos, sin excepción, tenemos un corazón inclinado al pecado. Todos somos capaces de causar dolor, ya sea intencional o no. Si tu hijo es uno de los que está causando dolor, enséñale que hay consecuencias serias para quienes escogen el camino de la destrucción (Sal 5:6). Corrige con amor, pero apúntalos siempre a la Verdad.

Es importante que sigamos caminando junto a nuestros hijos para modelar vidas que glorifican a nuestro Padre Celestial

Conclusión

Es importante que sigamos caminando junto a nuestros hijos para modelar vidas que glorifican a nuestro Padre Celestial. El estar junto a ellos no siempre evitará que sean lastimados. Tampoco podremos caminar junto a ellos para siempre. El mundo ilusionado que creímos poder ofrecerles no existe. Nuestros hijos recibirán heridas. También nuestros hijos serán los que causen dolor en otros. Pero podemos confiar que sus vidas están bajo el cuidado de Aquel que vino a darles una vida nueva y eterna en donde no tendrán dolor. Oremos que nuestros hijos aprendan a vivir sin hacer daño a los demás, que puedan pedir perdón cuando lo hacen y perdonen a quienes los ofenden y lastiman, gracias al perdón que hemos recibido de nuestro Padre Celestial.

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